lunes, 9 de septiembre de 2013

CAPÍTULO XXXVI - MÁS SOBRE JOSÉ


Volví a los cuadernos con esfuerzo. A Papá también le resultaba difícil avanzar con sus anotaciones. Las abandonó más de dos meses. Su prosa era cada vez menos fluida, elaborada con esfuerzo, como no queriendo caer en un abandono definitivo.
El 9 de julio de 1977 escribe,
hoy por la mañana vuelvo a la casa de Carla y hablo extensamente. Me cuenta que fue hasta el domicilio de la pareja que dijo haber sido obligada a guardar a Toti. Habló con la portera y ésta la acompañó hasta el piso 13° “J”, donde una mujer de unos veinticinco años confirmó haber tenido a Toti por unos días. José y Electra habían estado allí hasta que sucedió lo que sucedió, compartiendo el departamento con ella, su marido, y los dos hijos. Llegaron el 15 de mayo, dos días después de la fecha de la desaparición de Valeria. Hasta allí las versiones coincidían con lo que ya sabíamos, dijo Carla. Me enteré cuando Electra trajo a1 Toti, después de perder el hogar, allanado y destruido el mismo día de la desaparición de Valeria. Ella pasó fugazmente por nuestra casa; José, no. Estaba buscando dónde vivir. A día siguiente llamó. Había conseguido el departamento de un matrimonio joven, con dos hijos, que vivían en el barrio de Palermo. Electra conocía el escondrijo y allí fue con Toti, por su cuenta. De ese lugar los secuestraron pocos días después. Analizando estas palabras, lo que me queda en limpio es que él... No puedo seguir escribiendo, estoy mal.
Más adelante Papá confiesa: “Ahora las cosas están más claras”. Veré si para mí también. Papá reconstruye, con los últimos datos, los hechos que culminaron con las desapariciones de Valeria y de José, sucedidos en un lapso de poco más de quince días. 
El 12 Julio escribió,
el 13 de Mayo de l977, “aparece” Tamara y “desaparecen” Valeria y Ricardo. En la misma fecha, los militares buscan a Electra y José. Al no encontrarlos, destruyen la vivienda. Cuando vuelven, cada uno por su lado, son advertidos del allanamiento por los vecinos. No queda claro dónde pasaron esa noche. La siguiente, Electra, se arriesga a ir a la casa de sus padres, con Toti; se cambia de ropa, y deja allí a la criatura por esa noche. El día 15 de mayo se refugian en el departamento de Bustamante al 2100, donde viven Cacho y su mujer Dina. A Cacho, que trabajó en la Ford, José lo conoció cuando repartía material de propaganda en las fábricas. Se hicieron amigos. En su casa no correrían riesgos, supuso José. Hacía tiempo que Cacho estaba alejado de la militancia activa. Allí se quedarían hasta encontrar una ubicación definitiva. Todo esto lo supe por Augusto, confirmado por Carla.
Carla le propuso a Papá ir a lo de Cacho para escuchar su testimonio personal.
El 10 de Julio Cacho le dijo,
a José lo conocíamos  como Julián y a Electra como Lila. José comentó que en el diario La Nación del 27 de mayo se publicó el Habeas Corpus por la desaparición de Valeria. “Sabía que el viejo no me iba a fallar” dijo José, dijo Cacho. Por esa publicación nos enteramos del apellido de nuestros “huéspedes”, agregó. Continuó: Julián–José me contó el llamado de Valeria pidiendo un encuentro “en la heladería grande”. También, la oferta de un amigo de su papá para sacarlo del país en un avión privado. Opinó que lo de Valeria era su manera de informar que estaba viva. No pienso ir dijo José, dijo Cacho. Ella sabe que no iré. Está claro, es una trampa. Sobre la oferta del avión, dijo que no se pondría en manos del enemigo para salir del país. Cacho sabía que Julián–José estaba trabajando en dos o tres documentos, haciendo “arreglos” para tener una nueva identidad. Dijo que estaba totalmente desconectado de sus superiores y confirmó que saldría del país asegurada la suerte de unos compañeros, por los que respondía. Se lo prometí al viejo, me dijo José. Insistió en que no había que ir al encuentro con Valeria. Pero al día siguiente José viró ciento ochenta grados, dijo Cacho. Primero sostuvo que Valeria nunca pasaría por teléfono un mensaje de esa naturaleza, y menos a la casa de la ex mujer del padre, y casi a la medianoche. Por esa y otras razones no iría. Al día siguiente, no bien se despertó, dijo que había que ir, dijo Cacho que dijo José. Me pidió que fuera yo, y me dio su reloj para que Valeria lo reconociera.
Comentario de Papa,
yo no creo nada de todo esto. José no pudo cambiar de idea al día siguiente. Había sido muy firme -y razonable- su primera visión sobre el mensaje.
Sigue Cacho,
fui a las diez de la mañana, hora habitual de los encuentros en ese lugar, salvo el último que había sido a las cuatro de la tarde. Precisión horaria a la que le daba mucha importancia, me pareció.
Comentario de Papá,
aquí me asalta una duda. Yo recuerdo muy bien que Valeria pidió que fueran a las cuatro de la tarde. Tengo bien presente, además, que eso fue lo que yo le trasmití a Augusto para que le dijera a la persona que iría al encuentro con José. Augusto me dijo que no dio precisión sobre la hora, porque no se había convenido. Acepto que en la tensión y locura que vivíamos en esos días toda confusión era posible.
Sigue Cacho,
cuando volví de la heladería de Hurlingam, fui a la joyería donde trabajo. A eso de las cuatro de la tarde entran tres hombres que se presentan como policías. Tenemos una denuncia que lo acusa de un contrabando de oro, le dicen. No es cierto, revisen la joyería, aquí no hay oro en cantidad. No lo vas a tener aquí, pibe. Acompañanos hasta tu casa. En ese momento estaba con un amigo, a quien le pidieron sus documentos y lo dejaron ir.
He trascripto de modo textual buena parte de lo que anotó. No es mi relato. Sigue narrando Papá lo que Cacho dijo,
en camino a su casa, van a pie porque es muy cerca, ve a tres tipos en la esquina, y luego otros tres al llegar al edificio. Mientras caminaban, le preguntan quién estaba en el departamento. Mi mujer y los chicos ¿Hay alguien más viviendo allí? Recién en ese momento advertí que venían a detener a José y Electra ¿Tuvo algún problema con el propietario del departamento? No. Suben con él seis hombres, tres quedan abajo. Cuando abre la puerta sacan armas. Encuentran en el departamento a los refugiados. Estaban solos. Mi mujer había ido con los pibes a la guardería, revela Cacho. Gritan: ¡Arriba las manos y contra la pared! Se las atan a la a la espalda, también a mí. Le preguntan a José, tirado boca abajo en el piso: ¿Tenés fierros? No.¿“Pepas”? No. ¿Pastilla? ¿Qué? De cianuro. No, de naranja, en el bolsillo, dame una, tengo mal gusto en la boca. No te hagas el gil. Lo patean. Mientras esperan la llegada de mi mujer y los chicos, durante tres horas nos interrogan sin violencia. A mí, en el dormitorio. A José y Electra en el living. En la cocina, el Toti lloraba inconsolable. José declara que es del PRT, responsable de propaganda en zona Norte. Los hombres estaban interesados en saber si eran montoneros, dice Cacho. Al saber que no, medio se decepcionaron, agrega. Los hombres encontraron dentro del forro de una guitarra tres documentos. Uno lo usaba José, a nombre de Pedro Castillo, y otros dos los trataba de arreglar para entregármelos a mí. Me preguntan qué sabía de esos otros documentos. Nada. José reconoce que los puso en la guitarra, sin mi conocimiento. Preguntan quién es un señor Levy. Levy es el segundo apellido de mi mujer. El apellido figuraba en alguna documentación encontrada por allí. A las ocho de la noche llega Dina con los chicos. Poco después nos sacan las vendas de los ojos y nos esposan para llevarnos. Disculpame por haber escondido esos documentos en tu guitarra sin avisarte, me dice José. Dina pregunta qué hace con Toti. Quedate con el pibe, cuando vuelva tu marido te va a decir qué hacer con él. Una vez en la calle, nos meten a los empujones en un Ford Falcon. José grita el apellido de su compañera. Y vocifera: ¡Nos secuestran, nos secuestran!
Comentario de Papá,
supe después que el hijo de la portera contó que detuvieron y golpearon a un señor que estaba en la calle, en la puerta del edificio, se dijo que era un pobre tipo que esperaba que bajara su novia.
Cacho es puesto en libertad tres días después. Algunos puntos para la reflexión señalados por Papá:
1) ¿Es casual que los hombres llegaran con Cacho al departamento mucho antes que Dina con sus hijos y justo cuando sólo estaban José, Electra y Toti ?
2) ¿Es lógico que no la llevaran también a Dina, según la práctica represora en esos días?
3) ¿Es lógico que Cacho, según supe, haya sido liberado tres días después?,
4) ¿Es creíble su afirmación de que recién cuando le preguntaron quién más vivía en el departamento recordara que estaban José y su familia?
5) Después supe que en esos días habían pasado por el departamento los padres de Dina. José no estaba, estaba Electra. Cacho dijo que presentó a Electra como compañera de Dina, de la facultad de Psicología, que estaba transitoriamente allí porque se había separado de su marido. ¿Verdad o versión interesada?, me pregunté. ¿Los suegros le habrán creído? ¿Siguió considerando José segura la guarida después de enterarse de que otra gente pasó por allí encontrando personas extrañas? ¿Que relación tiene este episodio con la pregunta que según Cacho le hicieron los hombres acerca de “un señor Levy?  
6) ¿Es verosímil que José haya cambiado de opinión de la noche a la mañana  enviando a Cacho a la heladería?
7) ¿Es creíble que José corriera el riesgo de enviar al propio compañero que lo albergaba, y le entregara su reloj para que Valeria lo identificara. ¿No previó el riesgo de que lo siguieran y localizaran su escondite?
8) ¿Es creíble que José no exigiera recibir una información inmediata del resultado, esperando lo más tranquilo el regreso de Cacho mientras éste iba a su negocio sin informar de inmediato el resultado de la gestión?
9) Cacho dijo que se sorprendió al encontrar a José viendo televisión cuando entró con los hombres, pues “no pensaba que estuviera allí”. ¿Dejaron sin planear el accionar posterior para ayudar a Valeria después del encuentro en la heladería?
10) ¿Es o no casual que hayan secuestrado a José el mismo día que Cacho dice haber concurrido a la heladería?
11) ¿Los hombres sabían o no a quién iban a secuestrar?
12) ¿Por qué los hombres prometieron que a Cacho lo dejarían volver? Tan seguros estaban que le dijeron a Dina, “quedate con el pibe, cuando vuelva tu marido, te va a decir qué hacer con él.”   
13) ¿Qué sugieren las preguntas sobre quién es Levy, si había problemas con el dueño del departamento, y la presunta decepción al saber que no eran montoneros?
14) ¿Por qué gritó el apellido de su compañera y no el suyo, según dijo el hijo de la portera?
15) ¿El “pobre tipo”, era un pobre tipo?

Hay en todo este relato un montón de oscuridades que Papá sutilmente marca formulando preguntas. Las preguntas incluyen hechos, situaciones, que no figuran en el texto principal, ninguna de importancia fundamental, detalles más bien marginales. Las transcribo tal cual las anotó. Me parece que no quiso profundizar más y siguió su rutina de registrar los hechos con la espontaneidad del momento. No he visto hasta ahora, ni más adelante, que haya vuelto sobre este tema. Puede entenderse entonces que sólo quiso escribir una mera crónica. Sin embargo encontré entre sus papeles algunos testimonios, que para algo habrán sido guardados. Unos ante la Comisión Nacionalsobre la desaparición de personas, CONADEP. Otros son actas judiciales, que se refieren a algunos de los hechos que Papá registró en sus cuadernos. No sé si en algún momento pensó hacer algo con estos antecedentes; analizarlos, cotejarlos con lo que escribió. Una tarea que yo no haré. No es el propósito que me llevó a encarar este trabajo. A mí sólo me interesa exponer el contenido de estos cuadernos y el punto de vista que reflejan, con la visión de Papá en el momento de ocurrir los hechos. Cómo él los vio, cómo él los vivió, cómo él los sufrió, cómo él los anotó. Vuelco el texto vivo trascripto  literalmente, respetando el contenido y las formas. Papá fue quien fue en esos años. Otra persona. Bastante diferente a la que yo conocí. Por lo que aquí he visto, la vida le enseñó mucho.
Voy a concluir este capítulo incluyendo un dato que Papá me dio en alguno de nuestros coloquios. Cacho habla de un documento que José tenía a nombre de Pedro Castillo. Esa fue la última identificación “oficial” (¿falsificada, robada?) utilizada por él. El Toti había sido anotado en el Registro Civil con el apellido Castillo. Así constaba en la partida de nacimiento. Papá me contó que él, como abogado, hizo un juicio de rectificación de partida, trámite que no fue fácil y llevó bastante tiempo. Finalmente fue anotado en el Registro Civil con su legítimo nombre y el apellido paterno. Fue en el año 1980, aproximadamente. Me dijo que entre sus papeles estaba la copia de ese expediente. Por aquí estarán.

domingo, 8 de septiembre de 2013

CAPÍTULO XXXVII - ÚLTIMA OPORTUNIDAD - POR LA VUELTA

Para mantenerse en contacto, Papá le dio a José el número de unas tías pidiéndole que lo llamara el 23 de mayo. Llamó puntualmente, como era habitual. Papá le contó qué hizo y supo hasta entonces. José se sorprendió de que Ada hubiese ocultado más de una semana a Tamara sin comunicarse con nadie. Trató de explicarle las razones, pero no logró serenar a José. Lo interrumpió. Intuía que era la última oportunidad para trasmitirle palabras decisivas,
le dije a José que seguiría ocupándome si me prometía dejar el país lo antes posible. Primero Martín, después Valeria, le dije: Si no te vas pasará lo mismo con vos. ¡Toda una familia destruida! Ya no puedo padecer en Buenos Aires las inútiles tensiones de estas peregrinaciones a la nada, sin al menos asegurar tu valiosa vida. Tu vida depende de que salgas ya del país. Me preguntó, ¿pedís que abandone mi lucha? Me pareció que la mejor respuesta era recordarle, una vez más, el mensaje de Espartaco: La primera condición para poder luchar es estar vivo. Tengo que pensarlo y consultar con mis compañeros. Te responderé en dos días. Le di otro teléfono para que me llamara a la misma hora al día siguiente. Pero él me aclaró que lo haría el  subsiguiente, 25 de mayo. El 24, a eso de las diez de la noche, estaba en la quinta del Tigre conversando en el living con mi hermana mayor, su hija la Gorda, fiel y única compañera familiar en estos días. La Gorda me brindó una ayuda fundamental, de las muy pocas que recibí. Estaban, también, mi hija Mara, de dieciséis años, y Analía. De pronto veo la cara despavorida de Mara mirando el vidrio de la puerta de entrada, exclamando ¡Ay Papá! ¡Ay Papá! Veo a un grupo de hombres armados ingresar a los gritos, pidiendo que no nos moviéramos. Cuatro hombres con armas largas, vestidos a medio uniforme. Uno alto, cetrino, canoso, con un sobretodo gris muy largo, parecía ser el jefe. Gritan: ¡Dónde está Valeria! ¡Que se identifique Valeria! Les dije: Valeria no está aquí. Revisaron la casa de arriba a abajo. Los libros, uno por uno. Hurgaron los cajones. Nos reunieron a todos, incluyendo a los empleados de la casa. Otro grupo había recorrido previamente el jardín. Mi hermana se atreve: ¿Quiénes son ustedes? Uno, bajo, pelirrojo, de bigotazo militar, responde: ¡Fuerzas armadas conjuntas! Me interrogan, centrando las preguntas en Valeria. Les digo que vivo en San Pablo, he venido a visitar a los hijos de mi segundo matrimonio y me he encontrado con esta situación. Me muestra algunas fotos. Me piden identificaciones. Zafé como pude. Se llevan algunas fotografías, ninguna reciente. Estaba seguro de que no les servirían para nada. De algún cumpleaños, grupos de chicos adolescentes entre los que estaban Varia y José. Confieso que temblaba de miedo y me sentí cobarde. Siempre me asalta esa duda de haber sido cobarde, de no haber afrontado la situación con más valentía. Antes de irse el “grupo de tareas” les dije que la intempestiva visita de ellos me dejaba una esperanza: si la están buscando a Valeria, está viva. No llegue a esa conclusión, apuntó el hombre gris de gris. Trabajamos en cédulas independientes. Nosotros la buscamos. Otros pueden tenerla. Inclusive podría estar muerta. Muchos años después supe por Carla que Augusto estaba encerrado en el baúl de uno de los Ford Falcon que rodearon la quinta.
Al día siguiente llama José al teléfono convenido. Papá cuenta el episodio de la noche anterior. José dice que ya consultó con sus compañeros; estaban de acuerdo en que saliera del país. Lo hará dentro de algunos días, puestos a buen recaudo quienes de él dependían. Papá ofrece ayudarlo. José le explica que no hace falta; el partido tiene medios y organización para encargarse. Combinan un nuevo llamado, para dentro de dos días, a un departamento facilitado por la Gorda.
Entre los papeles encontré la copia de una esquela escrita por Papá a Matilde el 15 de agosto de 1977:
“Espero que te armes de todas las fuerzas necesarias para soportar tanto dolor y que podamos algún día alcanzar la dicha de vivir en un mundo más justo, poder mirar para atrás y ver la sonrisa de nuestros hijos”.
También la Carta de Lectores que le publicó el diario La Nación:
“Excesos no; genocidio
Señor Director:
El título de La Nacion del 30 de diciembre pasado que informa sobre el juicio sumario a los comandantes en jefe, dispuesto por el Poder Ejecutivo ‘Por los posibles excesos cometidos durante la lucha por la subversión’, me da la oportunidad de clarificar la reiterada confusión en que se incurre al atribuir a ‘excesos’ las terribles consecuencias provocadas por la represión antiterrorista.
Soy padre de hijos desaparecidos y he vivido durante estos dolorosos años experiencias que me permitieron profundizar en el conocimiento de este tema, lo que me autoriza para afirmar, sin lugar a ninguna duda, que la máxima responsabilidad de los comandantes en jefe de las Fuerzas Armadas no es por excesos efectuados en la lucha (que los hubo, sin duda) sino por haber planificado, instrumentado y ejecutado el genocidio por el que se exterminó a miles de ciudadanos de ideología izquierdista o sospechados de tenerla.
Esta teoría de Estado, impuesta por las cúpulas militares instituyó el secuestro como método de captura, la tortura generalizada como técnica de los interrogatorios, la detención de los prisioneros en cárceles clandestinas e infrahumanas, engrillados y encapuchados durante meses, y años, y su muerte a sangre fría en el momento en que se consideró innecesario conservarlos vivos.
Esta siniestra técnica se complementó con la institucionalización del concepto de ‘desaparecidos’, en un pretendido corolario de impunidad basado en la falta del cuerpo del delito, evitando testigos de las atrocidades cometidas.
Así fueron eliminados los llamados delincuentes subversivos y también miles de hombres y mujeres, que las propias fuerzas represoras llamaron ¨perejiles¨, la inmensa mayoría jóvenes adolescentes que seguramente hoy estarían incorporados a las esperanzadas filas ciudadanas dispuestas a ejercer y preservar, para siempre, la democracia en la Argentina.”
No figura la fecha en que fue publicada. Un descuido de Papá. Encuentro sólo el recorte pegado sobre una hoja de papel. Más tarde comprobé que fue publicado el 6 de enero de 1984.
En la quinta de Tigre, el 19 de agosto de 1977 escribió,
anoche me dijo Carla: No puedo dejar de pensar en los chicos ¡Si al menos supiera que están muertos! Pienso en el horror de sus sufrimientos, si aún los tuvieran vivos. Las imágenes me asaltan a cada momento: cuando me baño, cuando me visto, cuando me miro en un espejo. Y lloro desconsoladamente. Le digo: Carla, tenés que ahuyentar esos pensamientos. No dejarlos penetrar en tu mente. Y menos enredarte en ellos de esa manera. Es masoquismo, disculpame que sea tan crudo. Sólo produce tu destrucción y la de los que están a tu lado. Tus hijos, tu marido, Toti, te necesitan bien, fuerte, sana. Esa es la contribución que estás obligada a dar ahora. Pensá en forma positiva. Pensá que los chicos eligieron su vida y su martirio. Eran seres libres. Fueron felices, inmensamente felices, entregados totalmente a sus luchas por un mundo que querían más sano y más justo. Pensá en la grandeza y la fuerza de sus corazones. Pensá que Toti sobrevivió al riesgo a que estuvo expuesto. Y que lo tenemos, cuando podría ser hoy uno de los tantos pibes no identificados, que terminan en los orfelinatos o adoptados por quién sabe quién, hasta criados como hijos legítimos de los represores. Sé fuerte. Tenemos que ser fuertes. Sé serena. Me cuenta que anoche Toti pasó una mala noche. Y que a la madrugada se despertó hincado en la cama, llorando, con los brazos extendidos, y por primera vez gritó: ¡Mami, Mami, Mami! Le faltaban dos meses para cumplir dos años.
Dos días después, Papá se despierta una madrugada con la certeza de haber encontrado una respuesta a su pregunta número 10, de la enunciación que transcribí en el capítulo anterior: ¿Es o no casual que hayan secuestrado a José el mismo día en que Cacho dice haber concurrido a la heladería?,
Me desveló una tremenda conjetura: ¿Será que José al suponer que Valeria estaba viva desistió de su promesa de salir del país, decidiendo quedarse prolongando su estadía en el departamento de Cacho, presionándolo para que colabore hasta aclarar la situación de Valeria? ¿Será que entonces Cacho decidió salvar su vida y la de su familia?


*

Papá vuelve a San Pablo el 24 de de agosto. Anota un pensamiento de Eugene O´Neill:
“Creo que la tragedia tiene el significado que le dieron los griegos. A ellos los enaltecía, los impulsaba a vivir y a vivir más y más. Despertaba armonías espirituales más hondas y los liberaba de las pequeñeces de la existencia diaria”.
Si esta idea es válida, razona, con mayor razón lo es para él, porque la suya es una historia real, no una mera ficción.
Y continúa,
he llegado a San Pablo. Es poco más de mediodía y he estado escribiendo en mi escritorio, frente a la ventana. ¡Qué días en Buenos Aires! ¡Qué impotencia para enfrentar la desaparición de Valeria y de José! Digo a quien quiera oírme: No pido justicia, ni clemencia. Pido información. Que me digan qué pasó con mis hijos. Si están en cautiverio o muertos. Paralelamente padezco el deterioro de mi relación con Analía. Está muy mal y tendrá sus razones. Pero ya no soporto su neurastenia. No puedo ser ni siquiera comprensivo. Las duras defensas de las que me he rodeado para sobrevivir –físicas y mentales- me impiden transar, contemporizar, aceptar. Debo guiarme solamente por hechos objetivos y éstos me alejan cada vez más de Analía. Las broncas que ella me producía, muchas veces por cosas banales, empiezan a tomar profundidad. Pero me he propuesto –quizás no tenga otra alternativa- hablar solamente de modo positivo. Tengo que manejar mi relación con Analía como se vaya dando, mientras soluciono otros problemas. De aquellos días, rescato cosas muy lindas: la alegría de los chicos cuando les conté que volvería definitivamente a Buenos Aires; las conversaciones con ellos y los momentos que pasamos juntos; el tiempo que estuve con mis nietos, legado de vida dejado por sus padres; las conversaciones con los amigos; el mate de la mañana con Angelito, el jardinero y Juanita, la muchacha de toda la vida. Y el sentirme bien, a pesar de todo; con la cabeza sobre los hombros. Y con la voluntad de seguir adelante en esta maravilla que es reencontrarme con mis hijos y la futura proximidad con mis nietos. Es bueno saber que por algo tenemos los ojos al frente y ninguno en la nuca. Hay que mirar para adelante. Mi decisión está tomada: 1) Volveré definitivamente a Buenos Aires, 2) Viviré en la quinta con mis hijos. 3) Mi futura vida será un modelo para ello. Ahora cobran grandeza las conversaciones que tuve con José y Martín sobre ciertas actitudes mías con mis hijos menores. 4) Haré todo el esfuerzo necesario para convivir con Analía. Si no fuera posible, partiremos para nuestros respectivos techos, con la comprensión de los pibes, espero. Lo que quiero decir es que no haré abandono intempestivo del hogar. Los chicos tendrán que saber que si me fui hace tres años, no fue detrás de otras polleras, o para eludir responsabilidades. Fue porque no aguanté más (subrayado en el texto) mi relación de pareja. No incurriré en un nuevo error. En realidad, la pareja siguió funcionando con intermitencias. Ahora viviré con ellos, todos mis esfuerzos se concentrarán en conseguir lo que más quiero y siempre quise: vivir en un hogar con mi mujer y mis hijos. Estos dos años en San Pablo –este Cuaderno es el mejor testimonio- fueron un largo intento y una larga espera para lograr ese objetivo. Tengo esperanzas de que Analía colabore ya que no sería posible sin un aporte serio de ella. El amor y la compañía de mi familia, ahora con nietos, llenarán el vacío de tantos años.
El último día de agosto, un domingo claro con temperatura veraniega, despide sus navegaciones en la represa de Guarapiranga envergando su Ideé Fix. Surca en solitario sus aguas y arriba a un pequeño islote en el medio del espejo de agua. Hay buen viento y embica el barco en la costa. Podría ser, imagina, el único habitante de una isla en el medio del océano. Ha llevado su cuaderno y bajo el solitario cocotero de la diminuta playa, escribe,
son mis últimos días en San Pablo. Únicamente pienso en el momento de estar nuevamente en mi país, cerca del afecto de mi familia. La tragedia que me ha tocado vivir este último año parece una enorme pesadilla. Una pesadilla de la que no he despertado. Mis tres hijos mayores ya no están. Queda la presencia de sus martirios, que no serán inútiles. Sus vidas ejemplares me llenan de orgullo. Ese desinterés, ese altruismo, esa sensibilidad humana, pagando el precio de sus propias vidas. ¡Oh, cuántas reflexiones aún son necesarias para esclarecer mis ideas e interpretar el mensaje de sus sacrificios! Ya nunca más estaré solo. Siempre a mi lado, donde quiera que esté, me acompañaran Valeria, José y Martín, más vivos que nunca adentro de mi corazón!

“Es también cierto que toda esta vastísima preconización, incitación, y aún las violencias, parcialmente han beneficiado la conciencia moral de la humanidad
Macedonio Fernández
 Teorías”

sábado, 7 de septiembre de 2013

CAPÍTULO XXXVIII - DÍAS DE BUENOS AIRES


Papá registra en San Pablo, antes de volver definitivamente a la Argentina, lo acontecido en Buenos Aires cuando estuvo tratando de localizar a Valeria después de de sus enigmáticos llamados a la quinta.
Desde hace un buen tiempo he tratado de soslayar, en lo posible, mis problemas matrimoniales. Mis anotaciones desbordan hoy mi intención inicial, cuando bauticé a estas páginas “Cuadernos para ser Feliz”. Aprendí que la felicidad se logra con independencia de los esfuerzos hechos para alcanzarla. Proponérsela como objetivo, más bien es un impedimento. El camino hacia la felicidad es un fluir, no una carrera de obstáculos. En lo posible trato de registrar solo lo positivo y las esperanzas en todo lo vinculado a mi relación marital. Escribo ahora sobre esos días pasados en Buenos Aires, sin poder callar que la búsqueda de Valeria convivió con un constante conflicto con Analía. Mis cuadernos registran algunas de esas circunstancias. No voy a volver sobre ellas, salvo para reafirmar la influencia negativa de ciertas relaciones suyas. Hizo lo imposible para evitar que me quedara en la casa. Llegó a ofrecerme que me alojara en el departamento de un amigo íntimo de ella y recibir allí los llamados. Un verdadero delirio. ¡Meterme en casa ajena para recibir llamadas clandestinas! Le contesté con dureza que la quinta era mía, que el teléfono era mío y que los hijos que llamaban eran míos. Que estaba tratando de hacer lo que estuviera a mi alcance para salvarles la vida. Le pedí que evitara el escándalo frente a los hijos comunes y le aclaré que yo no era cómplice partícipe de la actividad de mis otros hijos, si no un padre desesperado para convencerlos de que salieran del país y ayudarlos para que lo hicieran. Estar comunicados era cuestión de vida o muerte. Era lo mínimo y lo máximo que podía hacer por ellos en estos momentos. Lo único. Nada menos que salvarles la vida. Para eso vine de San Pablo. Mi hermano esperaría el nuevo llamado de Valeria junto al teléfono. A mí no me alcanzaba el día para las múltiples gestiones, que realizaba con pocas esperanzas. Él tenía instrucciones sobre qué decirle a Valeria cuando llamara. Pero Valeria ese día no llamó. Sé que las tensiones eran muchas y las presiones que recibía Analía todas negativas. Puedo comprender que buscara preservar la paz de su hogar. Pero esa casa también era la mía, aunque yo estuviera viviendo en San Pablo. Ella pretendía una tranquilidad que yo no podía darle. Le aseguré que ni ella ni nuestros hijos corrían riesgos. Los militares sabían que estaban al margen. Los blancos eran José y Valeria.
¡Qué días aquellos! Buscando a mi hija; conectándome a las escondidas con José, cuya vida pendía de un hilo; expuesto yo, como padre, a mis propios peligros. Y ese clima de incomprensión en mi propio hogar; las interferencias negativas de Analía; mi casa que era y no era mi casa; mi preocupación por el abandono de mi trabajo en Brasil, sin explicaciones coherentes que justificaran mis constantes viajes y permanencias en Buenos Aires. De eso no se hablaba. Los chicos viviendo las circunstancias y el clima, testigos de mi desesperación y de mis encontronazos matrimoniales. Yo sin encontrar palabras para que me entendieran. Un día le pregunto a Juan -no había cumplido los doce años-: ¿Qué pensás de lo que está pasando? Opino que debo estar más informado, respondió. No sé lo que será el infierno. Pero no puede ser peor que esos días en Buenos Aires.
¡Esos días en Buenos Aires...! ¿Qué otras cosas pasaban esos días en Buenos Aires? El 2 de junio Papá recibe el llamado de su tía Queta, pidiéndole telefonear urgente a Luisa, otra tía, paterna. La había llamado varias veces porque lo estaba buscando para transmitirle, de manera personal y con urgencia, una noticia muy importante. Era sobre Valeria. Papá corre a lo de su tía. Le informa: Panchito, mi hijo, médico de Gendarmería Nacional, supo por un colega de la Morgue de Buenos Aires que en un listado de cadáveres entregados por la Fuerzas Armadas Conjuntas figuraba una Valeria con su apellido. ¿Es familiar? Es hija de un primo hermano. Panchito podría traerme ese listado. Papá pide hablar con su primo y con el médico informante. No fue posible. Todo se complicaba, le escabullían al bulto. Panchito no está en Buenos Aires, Gendarmería lo envía a largos viajes por el interior. No vuelve hasta dentro de quince o veinte días. No hay como ubicarlo. Andá directamente a la Morgue, está ubicada aquí en frente, invocá el nombre de Panchito. Le da el nombre del médico. No esperó más. Cruzó la calle corriendo,
Voy hasta la Morgue, un sórdido edificio al que entro por un larguísimo pasillo que conduce a un patio. A lo largo del pasillo hay estacionadas ambulancias. Mi tía me había dicho que en esos días vio la llegada de varias y también de camiones militares. Con cuerpos, comentaban en el barrio. En el patio observo un cartel: MESA DE ENTRADAS. Me atiende un señor de mucha edad, tras un tabique de madera con vidrio opaco. Le explico el motivo de mi presencia. Cuando digo mi nombre pregunta: ¿Usted qué es del doctor Eduardo de su mismo apellido, ya fallecido, un eminente médico legista? Era mi tío abuelo. Emocionado, me hace pasar. Nos sentamos a una mesa y conversamos. Fue mi jefe muchos años. Una excelente persona, vio. Un hombre excepcional que respeté y admiré mucho. Era un hombre de ideas bastante revolucionarias, digamos. Uno de los fundadores del Partido Liberal Georgista, que postulaba un impuesto único fijado sobre el valor de la tierra y una reforma agraria. En homenaje a su recuerdo haré por usted lo que esté a mi alcance. Pero, le adelanto, no me será posible ubicar al médico por el cual usted preguntó. Me entregó unos inmensos libros y sugirió que buscara en ellos. Allí estaba todo registrado: los nombres de los muertos, la autoridad que los entregó, las causas de la muerte, etc. Le digo que no creía que en las circunstancias que vivíamos se llevara un registro por nombres. ¡Acá no entra nada que no se registre! Vea si figura su hija y anote los N.N. que tengan su edad aproximada. Después le explico. Con poca confianza, comienzo la búsqueda a partir del día 13 de mayo. En efecto, encuentro el registro del ingreso de numerosos cadáveres, algunos pocos con nombre y apellido, la mayoría N.N., sexo, edad aproximada, causa de la muerte y autoridad que los envió. Casi todos entregados por el Consejo Superior de Guerra N° 1. Causas de muerte: edema pulmonar o perforaciones de balas, siempre más de tres y en la espalda. Los restos calcinados eran todos N.N. Lo leí con mis propios ojos en el Libro de Entradas de la Morgue de la Ciudad de Buenos Aires. El nombre de Valeria, o de Ricardo, no aparecían. Pero tomé nota de los N.N. con edades aproximadas a las de ellos. Pregunté al funcionario como debería proceder para identificar estos restos. Me pidió la entrega de información más precisa sobre posibles tratamientos dentales de Valeria, única forma de identificación cierta, una vez cotejadas con las radiografías dentales allí obtenidas. Me quiso mostrar algunas. Yo, horrorizado, las rechacé. Pregunto por otras listas, fuera del registro de Mesa de Entrada. Era lo que me habían indicado que hiciera. Me respondió que no existían otras listas. Agradezco su atención amable. Prometo volver con los datos dentales. Valeria tenía muy mala dentadura. Sabía que su dentista, amiga de Matilde, se había radicado en Israel. Me fui esperanzado. Volví a la casa de mi tía, pidiéndole que tratara de ubicar al médico amigo de su hijo porque en la morgue no figuraba el nombre de Valeria, como le habían dicho a Panchito. Me prometió hacerlo, aunque no le resultaría fácil. Me pareció que lo conocía bien y sabía cómo ubicarlo. Menos le creí que no pudiera contactarse con su propio hijo, el médico gendarme que vivía con ella. Tiempo después, cuando intenté tener su versión directa, me dijeron que había muerto. Una vez más el globo reventó en mis manos. Llego a mi casa extenuado física y anímicamente. Allí me sorprende la noticia de que Valeria había llamado nuevamente.

*

Papá vuelve a ese momento, tan ansiado por él y José. La nueva comunicación de Valeria después del  fracaso el primer intento. Lo reescribe en su cuaderno. Si él lo repite, yo también debo hacerlo. Por algo lo escribió dos veces. La primera vez, mientras el derrumbe se producía; la segunda, después,
el llamado llega dos días después de lo anunciado. ¡El esperado llamado de mi querida hija! Y yo ausente y también ausente mi hermano, que no pudo cumplir con su guardia. El teléfono lo atendió Analía. Valeria le preguntó si le habían trasmitido el mensaje a José. Le respondió que no sabía, porque José no llamaba más allí. Quiso saber si el mensaje de ella podría haberle llegado por otro medio. Le dijo que no sabía. No fue así. El primer llamado, como dije, Analía lo ocultó. Yo le había suplicado seguir estrictamente mis indicaciones. Ella, o cualquiera que atendiera el teléfono, debían decirle a Valeria que sí, que su mensaje ya lo conocía José, y agregar que no dijo nada acerca de lo que pensaba hacer. Reiteré que para mis hijos estas informaciones eran de vida o muerte. Contuve mi indignación y traté de que Analía me contara un poco más sobre la llamada de Vale. Pero ella, nerviosa, confusa, solo confirmó que era la voz de Valeria. Rehuía todo diálogo.
En ese momento decidí regresar lo antes posible a Brasil. Sentí que el cerco se estrechaba sobre José. Si los represores tramaban llegar a él a través de mí, seguirían presionando a Valeria. Presión era tortura. Yo también me sentía en riesgo (el miedo, otra vez el miedo) y no podía aportar nada más. Me fui ese mismo día para no pasar ni una noche más en casa. Tomé un avión a Montevideo desde donde, al día siguiente, salí para San Pablo. Era el 3 de junio de 1977.     

         No me pregunten quien soy
         Ni si me han conocido
         Los sueños que había querido
         Crecerán aunque no estoy
         No me pregunten la edad
         Tengo los años de todos
         Yo elegí de muchos modos
         Ser más viejo que mi edad
         Mi tumba no anden buscando
         Porque no la encontrarán.

Los Olimareños
Milonga del Fusilado



viernes, 6 de septiembre de 2013

CAPÍTULO XXXIX - SECUENCIAS, CONSECUENCIAS, Y ALGO MÁS


Anoche se me hizo tarde. No podía desprenderme del cuaderno –el segundo de los tres- escrito, como todos, con su letra casi ilegible y la caligrafía irregular diseñando sus estados de ánimo. Puedo abrirlos en cualquiera de sus páginas y saber cómo lo estaba pasando en el momento de escribirlas. Muchas veces necesité tomar aire, purificar mis emociones; daba vuelta las hojas hasta ubicar la letra que me aseguraba disfrutar del buen humor de Papá. Que emerge constante, como se filtra el sol entre las nubes de una tormenta.
Estaba desvelada. Esperando el sueño aproveché para precisar las fechas de los últimos acontecimientos registrados por Papá. Había omitido algo muy importante, me pareció, pero quizás me equivoque. O estaría dicho más adelante. Lo cierto es que no estaba claro. Parecía razonable que Papá considerara imprudente el contacto personal de Augusto con José, lo repite más de una vez. ¿Pero quién podía estar seguro de nada en aquellos tensos días del terror? Podría preguntarme si habría alguien más confiable para Augusto que él mismo. Quizás él estaba seguro de cumplir con todos los requisitos de seguridad exigidos para mantener esos contactos. Podría explicarse hasta lo inexplicable. Pero algo estuvo mal: habérselo ocultado a Papá.
Vuelvo a repasar mis últimas lecturas. Me detengo en estas palabras,
más adelante hablaré sobre la entrega de Toti a sus abuelos, sobre el tiempo que estuvo al cuidado del matrimonio, la demora producida y la forma y oportunidad en que lo entregaron. Surgen numerosos interrogantes.
Pero no vuelve sobre estas cuestiones. La historia de los sucesos narrados en estas páginas termina el 3 de junio de 1977 y Papá las reescribe meses después. Quizás la vorágine de los sucesos le impidió registrarlos con precisión cronológica, respetando los tiempos. O guardó algunos silencios ex profeso. Yo me inclino por la primera hipótesis, los hechos se precipitaron en cascada uno tras otro,. Intentaré enunciar la secuencia ordenadamente:
1)     Miércoles, 11 de mayo de 1977: Papá sale con una amiga en San Pablo, navega en la represa de Guarapiranga en su velerito Idée Fix, y asiste al show de Ney Matogrosso. Se asombra de poder hacer una vida normal, relacionarse y divertirse.
2)    Jueves, 12 de mayo: Valeria llama a la quinta del Tigre preguntando cuándo llegaba Papá. Analía le informa que el 20 de mayo.
3)     Viernes, 13 de mayo:
*José llama a la quinta y deja un mensaje: si vuelve a llamar Valeria digan, “el gordo la está pasando mal”
*Desaparecen Valeria y Ricardo.
*Comandos militares allanan la casa de José y Electra, la destruyen haciendo estallar una bomba. Por fortuna los chicos no estaban.
*No está claro dónde pasan esa noche.
4)     Sábado, 14 de mayo: Vuelve a llamar José. Analía no lo atiende. Mandó a decirle que no tenía novedad.
*José telefonea a unas tías preguntando si Valeria las había llamado. Le dicen que no.
*Electra va con Toti a la casa de sus padres, donde pasa la segunda noche mientras José buscaba dónde podrían guarecerse.
5)   Domingo, 15 de mayo: José, Electra y Toti se alojan en el departamento de Cacho y Dina.
*Entregan a Tamara a su abuela Ada. Policías dijeron que fue encontrada en la calle el día 13 de mayo con un cartel indicando un número de teléfono y una crucecita dorada en el cuello.
6)   Lunes, 16 de mayo: Papá escribe: se acerca el día en que viajaré a Buenos Aires para establecer el definitivo punto de partida de una nueva etapa de mi vida. Deja flotando un misterio.
7)  Viernes, 20 de mayo: Papá vuelve a Buenos Aires para cortar definitivamente su relación matrimonial con Analía y decirle adiós a mis recuerdos. Menciona como al pasar que le haría una propuesta a una amiga, para que sea mi compañera, e inicie a mi lado esta nueva etapa aquí, en Brasil, en donde pienso que tendré que vivir varios años. Mercedes era el nombre de la amiga. Aparece de sorpresa, como sacada de la galera. Estaba loco de soledad, me parece.
8)   Sábado, 21 de mayo: Papá espera en la quinta el llamado de José. Lo recibe al mediodía, José pregunta si había llamado Valeria. Papá le informa que no. José dice que nada bueno podía esperarse. Volvería a llamar a la noche.
*Nueve de la noche, llama José. Al saber que Valeria no lo había hecho confirma que algo muy grave tenía que haber sucedido. Le pide a Papá que trate de comunicarse con Ada. Convinieron un nuevo llamado para el 23 de mayo, en la casa de una tía. Papá se las ingenia para ubicar a Ada y ésta le informa que tiene a Tamara desde el 15 de mayo; y que la desaparición de sus padres habría sido el día 13.
*Esa misma noche Papá se encuentra con Ada y con su hijo y escucha el relato de la entrega de Tamara.
9)    Domingo, 22 de mayo: Papá visita la clínica donde estuvo su nieta y la comisaría que la entregó.
10)     Lunes, 23 de mayo: José llama, según lo anunciado, al lugar convenido. Papá lo pone al tanto de lo hecho en ese tiempo y de la entrega de Tamara. Convienen un nuevo llamado para el día 25, a la casa de otra tía.
11)    Martes, 24 de mayo: A las diez de la noche fuerzas militares invaden la quinta del Tigre, donde estaba reunido Papá con Analía, Mara, una hermana y una sobrina. A los gritos preguntan, ¡Dónde está Valeria! Pero buscaban a José, asegura Papá. Revisan la casa e interrogan a todos
12)    Miércoles, 25 de mayo: como estaba previsto, llama José. Papá le cuenta el episodio de la noche anterior. José dice que ya consultó y que lo autorizaron para salir del país. Agrega que lo hará dentro de pocos días, después de asegurar la situación de sus compañeros. Establecen un nuevo llamado telefónico para el 27 de mayo, a un departamento facilitado por una sobrina de Papá.
13)    Viernes, 27 de mayo: José llamó al número convenido, con la puntualidad habitual. Papá comenta sus andares y José le confirma que está preparando la documentación para salir del país. Establecen un nuevo contacto para el día 29 de mayo al mediodía, en la inmobiliaria de una de las hermanas de Papá. El llamado a un escritorio comercial, un día domingo, brindaba mayores seguridades, suponía.
*La Naciónpublica en “Noticias de Tribunales”, el “Habeas Corpus” presentado por Papá, por la desaparición de Valeria; José se lo comenta a Electra en presencia de Cacho y Dina.
14) Sábado, 28 de mayo: Papá continúa recorriendo la zona donde habría sido secuestrada Valeria, tratando de encontrar pistas. Al anochecer, antes de ir a un encuentro establecido con Augusto en una confitería céntrica, llama por teléfono a la quinta preguntando si había novedades. Valeria había llamado dos veces preguntando por él y a las nueve de la noche volvería a llamar.
*Papá decide no ir al encuentro con Augusto y vuelve corriendo a la quinta para esperar el llamado. Lo recibe a las once de la noche y Valeria pasa un mensaje para José, para encontrarlo en una heladería. Papá avisa esa misma noche a Ada y a su hijo el llamado, y lo que dijo Valeria. Duerme en el Tigre, en la casa de un amigo.
15)    Domingo, 29 de mayo: Papá llama a Beto, el marido de Matilde, recién llegado a Buenos Aires desde París y le comenta la novedad. Convienen un encuentro con Augusto para ponerlo al tanto. Se reúnen a media mañana y deciden trasmitirle el mensaje a José textualmente. Deciden ir juntos a la inmobiliaria a esperar el llamado de José a la una de la tarde; Augusto aseguró que le diría a José que un emisario confiable se lo trasmitiría. Todos coincidieron que no era para hablarlo por teléfono.
* Luego de un llamado previo e imprevisto, y de otras circunstancias que contribuyeron a crear un clima de alta tensión, Augusto y Beto resuelven permanecer afuera, esperando a Papá en la esquina, mientras él atendía el llamado de José. Augusto le pide a Papá que le diga a José simplemente: “Mañana en el mismo lugar y a la misma hora”. José llamó puntualmente, como siempre. Papá le trasmite el mensaje de Augusto, como éste le había indicado, insistiendo en que por teléfono no podía adelantarle nada.
* A posteriori, Papá, Augusto y Beto, se reúnen en una confitería y acuerdan que el emisario trasmita a José las palabras textuales de Valeria: “Te espero en la heladería grande el día y hora habitual, a las cuatro de la tarde”. José debía evaluar la situación y resolver. Volverían a reunirse en el mismo lugar al día siguiente, a las ocho de la noche. Ese lapso, dijo Augusto, era necesario para que el mensajero pudiera encontrarse con José y traer los resultados.
*José le comenta a Cacho y a Dina el llamado de Valeria pidiendo que fuera a la heladería, anticipando su conclusión: No iré, es una trampa. También comentó que un amigo de su padre le había ofrecido sacarlo del país en un avión particular. “No me voy a poner en manos del enemigo para salir del país”, afirmó.
16)      Lunes, 30 de mayo: José cumple veintitrés años. Cacho dice que al despertar cambia de idea y sostiene que hay que ir. Cacho dice que le pide a él que vaya. Va a las diez de la mañana, no a las cuatro como pidió Valeria. Augusto dijo que no aclaró la hora por no recordar que se hubiera convenido. 
*A las cuatro de la tarde llegaron cuatro hombres al negocio de Cacho, que había vuelto de la heladería sin encontrar a Valeria. Dicen buscar oro de contrabando. Revisan y le piden a Cacho que los acompañe hasta donde vive. Encuentran a José, Electra y Toti. Permanecen tres horas, revisan e interrogan. Llega Dina con sus hijos. A las ocho de la noche se los llevan a todos, menos a Dina y los menores.  
*A las ocho de la noche Papá se encuentra con Augusto. Beto no fue, mandando en su lugar a otra persona. Augusto cuenta que él personalmente estuvo con José, no había enviado un emisario, como se convino. Dijo que la respuesta fue: “No voy a ir, es una trampa del enemigo”. Augusto arregló con José cortar toda comunicación, cancelando reuniones futuras.
17)   Jueves, 2 de junio: Una tía avisa a Papá que tiene informes confidenciales sobre el ingreso del cadáver de Valeria a la Morgue Judicial.Papá va y no puede confirmar la información
*Cuando Papá llega a su casa después de la gestión anterior, Analía le informa que había vuelto a llamar Valeria preguntando si José recibió el mensaje.
18)     Viernes, 3 de junio: Papá decide regresar a San Pablo ese mismo día.
19)   Tiempo después Papá retoma los cuadernos y comienza a asentar el relato de lo acontecido en Buenos Aires en su último viaje. Tiene esperanza de que José aparezca en San Pablo uno de esos días.
20)  Viernes, 5 de Julio: Analía llama a Papá avisando la entrega de Toti a los abuelos maternos.
21)    Lunes, 8 de Julio: Papá vuelve a Buenos Aires, encarando la búsqueda de José.
Para ordenar los hechos y tratar de entenderlos, debí leer más de una vez las páginas escritas por Papá. Me habían quedado algunas inquietudes. ¿Cómo en ningún momento destacó que el secuestro de José se produjo el mismo día y a la misma hora, las ocho de la noche, del encuentro en la confitería para recibir de Augusto la información del emisario. Hay otra zona oscura que Papá pasa por alto. Si el día 29 de mayo, al mediodía, deciden que al día siguiente, 30 de mayo, el mensajero le trasmita a José el mensaje de Valeria, cuando cambia de idea “a la mañana siguiente”, según Cacho, sosteniendo que hay que ir, ya es 31 de mayo. Ese día José pasaba su primer día de cautiverio. Imposible. Hay alguna confusión de fechas que me supera. Lo cierto es que ya no les estaban pisando los talones. Se los habían pisado. Hay coincidencias que aparecen bastante más adelante: la fecha de la entrega de Toti y una  “salida” de sus padres del campo clandestino de cautiverio, llevados transitoriamente a un destino desconocido. Esto surge del testimonio de Ana, una detenida que estaba con José y Electra en el mismo campo, “El Atlético”. La entrega de Toti y la salida de sus padres sucedieron en el mes de Julio de 1977. Mi conclusión es que esas coincidencias pudieron pasarle inadvertidas a Papá, porque los hechos sucedían muy vertiginosos. Papá escribía a mano alzada y evitaba las relecturas. A mí, lectora comprometida con una tarea, no protagonista, no se me escaparon. Leo, releo, analizo, luego escribo. Y no le encuentro a todo esto una explicación razonable.