jueves, 5 de septiembre de 2013

CAPÍTULO XL - PUERTO SAUCE, URUGUAY-CALLE ARCE, BUENOS AIRES

Martes, 11 de noviembre de 2017. Faltaba un mes para que Papá cumpliera noventa años. Había acomodando el derrotero para alcanzar sus nueve décadas en alta mar. El itinerario y las estadías estaban programados con exactitud para lograr ese objetivo. Zarpamos para el Este a medianoche. Fue virar la farola de Riachuelo e iniciar una navegación nocturna en éxtasis. Después del ocaso se disfruta el viento terral; diez, doce nudos, permiten navegar en aguas serenas, pegaditos a la costa, con escotas abiertas y poca escora. El barco fila siete nudos. Llegaremos con el sol. Le pedí que me dejara timonear. No me quería perder semejante festival. No había luna. El cielo lucía todas las estrellas. La Vía Lácteasembraba una enorme mancha fosforescente. Papá me fue señalando las estrellas más conocidas. Betelgeuse, Spica, Achernar, Canopus, me guiaban en mis tiempos de navegante de altura.
El resto del viaje lo hicimos callados. Pude timonear después de sortear la Roca de las Pipas, peligroso obstáculo entre Riachuelo y Puerto Sauce. Con el viento a la cuadra conservaba el rumbo sin complicaciones. Cada vez sentía más el timón y estaba menos pendiente del compás. Ya no le clavaba una mirada tensa y nerviosa, bajo la constante presión del viejo ordenándome: ¡Sentilo, sentilo, no mires la brújula! Me anticipaba a los guiños de la proa y mantenía sin desvíos la línea de navegación. Me deslumbraba semejante aparato de ocho toneladas, dominado por mis cinco frágiles dedos pese a los quince nudos de viento sobre el paño. Hacia el Este, el cielo comenzaba a clarear. Cuando reconocí en el muelle la luz de la farola de entrada, comenzaba a diluirse en el anaranjado horizonte. Estábamos a pocas millas de Puerto Sauce. Felicito a Papá por el acierto en su estima del arribo. Un intenso brote amarillo se abría paso en el cielo. Cuando apenas la puntita del sol empieza a asomar, canturreó Papá. En la bahía, tomó el timón mientras yo enrollaba la genoa y arriaba la vela mayor. Para adujarla sobre la botavara Papá me dio una mano.
-Tomemos tranquilos el desayuno y te cuento la historia de los milicos; te la debo.
Después de idas y venidas, finalmente habló:  
-Cavilé mucho antes de decidir mi vuelta definitiva a la Argentina. La desaparición de mis tres hijos era un hecho que debía asumir. No era una entelequia, como la definía el perverso general Videla. Conservaba la esperanza de recuperar a Valeria; el destino de José era una incógnita. Pero mis dos hijos habían desaparecido con toda la macabra dimensión de la semántica represora. ¿Podría seguir mi vida en San Pablo a la espera de las noticias de Buenos Aires? ¿Cómo continuaría la rutina de mi trabajo con semejante nudo en la garganta? ¿Me tolerarían nuevos abandonos de mis tareas? ¿No era preferible asumir un quiebre irreversible y negociar un retiro conveniente? Renuncié a mi trabajo y volví. Tenía cincuenta años. Conseguir otro en mi país no iba a ser fácil. Organizaba mi retorno cuando recibí un llamado invitándome a un almuerzo. Era un emisario de mi antiguo jefe Bill King quien, enterado de mi regreso, me ofrecía un puesto en una de sus empresas. Cuando trabajé con él, hace unos años, no terminé bien. ¿Ahora, qué me propone? La dirección general de una empresa. Bill, además, facilitará a tu hijo cruzar la frontera. No le dije que había perdido ya todo contacto con José, ni su oposición a esa oferta. Consultaré con la almohada, mañana en el desayuno te respondo. Ya había decidido no dar un salto al vacío. Quedó en el aire un tufillo ácido y amargo.
-Se nos ha ido la mañana y seguís sin contarme la historia de los milicos,
-Charlemos cosas más livianas los pocos días que pasemos aquí. Ya habrá tiempo para revolver la mierda. Te anticipo el nombre de los personajes: El general Guillermo Pajarito Suarez Mason y el coronel Roberto Loco Roualdes. Te invito a almorzar en el club. Comerás el mejor sábalo de tu vida.
-¿Sábalo? ¿No es como tragarse un sapo?
-El secreto es saber cocinarlo. Probalo, después me contás.  

Federico interrumpe mi escritura para comentarme sus lecturas. Está sorprendido de que haya un lapso de un año y medio sin mencionar en los cuadernos, ni una sola vez, el nombre de Analía. Ni siquiera cuando transcribe este diálogo,
 La respuesta fue:
-No voy.
Lenta, silenciosamente me invadió la tristeza.
-¿Qué es la tristeza?
-No sé. Algo diferente de la angustia o del dolor. Quizás el límite más allá del cual se comienza a llorar.
(Arce, 15 de agosto de 1975)
Le comento a Federico que Papá vivió en la calle Arce cuando comenzó a tomar distancia de Analía. Era un departamento alto, de dos ambientes. La fecha marca el primer intento de separación. Recordé las bromas de Papá cuando predicaba que el matrimonio era como un vía crucis. Cristo, en su calvario, hacía estaciones portando la cruz. De aquellos días, dos años antes del secuestro de Martín, Federico me lee estas líneas,
Me he instalado en este nido con la sensación de haber decidido un cambio reflexivo por primera vez en mi vida. No fue el resultado de una compulsión, ni inducido por mis furias. Tampoco un rapto neurótico. Fue una acción, madurada a lo largo de un año, para encontrar la manera de poder salvar mi relación de pareja conservando el hogar formado hace quince años. No me arrepiento de haber escrito el cuaderno que hoy termino. Fui feliz, un poco alocado, quizá. Recuerdo haber padecido tensiones insoportables. Y hay tres nuevos hijos que amo inmensamente. Ellos justifican mi decisión, tomada en las navidades de 1960, cuando le pedí a Analía volver del Brasil para pasar el fin de año juntos y... para siempre.
(26 de setiembre de 1974)
Papá se quejaba de los conflictos generados por su refugio de la calle Arce. Analía, a lo largo de los años, jamás dejó de recriminárselo. Federico me apunta esta frase encontrada en el cuaderno: Minga de comprensión, me salió el tiro por la culata. Fue una buena decisión le digo, algún gustito tenía que darse, escuchá esta poesía:

ARCE 232 8° B

Irrumpe el amanecer
en la ventana que ofrece la noche.
Las rosadas medianeras
apagan palabras
silencian lámparas
distienden abrazos.
La misma música es otra
con la claridad del día.
Fue un instante de tiempo alterado,
una infinitud de soledades
desvanecidas por el sueño.
La cotidiana realidad de la vigilia,
la de los ojos abiertos,
disipará las ilusiones imaginadas.

(11 de noviembre de 1974)

miércoles, 4 de septiembre de 2013

CAPÍTULO XLI - FRACASO


Federico terminó de huronear su Analia´s Story. Dejó marcadas las hojas donde figuran las anotaciones más relevantes de los intríngulis conyugales de Papá. Sus devaneos comienzan en la primera página de estos “Cuadernos para ser Feliz”. ¡Qué paradoja! Yo me enfrasqué en la otra historia, hasta que asumió la impotencia de recuperar a sus hijos. Cuando comenzaron sus cavilaciones acerca de continuar o no su expatriación voluntaria, seguí mis recordaciones marineras a lo largo de la Côte Beige charrúa. Federico, de tanto en tanto, perturbaba con chismorreos. Le pedí limitarse a ubicar las páginas imperdibles, para ojearlas cuando pudiese. Había superado mi ansiedad de examinar estos cuadernos, iniciados el mismo día de cumplir cincuenta años. Tuvieron un destino impensable en aquel momento. Acumulé varias carpetas con documentos, ordené el caos de los papeles encontrados, hice anotaciones en mis libretas. Algún día escribiré el libro con sus memorias. Empezaré de a ratos, zambulléndome de cabeza cuando termine mis estudios. No tengo aún resuelto el título, barajo algunas alternativas.
Suspendo las evocaciones náuticas para enfrascarme en las tribulaciones conyugales de Papá. Son las últimas páginas del primer cuaderno, escrito en San Pablo, adonde pretendió llevar a su segunda familia para refundar su  hogar,
por aquellos días yo cumplía el primer año de análisis con Alba. Estábamos investigando al juez que llevo adentro. Cómo me juzgo y cómo juzgo a los demás. Alba trabajaba la idea de comprender, evitando juzgar. En mi familia materna era habitual el permanente reproche de nuestras conductas. Críticas despiadadas movilizaban constantes agresiones. La terapia me permitió corregir mis estructuras mentales, ser más tolerante y comprensivo. Comprender debe ser algo natural, no el producto de arduas reflexiones. Así no sirve. En algún momento estallará la bronca.
Rubrica,
Pequeña fórmula para ser feliz: Aceptar, sin juzgar.Lograr, sin perseguir.
¡Peace, please!
(23 de julio de 1975)

Resumo: el año 75 transcurrió con las mismas idas y vueltas, rupturas y reconciliaciones, del año anterior. El encuentro con Analía, cuando ella le comunicó que no viviría en Brasil, quedó asentado de esta manera,
el 13 de agosto, en el departamento de Arce, me dijo que no iba. Fue al finalizar un diálogo sereno, sin tensiones. Sentada en el pequeño sofá de dos plazas, yo sobre la alfombra, frente a sus rodillas, comenzó un lento hablar de otras cosas. Soslayaba el motivo central del encuentro. Yo miraba esa cara de perdurable belleza, que durante tantos años compartió mi almohada, un rostro juvenil resistente a la depredación del tiempo. Mientras hablaba, yo soportaba como siempre sus incoherencias, y recorría con mis ojos el delgado cuerpo, deteniéndome por unos instantes en sus pechos redondos, que encendían mi libido como en el primer día; observaba el vientre apretado por ajustados blue-jeans, el detalle de sus manos de huesos grandes pobladas de baratijas; y esa boca, la única parte de su cuerpo que denunciaba un imperceptible rictus de contenida tensión.
Me dijo: Ayudame.
Le dije: ¡Fuerza, carajo!
Traté de provocar el desbloqueo que reclamaba. Luego agregué: Estoy preparado para las dos respuestas: la que espero y la que no quisiera.
Fue entonces cuando, de modo muy natural, anunció:
-No voy.
No sé si era la respuesta que yo esperaba, mucho menos si era la que deseaba.
(27 de agosto de 1975)

Analía desaparece del escenario por más de dos meses. Sobre su atribulada relación conyugal, anota:
Nuestro amor sobrevive a los intentos
Que hemos hecho los dos por destruirlo.
(7 de noviembre de 1975)

Dos endecasílabos, acentuados en la sexta sílaba. ¿Proyecto de un soneto? Me hubiera gustado hablarlo con él.
Así voy llegando al final del primer cuaderno, el primer tomo de su vida, según Papá. Falta un “happy end”, como en los cuentos de hadas o en las buenas -¿o malas?- películas. ¡Ay, viejito, no haber leído este primer tomo antes de nuestro viaje!
Sigo leyendo, ya termino,
hace un mes, escribí cosas impensadas. ¿Yo soy yo? Inconstante, como el tiempo, a veces tan largo, otras tan corto. El mismo lapso calendario, puede ser un instante o la eternidad. Aquél yo, no soy éste yo. Hace un mes, ¿o un año?, fue el último reventón. El otro día seguí mi impulso y llamé a Analía. Tiré por la borda mis reflexiones y lo que decidí como definitivo lo borré con siete giros del disco telefónico. Conversando con ella tuve una gran alegría y una paz inesperada. Prometió venir. Hoy el silencio se prolonga y enfrento a mi ángel exterminado. Volví a llamarla. Otra vez su voz me llenó de plenitud. Hice bien. Ahora sé que viene. Cuidaré nuestro amor con una fuerza semejante a la que antes usé para destruirlo. Al escribir las últimas hojas de este “Cuaderno para ser Feliz”, a dos años de iniciados, después de tanta lucha, creo haber logrado el objetivo que me propuse cuando escribí: “quiero emprender la obra más importante de mi vida...la de ser feliz.” Repito las mismas palabras: Mi felicidad será la nuestra, estaré junto a vos siempre, Analía. Ahora sé que es posible. Te espero.
(8 de diciembre de 1975)

¡Al pobre poeta le hicieron otra vez el verso! Qué ingenuo, por no decir en otra cosa por respeto filial. No vaya a ser que ande escondido por estos ámbitos y que ruja el ogro. Ahora que lo conocí mejor no me asustaría, me convenció: no soy un lobo con piel de oveja, soy una oveja con piel de lobo.
Si el cuaderno “termina bien” es porque Papá cortó las dos últimas páginas. Censura definitiva excluida con su navaja. Jamás sabremos qué decían. Las anteriores a esta mutilación, están cruzadas por una raya. Papá se arrepintió y las tachó sin destruirlas. Podría ignorarlas, respetar su testado. Pero no debo hacerlo. Me propuse no guardar secretos. Por lo tanto, las revelo. Cruzado con una línea en diagonal puede leerse,
más de dos meses sin volver a los cuadernos. Estaba bien terminar así. Qué mejor cierre para este primer volumen de mi autobiografía. Qué otro honroso final para estos dos últimos años tumultuosos, inciertos. Autobiografía, así nombra, por primera vez, a sus cuadernos.
el 18 de diciembre volví de Brasil para pasar las Navidades en la quinta y despedir el año 1975 junto a mi familia, con los chicos, Analía... y su comitiva. Yo esperaba un festejo en la intimidad del hogar, una fiesta familiar. Después de tanto tiempo volvíamos a convivir en nuestra vieja residencia del Tigre. Esperaba la comprensión de Analía, el reconocimiento de la importancia de pasar estos momentos en la privacidad de nuestro hogar. ¿Privacidad? Compartí las fiestas rodeado de un montón de personajes de la farándula, frecuentadores habituales de la quinta, amigotes y amigotas de Analía llenaban sillones y camas. Los toleré a regañadientes. Sospeché que serían compensaciones por sus recientes soledades y presumí una despedida por su próxima partida para vivir conmigo en Brasil.
La onda ilusoria se le había pegado como un moco neurótico,
fueron unos días muy buenos, reavivaron mi esperanza de salvar nuestra relación. Ella prometió partir pronto con los chicos, y rearmar la familia aquí. Mientras tanto, redondearé mi terapia con Alba.
Llegué a conocer muy bien a Papá. Más su personalidad que sus historias personales, inaccesibles y enigmáticas. Mantengo inalterado el mismo concepto que me formé de él como padre. Y llegué a quererlo más después de leer las últimas páginas que pretendía culminar con un “happy end” cinematográfico. Cruzado por la línea de la censura leo,
volví a San Pablo con esperanzas, me sentía feliz. Vine con Juan, me acompañó como hijo y como amigo. Ambos esperábamos el momento dichoso de que se reuniera toda la familia. El 14 de enero, después del cumpleaños de Analía, llegaron Mara...
Fin por ablación. En la retiración de la contratapa vuelve a las andadas. Con tinta negra y letra grande,
testo las dos últimas páginas y corto las siguientes. Este cuaderno merece el final del 8 de diciembre de 1975. Me equivocaba. El cuaderno era para construir ilusiones, aunque después la realidad las derrumbara. Hoy a las 16,15, llega finalmente Analía.
(San Pablo, 2 de febrero de 1976)

Los chicos llegaron primero, después Analía. En tren de conjeturas imagino tres escalas, mostrando una vez más la eterna vacilación. Las páginas testadas trasmiten una dudosa esperanza, las arrancadas demolían un castillo de naipes y, en la retiración de la contratapa, vuelve el reflujo de siempre.
Voy comprendiendo cada vez más el tono irónico y misterioso empleado por Papá las mil veces que me repitió la coexistencia de una historia y una historieta. Nunca profundizamos. Mis intentos por aclarar las cosas fueron respondidos siempre con un ya verás, un tal vez, o algún día. Ahora lo sé. Lo que él insistía en llamar la historieta, avanza unas páginas sobre el segundo de los cuadernos,
siento una tremenda opresión y la angustia me duele como una úlcera... Hace casi dos semanas que se fueron. Ahora sé lo que es extrañar. Sé lo que es necesitar una familia. ¿Si un hombre que nunca la tuvo añora tenerla, qué puedo sentir yo después de formar dos, de tener seis hijos y dos nietos, y una mujer, que quiero y me quiere; cómo soportar mi estadía, en un país extranjero, la incomprensión en mi trabajo, la frustración de no haber podido conservar lo que amo y la duda de haber elegido mal este destino?... Estoy esperando la respuesta de Analía. Se fue hace un mes y prometió escribirme... ¡después de reflexionar con su analista! Está pensando demasiado, le da vueltas y vueltas al tema. Realmente no aguanto más... Mis trabajos con Alba me han dado  fortaleza para poder seguir. Estoy expuesto a prenderme de la primera mano cálida que encuentre... Son las once de la noche. Mi corazón es de plomo. En el páramo de mi departamento, “La Pasión según San Mateo” rebota en las paredes. Lleno con Bach todos los vacíos... Ayer lloré, ¿pero a quién le importa?... “Estoy construyendo un muro en torno a mis sentimientos”, le escribí a Analía. ¡Qué frío!
(San Pablo, 15 de marzo de 1976)         

¡Ay, esa brújula desquiciada...! Fue comenzar a despedirse de Analía, volver a San Pablo, y la aguja comenzó a girar nuevamente. ¿O debería decir que la aguja enloqueció?,
pasaron casi dos meses de mi último encuentro con este cuaderno. Y también pasaron muchas cosas. Vino otra vez Analía, después de escribirle que me ayudara a desprenderme. “Chau, querida Analía, le decía”. No le pedía que volviera, pero ella volvió....
Dice que lo pasaron bien. Hicieron un viaje por el interior paulista y conversaron mucho Volvieron juntos a Buenos Aires y, cuando regresó a San Pablo, Analía lo acompañó... hasta el aeropuerto,
nos despedimos dulcemente, como sabiendo que algo importante estaba pasando entre nosotros... Aún la veo a los saltitos despidiéndome detrás de las puertas de vidrio... Anoche no pude más y la llamé. Escuché su voz y hablé con los varones. Fabián me dijo: “Papá, yo por vos puedo llegar a morirme”. Juan me preguntó por la bolita que me había dado en Buenos Aires diciéndome: “tomala, ésta es mi bolita ganadora”.
(San Pablo, 3 de mayo de 1976)

La contra ola se aleja de su playa. Escribe un día antes del secuestro de José,
Ya comienzan a aflojarse algunas amarras ¿Habrá llegado el momento de comenzar a navegar?
(28 de mayo de 1976)

Veinte días antes de recibir el llamado que lo ingresa al túnel del horror anota,
¡Hacéla fácil, piba!
(13 de julio de 1976)

Estallaba la tragedia, en pleno conflicto matrimonial. Nunca entenderé cómo pudo soportar simultáneamente ambos trances al mismo tiempo. Me opongo a trivializar su largo conflicto matrimonial. Se le desmoronaba su familia actual y arrastraba en la catástrofe otros tres hijos. Quedaba más solo que una boya a la deriva. En algún momento pensaré por qué le paso esto. ¿Por un mero azar de la fortuna? El azar se filtra por las grietas del destino que uno construye. El arquitecto fui de mi propio destino, repetía, citando a Amado Nervo, el admirado poeta de su juventud. En la biblioteca encontré las obras completas, subrayadas y comentadas en los márgenes.
-¿Cómo se llamará tu libro? Mis lecturas me han despertado curiosidad, dispara Federico.
-Creo que lo llamaré MEMORIA DE PAPÁ.

martes, 3 de septiembre de 2013

CAPÍTULO XLII - EN MONTEVIDEO


Surqué las hojas del primer cuaderno, ahora prosigo mi navegación en el Huayra. Buceo, el puerto deportivo de Montevideo, es nuestro próximo destino. Allí decidiremos si avanzar hacia el Este o emprender nuestro regreso a Buenos Aires. La bandera uruguaya lucía sus franjas horizontales en el obenque alto, sostenidas por el viento del Este. Papá señaló en el horizonte una montaña de algodón y un tropel de copos salpicando el azul del cielo. Son cúmulus, señal de buen tiempo. Esta noche zarpamos.
-Me estás haciendo noctámbula.
-Noctámbulos son los que pierden tiempo en la noche, los que la malgastan.
-Lo digo con orgullo, Papá. En vez de sacudir caderas en un boliche, trasnocho con mi padre. Estas noches son más que una fiestita para nosotros, son un festival.
Ojalá timonees el Huayra muchos años, y que tus hijos lo disfruten. Amarrado en Portobello, volviendo de Río, se me quejó. El viento soplaba con fuerza. Era un “carpinteiro” de aquellos. Los cabos se tesaban y cedían en las bitas con los corcovos del barco montando el olaje que invadía la bahía. Los gemidos me impedían dormir. Los tripulantes “pulaban” en algún “zambăo”. Esa noche, escuché la voz del Huayra preguntándome por qué no navegaba con mis hijos, ni con mis nietos. ¿Por qué lo hicieron en el Cabochard?, reclamó. Le respondí: Me faltaba saberte celoso, te quiero un poco más. Solíamos dialogar.  
Esa noche se aferró al timón. Se lo reclamé tres horas después de soltar amarras, esta noche se la debo al Huayra, tirate en tu cucheta y descansá.
Quedé junto a él. No me moví de su lado. Callados, avanzamos pegaditos a la costa, en un río manso de ondas amplias. Me señaló las boyas que dejábamos a babor y las luces, las pocas luces que destellaban entre las cortinas de pinos, o en lo alto de las antenas. Punta Artilleros, Punta Yeguas, Punta Tigre, enunció Papá a medida que avanzábamos hacia Montevideo.
-¿ ¡Monte vide eu! fue el grito de un portugués cuando avistó el cerro donde hoy destella el faro?
-Es una leyenda. Se debió a la anotación “Monte VI de E.O.”, “Monte sexto de Este a Oeste”, registrada en el libro de bitácora por un navegante. Era el sexto cerro después de virar a estribor para adentrarse en el estuario.
-Me gusta más esta versión. Será otro invento, pero es más racional. 
A la madrugada, Papá se apiadó de mí y me pasó la caña un par de horas. Entramos al puerto de Buceo pasado el mediodía. Decidimos almorzar tallarines, con salsa de tomate. Cocinó Papá, como siempre; no aceptaba que lo reemplace. Vos sólo servís para hervir los huevos. Un chispazo pícaro brilló en sus ojos. Amortizamos la vigilia nocturna con una larga siesta. Decidimos cenar en el Club y acostarnos temprano.
La siesta le cargó las pilas al viejo. Se le ocurrió una travesura: recorrer Montevideo en bicicleta. ¿Estaba sobreactuando sus energías? No sería la primera vez. Me preocupaba. ¿No estará quemando los últimos cartuchos? Yo misma me contesté. No, tiene tiroteo para rato. No es el canto del cisne.
No pude disuadirlo. El viento del Este impide pedalear hacia Carrasco; el tráfico de la Rambla es peligroso; las lomas; la gente con termos y mates obstruyendo la explanada. Nada fue suficiente. Alquilamos las bicis y llegamos a Malvín, el barrio donde nació madre. No dio para seguir a Carrasco, tuve razón. Volvimos deslizándonos viento en popa y a toda espalda.
Desistimos de la cena en el club y comimos  unos “chivitos” en la “La Pasiva”. Las cervezas alentaron a Papá para encarar la postergada historia, 
empiezo por el primer milico. Cuando me hice cargo de mis tareas en la empresa de turismo, al volver de Brasil, ocupé un lugar provisorio en las oficinas centrales del grupo. Me adjudicaron una “pecera”, así las llamaban. Estábamos expuesto a la vista de quien pasara por el corredor, entre la doble hilera vidriada. Al segundo o tercer día, desfiló un señor solemne, con cara conocida. Pregunté quién era. Me dijeron: “Suárez Mason”. Tragué saliva. Apreté los puños. ¿“Parito, el general? ¿Qué hace aquí? “Es director de la empresa”. ¡Carajo! Exploté. Comenzaban a destaparse las atrocidades de la represión. Yo sabía más. Sabía que Suárez Mason fue Comandante en Jefe del Cuerpo I, cuando mis hijos desaparecieron. Era el principal responsable de lo que pudiera haber pasado. La voz de José cuando le comenté el ofrecimiento de Bill para sacarlo del país: ¿Papá, te parece que voy a transar con el enemigo?, retumbó en mi cabeza. Reviví la escena del Cuerpo I del Ejército cuando fui a buscar información con mi amigo el Dr. Galarce. Mi primera reacción fue alegar una indisposición y retirarme. Deambulé por la calle Florida. ¿Qué hacer? Una vez más debía encontrar respuesta a la misma pregunta. Era un viernes. Disponía de casi tres días para resolver el conflicto. Decidí no apurarme, pedir que me trasladaran de inmediato al local de la empresa de turismo, lejos de la zona central. ¿Por qué me ubicaron allí? Comencé a oler a podrido. No había razón alguna para estar en las oficinas centrales, si mi trabajo era en otra parte. ¿Cruzarme con Suárez Mason por los pasillos? ¡Que locura! Si no me daban el traslado, desistiría. Mi fantasía era conseguir informaciones y quizás una influencia para salvar la vida de mis hijos. Codearme con ese crápula era un costo impagable.  
-¿Te quedaste trabajando en el mismo grupo? Vi la mueca de Papá.
-Dura, tu pregunta. La desesperación tiene cara de hereje. No iba a estar allí mucho tiempo. Solo el suficiente para intentar hacer algo por mis hijos. Hoy la pretensión suena ingenua. Resulta incomprensible, inaceptable. Me angustian estos recuerdos. Me ahogan, no puedo seguir. Sigamos la conversación en otra oportunidad.
Hubo un silencio prolongado. Papá pidió otra cerveza. Yo perdí mi vista en el barullo del tráfico, de la gente, del mar color de río. Guardamos silencio, pero mi mente no estaba en blanco. La agitaban la consternación de Papá y varias preguntas sin respuesta.
-Vamos.
-Vamos.

lunes, 2 de septiembre de 2013

CAPÍTULO XLIII - ESPERA EN SAN PABLO

Suspenderé el relato náutico. Lo reservo para los últimos capítulos. No quedaba mucho más para leer sobre las vicisitudes de Papá en la búsqueda de sus hijos. Había hecho lo posible por esclarecer los sucesos, descubrir a los responsables y reunir material para la condena de los  los futuros juicios que la sociedad reclamará. Decidió volver a Brasil y esperar a José en su departamento de San Pablo. Era el último de sus tres hijos libre de ser capturado, suponía. Transcurrió todo el mes de junio de ese año 1977. José nunca llegó. La vana espera, el silencio, el transcurso de amargos y tristes días, desalentaban sus esperanzas decrecientes. Su trabajo lo obligaba a cortos viajes por el interior de Brasil. Dejaba un mensaje en la portería para entregar a una pareja joven, acompañada por un niño, que llegaría cuando él estuviera ausente. Cuando le avisaron que el hijito de José había sido restituido, decidió volver a Buenos Aires. Ya no dejó un mensaje sino una carta. La encontré entre estas hojas: “Para mis sobrinos”, indicaba el sobre. Tomaba precauciones, porque la represión se extendía fuera del territorio argentino. El Plan Cóndor, acción coordinada de los militares de Argentina, Chile, Uruguay y Brasil, obligaba a ser precavido. Transcribo el texto manuscrito:
“San Pablo, 8 de julio de 1977
“Queridos:
“Hoy en vuelo de las 19.30 salgo para Buenos Aires.
“No sé si ustedes vendrán de visita para las vacaciones, como me prometieron. Yo viajé porque tengo algunos problemas allí y quiero visitar a mi nieta, que está con la abuela, y a mi nieto que está con el abuelo Augusto, según supe.
“Pueden quedarse aquí, o ir a un hotel, como prefieran. Usen mi teléfono para hacer las llamadas que necesiten.
“Dejé a mi amigo Janusz Krasowski instrucciones para que los atienda como si fuera yo mismo. Vive en Sao Carlos do Pinhal 345, apto 1001 (a dos cuadras de de aquí), teléfono 288-4464. Él me llamará a Buenos Aires, si hiciera falta, y les entregará el dinero que necesiten. Le dije que ustedes eran mis sobrinos más queridos y que los trate como si fueran mis hijos hasta mi regreso, lo que haré en el primer avión cuando Janusz me avise. Les prometo que haremos de inmediato un viajecito a Bahía, como habíamos previsto.
Un beso muy grande
Papá.”
Debajo, en tinta color naranja escribió: (Esta carta la dejé en la portería de mi depto. en S.P., con la esperanza de que José y Electra llegaran mientras yo estaba en Buenos Aires)
Volvía a Buenos Aires con la noticia de la entrega de Toti, y la ilusión de que lo dejaron con los abuelos para facilitar la salida y reencontrarlo después. Por lo tanto, una llamita de nuevas esperanzas se había vuelto a encender. No descartó que se cruzaran y aparecieran en San Pablo estando él en Buenos Aires.
Última cita de Papá, cerrando la etapa de su estadía en Brasil:
“Esta inseguridad de la vida... imprime a mi parecer en el argentino cierta resignación estoica para la muerte violenta, que hace de ella uno de los percances permanentes de la vida, una manera de morir como cualquier otra; y puede quizás explicar en parte la indiferencia con que los argentinos dan y reciben la muerte, sin dejar en los sobrevivientes impresiones profundas y duraderas
Facundo
Domingo Faustino Sarmiento”

Despide el atroz año 1977, así,
¡Omití registrar mi cincuentenario!
El 11 de diciembre de 1977 había cumplido cincuenta años.
Líneas finales,
pasó la navidad de 1977. Una tremenda angustia me ahogó en el momento de los brindis y los regalos, a las doce de la noche. Me fui al jardín a hacer pis al fondo del parque, entre los cipreses, mientras todos se abrazaban. Y lloré. Analía me encontró deambulando en la oscuridad. Recuerdo que le pregunté: ¿dónde están?, ¿dónde están, pobrecitos? Yo mismo me respondía: Deben de estar muertos, están muertos. El dulce recuerdo de Valeria, de José y de Martín me invadió el alma de un sufrimiento calmo, profundo. El dolor se transformó en tristeza y mi espíritu se serenó. El recuerdo de mis hijos muertos en su lucha, en su infatigable lucha por un mundo más justo y un hombre más digno, es el más valioso tesoro que guardaré hasta mi muerte. 
(27 de diciembre de 1977)
El último día del año escribe,
esta noche expresaré alegría, como todo el mundo, pero mi pensamiento seguirá girando alrededor del recuerdo de mis hijos.
(31 de diciembre de 1977)
Leo a Federico la síntesis del año y la despedida.
-Si me lo leíste para conversarlo conmigo, como en otras oportunidades, no sé qué decirte. Hay poco que agregar. Fue una juventud heroica y abnegada, mártires, luchadores conscientes, e inconscientes, de su destino final, protagonistas utópicos del sueño de Revolución o Muerte...
-Tiraste una enunciación al voleo, Federico.
-Quisiera escuchar tus reflexiones.
-En esencia fue una utopía, con plena conciencia de que se jugaban la vida. Esa fue la marca relevante.
-Tenían como una compulsión para el protagonismo, muy propio de esos jóvenes En muchos casos había una actitud parricida, por resentimientos familiares.
-No sé qué habrás estado leyendo, Fede. ¿O hablaste con tu tía Frida, la psicóloga? Pongamos los puntos sobre las íes: Estos chicos amaban al prójimo, odiaban las desigualdades sociales, la gran mayoría sustentaban su militancia en ideologías que conocían muy bien, las estudiaban, las discutían y difundían. Eran altruistas, frente al egoísmo generalizado. Se proletarizaron, renunciaron a bienes y dinero, cedieron sus derechos. Predicaron con el ejemplo. Papá supo que hubo quienes vendieron sus acciones en empresas familiares para entregar el dinero al Partido. Él conoció a uno de esos muchachos. Además, amaban la vida, no eran suicidas. Yo pienso, madurando la idea, que Papá se equivocó cuando arriesgó su alegoría sobre los bonzos, en su desesperación por alejar a José del peligro. A José lo afectó para siempre. No le perdonó comparar los suicidas religiosos con combatientes revolucionarios, ni cuando se restableció el diálogo. Papá aceptó que cometió un error dialéctico.  Esa juventud amaba la vida, quién puede dudarlo. Constituyeron hogares prematuros en plena juventud. Confirmaron que la familia es la célula de la sociedad, a partir de la cual la vida agrega valores. Por eso tuvieron hijos para seguir viviendo en ellos. Para dejarnos su vida, si les tocaba caer. ¿Entendés, Federico?
-¿Y esos hijos huérfanos criados por abuelos, o por falsos padres, muchas veces apropiados por represores, no habrán cuestionado la postergación de la responsabilidad paterna en aras de las ideologías, por legítimas y valederas que fueran? Me gustaría saber cuántos de esos pibes, si bien militaron por los derechos humanos cuando terminó la lucha armada, cuántos, sin decirlo, pensaron que sus padres los condenaron al dolor eterno de la orfandad, a ser sujetos involuntarios de una tragedia histórica. Quiero conversarlo más detenidamente. Entiendo tus pareceres. Eran tus hermanos. Tu padre influyó también en esa visión. Yo lo veo con más distancias y a través de otros prismas. A mi no me tocó ni de cerca toda esa historia. “La guerra sucia”, la llamaban en mi casa –tu viejo abominaría de ese término- pasó hace más de medio siglo. Yo nací en medio de otro despelote, en plena crisis económica y política. Mis viejos me contaron que salían a la calle a sonar las cacerolas pidiendo “¡Que se vayan todos!”. No se fue nadie, quedaron todos. Crecí no sólo con indiferencia por la política, sino odiándola. Eso me hace ver todo de manera muy diferente.
-Sin desmerecer tus condiciones, no te creía capaz de un análisis como el que has hecho.
-Es que pensé mucho en estos días, aunque no te hayas dado cuenta.
-Para mí es muy importante. Te busqué como oreja, y me alegra haber tenido una oreja pensante. Ahora quiero detenerme en las primeras palabras de tu inventario. ¿Héroes o mártires? No es lo mismo.
-¿Cuál es la diferencia?
-Nunca tuve coraje para hablarlo con Papá. Para mí el heroísmo es una condición previa a la acción, una cualidad humana, un acto de voluntad. El martirio es posterior a la acción, sucede a pesar de uno, aunque muchas veces se enfrenten riesgos. El heroísmo es una condición, el martirio una consecuencia. Para ser mártir debe actuar otro.
-¿Fueron héroes o mártires?
-Hubo héroes y hubo mártires
Sobre utopías, mártires y héroes, recuerdo palabras de Papá,
quizás históricamente valió la pena la sangre derramada. Erradicaron a los militares como factores de poder, y los golpes de estado para siempre. No valió la pena para mejorar la política y el funcionamiento institucional del país. Sigue vigente la corrupción, un cáncer social cada vez más generalizado y profundo. No valió las penas que sufrimos padres e hijos; los familiares, en general. Ni se resolvió el galimatías entre Ideales, Utopías, Martirio, y Heroicidad.

domingo, 1 de septiembre de 2013

CAPÍTULO XLIV - DEMENCIA DE UN CORONEL


Muchos episodios vividos por Papá son relevantes del clima demencial de la Argentina de esos años. Como la historia de milicos, prometida y postergada siempre, quizá por descabellada, cuando indagaba el destino de sus hijos. Finalmente la largó. Ilustra el estado de desesperación y orfandad en que Papá se debatía en aquellos años,
me tenía que jugar. ¿Qué podía perder? Había decidido permanecer en la empresa el tiempo necesario para aprovechar los “contactos” que deambulaban por esos pasillos. Supe de varios influyentes personajes. Decidí pedirle directamente a Bill King que me presentara al general Pajarito. ¿Puedo tener la esperanza de recuperar a mis hijos con vida?, le preguntaría.
Estábamos en una cantina frente al riomar uruguayo. Las olas cubrían sin descanso el lomo de las rocas. En más de sesenta años no había faltado jamás, para deleitarse con  brótolas inhallables, preparadas y servidas por los propios pescadores. Le brillaban los ojos y la cara se le encendió cuando me narró la vez que vio desde aquí las peripecias de un velero tratando de enfrentar un feroz pampero para llegar al puerto, ahí no más. Las velas rifadas, ayudado por el motor, varias veces estuvo tan cerca de las rocas que parecía montarse sobre ellas. Viraba con lo justo. Alcanzó a ver la aterrorizada cara de los dos tripulantes, a no más de cincuenta metros. Finalmente desapareció detrás de la escollera y logró hacer puerto. Espero que no nos pase lo mismo, comentó con más seriedad de la que yo hubiera deseado,
dame unos días, pidió King. No es un tema fácil, pero lo intentaré. La respuesta, bastante tiempo después, fue que me recibiría en los cuarteles de Palermo el coronel Roberto Roualdez. Él me daría las noticias que yo esperaba. Fui. La entrada a esos patios poblados por uniformados flechándome con mirada fiera, me retorcía las tripas. El ambiente era más alocado y siniestro que la última vez, cuando estuve allí preguntando por Martín. Me hicieron pasar a un primer piso, escoltado por dos soldaditos. Indicaron que me sentara en el largo banco de un corredor, al que daban una docena de puertas. En el banco acompañé a varias personas con rostros tristes, o tensos. Por las puertas entraban y salían tipos dando gritos. Algunos de uniforme, o medio uniformados, con jeans y chaqueta militar, o largos sobretodos oscuros. Otros de civil, barbados, melenudos. Un grupo pasó hablando en voz alta. Venían de un operativo. “Bajamos a dos en Azcuénaga y Paraguay”, comentó uno de ellos. Un petiso rubio, o teñido, chistando, le indicó que se callara. Tendré que esperar, pensaba yo. La mañana se iba. De pronto, la puerta de enfrente dio paso a un sargento bigotudo, que me señaló con el índice una puerta y me dijo: “Usted, pase”. La experiencia que viví fue, otra vez, digna del mismísimo infierno dantesco. La del primer recinto del séptimo círculo, o del octavo. ¡Qué se yo! Bullía por todas partes una bestialidad demencial. Detrás de un escritorio, gran retrato de San Martín de fondo, encontré una figura animal, medio calva, de anteojos, más bien morochona, seria, cara de culo. Con un gesto me invitó a sentarme. Al alcance de su mano derecha, reposaba un arma de calibre grueso. Una Magnum, supuse. Del otro lado, más cerca de mí, un mástil plateado con la bandera argentina. Creo recordar de manera bastante aproximada el diálogo:
-¿Qué quiere saber usted?
-Quiero saber si mis hijos viven.
-Yo también perdí dos hijos, ¿sabe?
-¿Usted? ¿Tiene hijos desaparecidos?
-Muertos.
-¡Caramba!, ¿se metieron en el baile? No sé si se lo dije con maldad, o más bien de ingenuo.
-Uno se mató en la montaña, el otro saltando a caballo.
Por un momento, vacilé. Recordé el comentario de alguien que deambulaba por los  pasillos de la empresa, que me alentó diciéndome algo así como, “ese tipo te va a entender”, tan esotérico que no le di importancia.
-Coronel, mi caso es distinto. Tengo un hijo desaparecido y me han asegurado que lo mataron. Busco otros dos.
-¿Qué sabe? ¿Cómo puede saber? ¿Quién se lo dijo?
-Fuentes eclesiásticas y militares me dijeron, “ha emprendido un largo viaje”. Sé lo que significa.
-Significa que puede estar en el exterior con otros compinches.
-Vengo por los otros dos, por mis hijos Valeria y José. Desaparecieron hace varias semanas.
-Estarán escondidos. O capturados por sus propios compañeros. O ajusticiados por ellos. Para eso no les tiembla la mano.
-¡Qué me dice! ¿Se cree que soy idiota? ¿Para decirme esas estupideces me recibió?
En ese momento el hombre se pone de pie, levanta la chaqueta militar y exhibe una especie de coraza con paquetitos adosados con cintas plásticas. Con los ojos fuera de órbita me dice:
-¡No se haga el loco! ¡Si me dispara volamos todos! Esto que ve son explosivos!
Simultáneamente entra un coronel de espesos bigotes y una cara de perro rabioso que inspiraba terror. Me presenta.
-El coronel Ferro. Dígale coronel qué pasa con esos chicos que no aparecen.
-Algunos están afuera, otros los mataron sus propios compañeros...
Me levanté. Dije:
-Está bien, está bien.
Me fui sin darme vuelta, atemorizado. Esperaba algún manotazo. Cuando llegué a la puerta, Ferro me alcanzo en tres zancadas y la abrió.
-A éste me lo escoltás hasta la salida.
El cabo golpeó los tacos e hizo la venia. Se puso a mi lado y me pidió que lo siguiera.
Pasé por un correo antes de volver a mi domicilio. Envié un telegrama colacionado renunciando a la empresa.
Nunca intento interrumpir los largos monólogos de Papá. Yo sé lo que le cuesta volver a empezar. A veces cambia de tema o entra en vía muerta. Me quedé mirando el mar, como esperando que continuara. Pasaron varios minutos. El silencio me impulsó a observarlo. Estaba con el mentón apoyado en las dos manos cruzadas, miraba el mar. Quedamos en silencio hasta que vino el mozo para avisarnos que cerraban. Caminamos hasta el puerto. Yo lo llevaba del brazo. Me asombraba el aguante del viejo. Todavía era capaz de caminar veinte cuadras sin chistar. Cuando llegamos al puerto, sólo pronunció unas pocas palabras.
-Está bajando mucho la presión de la atmósfera, y mañana nos vamos.
Acomodamos el barco. Papá durmió una siesta. Por la tarde compramos las habituales vituallas. No faltó el queso Colonia, ni un par de botellitas de tinto tanat, ni verdura “de la planta”, como los uruguayos llaman a todo lo que esta muy bien, aunque no pertenezca al reino vegetal. Los tomates y la lechuga de por aquí son únicos. Después disfrutamos la más estupenda puesta de sol que pueda verse en estas latitudes. Papá habló poco. Cuando dejamos la Rambla dijo, comeremos en el Huayra, y te contaré cómo terminó mi relación con Roualdez. En aquel momento no le hice explotar las bombas, pero años después me vengué, sin arma alguna. Con el poder de mi mente. Dominé mi intriga.