jueves, 22 de agosto de 2013

CAPÍTULO LIV - EL REGRESO


Lo que sigue en los cuadernos se aparta del eje central de mi proyecto. Recorre el camino que me reencuentra con madre. Los cierro en la frontera del ingreso de Papá al capítulo final de su vida. En este último tramo no necesitó escribir un nuevo “Cuaderno para ser feliz”. Terminé el trabajo que me había propuesto hacer con la memoria de Papá, la que él no quería que se llevara el viento del olvido. Me queda volver a navegar memorando el crucero en las etapas de regreso hasta llegar al punto de partida. Yo te lleve, pues te traje, fuiste noble compañera de viaje, recitó Papá mientras preparábamos el barco para retornar a San Isidro.
Estos versos de Amado Nervo son de Serenidad, un libro cuyo título se contradice con mi vida: Yo, nunca fui sereno. Hoy, recitarlos aplicados a mis propias circunstancias, haciéndote la destinataria de los mismos, justifica el recuerdo. A la vejez, viruela; con mis años, prendiéndome a fantasías mágicas que siempre aborrecí. Cambia, todo cambia. Yo también. El puerto está abierto; me dicen que no esperan vientos superiores a fuerza siete. Un pamperito pasará y nos complicará un poco. Zarparemos, si la Prefectura uruguaya no nos cierra el puerto.
La medianoche es el mejor momento. La virazón garantizaba un viento norte constante, asegurando una navegación descansada y a rumbo. Papá insistió en evitar demoras. Saldremos después de una liviana cena en el Club del Buceo, descansaremos un par de horas en la amarra y.... ¡de vuelta al pago! Comimos unas brótolas a la manteca negra con alcaparras y hojas enteras de lechuga con aceite de oliva. Me sorprendió que Papá no tomara vino. Le pregunté la razón. Me adormece y pierdo lucidez para afrontar imprevistos en el mar, sobre todo navegando cerca de la costa, justificó. Algo que no hizo en todo este crucero.
Su principal preocupación era la presión tan baja de la atmósfera. El barómetro está clavado en 1000 hectopascales. Algo se viene. En la pantalla de la mesa de navegación estudiaba minuciosamente la información. Yo, mientras tanto, preparaba sándwiches. Hay un frente, se ve con claridad. Parece grosso, aunque los pronósticos solo informan vientos regulares del norte.
-Eso apunta a un pampero seguro.
-Sí. Pero no está anunciado. Tampoco han cerrado el puerto, lo primero que hacen los uruguayos.
-Lancé una opinión, interrogando: ¿Nos vamos a arriesgar?
-Hasta que no vea claro no me largo. Te propongo que nos acostemos temprano. Quizá le demos paso al pampero, y por unas horas enfrentemos un oeste-sudoeste decreciente. Tendrás la experiencia de tirar bordes con vientos de proa. Verás cómo se agiganta el Huayra en esas condiciones. Cuando corríamos regatas lo llamaban Tractor Amarillo. En esas condiciones, casi siempre ganábamos.
Por fin partimos pasada la medianoche, calma, oscura, estrellada. Papá decidió zarpar antes de que cerraran el puerto. Pudimos dormir unas horas. Quiso timonear hasta sortear los bajos que rodean la salida de Buceo.
Las piedras peligrosas son las de babor; a estribor la Buen Viajeestá bien señalada y queda más alejada. Antes, cuando los compases tenían desvíos de hasta treinta grados, había un recurso que no fallaba: saliendo de Buceo, enfilar los dos destellos de la Isla de Flores a proa con las tres luces del cerro de Montevideo a popa, te aseguraban un curso de aguas seguras, con amplio respeto de cualquier peligro.
Después permaneció en silencio y atento. Comencé a confirmar algo que venía sospechando desde que descubrí que poco a poco me enseñaba cómo proceder para navegar en solitario si, por algún azar del destino, quedara como única tripulante. En la primera singladura, prender el motor y arriar las velas. En la segunda, comunicarme por radio con las estaciones costeras. Después, la importancia de navegar a motor en ciertas condiciones de emergencia, evitando que los cabos cayeran al agua y se enredaran en la hélice. Otro día aprendí que en caso de temporal la peor decisión era buscar protección cerca de la costa, jamás tratar de entrar a puerto. Bancátelas afuera y usá el motor para mantenerte apartada de la orilla. Ahora me da nuevas indicaciones: Si tuviéramos que desandar camino y entrar a Piriápolis es preferible fondear cerca de la playa y de la escollera, y esperar la ayuda que te darán por radio. La alternativa es seguir hasta Punta de Este. No entres de noche en Piriápolis.
Le digo:
-Viejo, ¿que estás pensando? ¿No poder avanzar hacia Buenos Aires por fuertes vientos contrarios? ¿Además, caerte al agua?
-Esto último va ser difícil, nunca me pasó. Pero hay que tener presente que si a bordo no hay más que dos, puede quedar solo uno. Con respecto a los vientos fuertes de proa... ¿Chi lo sa? Que nos atrape un pampero es más que probable.
Para cambiar de tema le pedí un turno para timonear y aprovechar la larga noche para continuar conversando sobre su vida.
-Vamos a ver. Te dejaré timonear; contar mis historias y disfrutar la noche es incompatible.
La impaciente curiosidad me impidió ver la muchísima razón que tenía Papá. Además, tomé conciencia de cuánto le costaba hablar esos temas. Pero al mismo tiempo reiteraba su claro deseo de evitar la pérdida de sus recuerdos en la insondable eternidad. Me contaba, cuando se inspiraba, lo que podía y quería; insistía en respaldar sus relatos con sus “Cuadernos para ser feliz”. Ironías del destino.
Antes de cenar en el Club, investigué por Internet la información meteorológica. Papá esquivaba la computadora, para él era perder el tiempo. Confiaba en los pronósticos uruguayos. Según él no había mejor boletín que el de Radio Sodre de Montevideo. No le iba a discutir al viejo, pero yo me quedo con “www.windguru.cz.” Anunciaban para esta zona vientos muy fuertes, con rachas de cincuenta nudos. Papá le restó importancia.
Escuchar todas las campanas enloquece. Saldremos. Esperamos casi dos días al divino botón. Si pasara algo, será poco. Es la última experiencia que nos queda, te aseguro que la vamos a disfrutar. Los vientos serán de proa, nos apartaremos de la costa. El pampero llega cansado al río, después de cruzar nuestra pampa. Las ciudades costeras lo van frenando, pero cuando alcanza la llanura del agua cobra nuevos bríos. Mejor será acercarse al lado argentino, cuanto más cerca estemos, mejor. Tendremos aguas libres hasta la costa uruguaya para correrlo filando escotas. Cinco horas, ocho horas, tiempo más que razonable para que el viento diga basta. Insisto, navegar no es una ciencia exacta. Si el pampero surgiera de improviso, sorprendiéndonos cerca de la costa uruguaya, se complicarían las cosas. Nos quedaría el recurso de correrlo de popa hasta que afloje. Desandando camino. No va a durar dos días. Así y todo, en dos días llegaríamos a La Paloma. Lindo puerto para un resuello.
Yo lo escuchaba azorada. Confieso que le entendía la mitad de lo que trataba de explicarme. Aún hoy, al escribirlo lo hago como al dictado de su voz en mi oído, utilizando términos familiares durante esos días de navegación, jamás escuchados antes. Menos los oiré en el futuro. Tuve la impresión de que algo terriblemente riesgoso podríamos vivir dentro de muy poco tiempo. Papá hablaba con entusiasmo. Como tratando de convencerme de lo bueno que sería compartir esa aventura, anunciándola con fervor. Creo que el viejo quería vivirla. Le faltaba contar algo más. Imaginé una picardía. Cuando él le pedía a la muerte, que tarde en llegar y proceda rápido, expresaba el espanto de morir en la cama. Nunca me lo dijo, señal de que lo pensaba muy en serio. No me habló jamás sobre cómo quería morir, pero siempre bromeaba con la muerte. Una vez me habló en serio,
acordate, quiero que echen mis cenizas en este río y si no pueden superar el maldito hábito de enterrar a los muertos, entiérrenme en un cementerio con vista al mar.
-¿Un cementerio marino?
-Como el del poema de Paul Valéry.
-Tendré que leerlo.
Llegaremos con lo justo para complacer a tu madre, el once despertaré en su cama cumpliendo un año más.
Todo seguía igual. El cielo claro, sin una nube. El mar calmo, sin viento. Padecíamos un calor húmedo, insoportable. El barómetro, clavado en 998 hectopascales. Había un borde gris en el horizonte, entre el verdoso ríomar y el celeste que comenzaba a teñir el cielo. A motor y a marcha reducida, ordenó Papá, tenemos combustible para cuarenta horas, suficientes para llegar a destino, salvo que la marea baje sin respetar las tablas. Divisamos el faro de la Islade Flores. El viejo me dió las últimas instrucciones:
seguí en este rumbo a motor a cinco nudos, una hora, después caé  200 y seguilo dos horas, cruzarás unas boyas que son las del canal argentino, ojo con los cargueros, cualquier cosa avisame, cumplida tu guardia de cuatro horas, avisame. Yo me quedo aquí haciéndote compañía.
En algún momento en que mi éxtasis me impidió advertirlo entró a la cabina. Dormía. Querrá estar bien descansado, por si se complica la navegación. El posible pampero debíamos recibirlo bien alejados de la costa. Flores se alejaría hasta desaparecer. Cumplí al pie de la letra la indicación de no caer a babor las seis horas que timoneé. Muy cerca andaba el Banco Inglés, merecedor de todos los respetos a pesar de ser inglés, bromeaba Papá. Mi turno estaba sobre cumplido, dos horas más que las programadas. Lo dejé dormir. Crucé Montevideo, una zona riesgosa, con barcos hundidos, el canal de acceso con permanente tráfico, pesqueros irrespetuosos, algún velero sin luces de navegación, para ahorrar energía, el canal argentino sin problemas. Soplaba un suave viento del norte cuando decidí despertarlo. ¿Dormiría? Alteré la rutina de los ruidos. Aproveché la brisa y desplegué la genoa. Yo sabía que aún durmiendo el viejo controlaba. ¡Qué pasa, qué pasa!, saltó, ¿empezó el quilombo? En un segundo apareció por la escotilla.
-Tranquilo, Papá, desenrollé la vela de proa para aprovechar un vientito del norte. Y para despertarte con un sonido que te gustaría. Ya es tu turno.
-Según mi reloj, te entusiasmaste.
-De estas madrugadas habrás pasado centenares, para mí fue la primera experiencia. No estuve sola. Me acompañaron las gaviotas y se acercaron delfines.
-Anduviste muy bien. Desde mi conejera, cuando abro un ojo, controlo la pantalla; comprobé que seguías el rumbo como una veterana. Tomo una sopita bien caliente, me pongo el traje de agua, abrigo...
Interrumpo:
-La mañana se presenta cálida y pesada.
-Siempre hace frío cerca de Montevideo, no lo olvides. Si no ahora, hará cuando el viento rote al sudoeste. Siempre fui precavido, más hoy con menos fuerza y trabado en mis movimientos. Ponerme el traje de agua es una proeza. Además, hijita, un enfriamiento a esta altura de mi pulseada con la Parca puede resultar fatal. Ya subo, busco las linternas, un termo con café, el chip con “Todo Vivaldi” y te relevo. Y vos... a la cucha. Tenemos que estar bien descansados. Alimentate, tomá algo caliente y abrigate. Haceme caso, hijita, o saco la Magnum.
En la bolsa de dormir, cumplidas las instrucciones del capi, me dije, ¡qué bueno!, nunca me había llamado hijita. Y me dormí. 
Desperté cuando sentí unos golpes en cubierta. Después, la voz de Papá. ¡Arriba! ¡Arriba! ¡Urgente!      

miércoles, 21 de agosto de 2013

CAPÍTULO LV - ÚLTIMA SINGLADURA I



He dejado inconclusa la última etapa del crucero. Me propuse terminarla en El Desquite, cerrando el primer bosquejo de mi libro. Cambié de idea, decidí hacerlo en Buenos Aires, culminar mi trabajo cerca de madre, con su apoyo en las dudas y su opinión profesional en algunos conflictos que quisiera esclarecer. Madre es la fuente a mi disposición más cercana a Papá y sus circunstancias. Terminaré  el libro flotando sobre el Río de la Plata, en la cabina del Huayra, adormecido en su amarra de Dársena Norte. Será el homenaje de mi despedida, antes de venderlo. En algo tenía que transar con madre. Nos quedamos con El Desquite, para preservar el “templo” y  despedimos al Huayra. Madre quebró mi última resistencia convenciéndome de no verlo languidecer en otras manos, abandonado  como un viejo en el geriátrico. La voz de Papá insiste en sus cuadernos: un barco demanda, como las mujeres, tiempo, cariño y plata. Nosotros no lo navegaremos, ni podremos ocuparnos, ni gastaremos dinero para mantenerlo. No lo navegará madre, ni su compañero, ni Federico, ni mi familia, dispersa en diversos lugares del mundo. Ni yo, heredera de la vocación náutica de Papá.
Continúo con la etapa final del crucero:
Desperté cuando oí unos golpes en cubierta y la voz de Papá pidiendo que subiera con urgencia. Medio dormida -había descansado un par de horas- me costó ponerme el polar. Tenía el cuerpo pegajoso; si desperté cansada, terminé agotada cuando completé mi atavío con el Patagonia, el traje náutico regalo de Papá, casi sin uso. Exigencias del viejo para estar en cubierta con pronóstico de pampero. Creo que a los caballeros de la Edad Media les resultaba más fácil instalarse en la armadura que a mí introducirme en el maldito traje. Lograda la proeza, salté como un mono disfrazado de la cabina al puente. Estaba calmo, el barco se bamboleaba pausadamente y la botavara golpeaba de un lado a otro. Las luces de Montevideo languidecían sobre el río. Antes de preguntarle a Papá qué pasaba -todo me parecía muy normal-, me señaló el horizonte y exclamó: ¡Mirá lo que se viene! El oeste estallaba en fuegos de artificio. Los rayos cruzaban como centellas más allá del horizonte, otros caían sobre el mar como colosales arcos voltaicos cruzando un cielo enardecido. La lejana bóveda se encendía como una inmensa lámpara.
Tenemos que alistar el barco para recibirlo. Ya enrollé la vela de proa. Tomá tres manos de rizos, como te enseñé, y afirmate el cinturón de seguridad. Si te caés  al agua, ¿quién te saca? Filá la driza y cobrá los amantes, yo te doy una mano soltando la mayor.
Creo que hice toda la maniobra en no más de tres minutos, adivinado palabras. Hubiera preferido ser espectadora de la escena, pero la disfruté como protagonista. No sentí miedo. El viejo, desde su posición, me inspiraba confianza. ¡Listo! ¿Aprendí la lección? La hiciste como un viejo lobo de mar. Ahora nos toca a los dos estar afuera. En un rato solo podremos atender al timón y a las velas. Pidió que reforzara mi abrigo. Protesté. Transpiré como en un baño turco, haciendo la maniobra. Me pareció una exageración, después supe que la indicación fue atinada.  
Ahora teníamos que esperar, el pampero llegaría en un par de horas.
Si viene seco puede durar mucho tiempo. Si viene con lluvia, el susto pasará pronto. Con las primeras luces del alba veremos corderitos avanzando desde el horizonte hacia nosotros, en estampida. Son olas que rompen cortitas y la espuma avanza como rebaño en desbande. Advierten que en dos o tres  minutos recibiremos el primer golpe de viento.
El viejo quedó callado y atento. La posibilidad de tener que soportar un pampero se me presentó de golpe,  en una visión instantánea. Creo saber lo que tengo que hacer. La primera condición es mantener una absoluta serenidad. El silencio de Papá me daba el ejemplo. En el flujo de mis recuerdos escuché su voz: Que no nos agarre cerca de Montevideo. Montevideo estaba a la vista. Con tres manos de rizos, la mayor se reduce a menos de la mitad. Puede soportar vientos de cincuenta nudos sin problema. Pero al pampero hay que correrlo. Raro, porque el pampero es el que nos corre a nosotros. Teníamos que recibirlo con la vela filada, por la aleta, casi de popa. En esta posición nos tomaría por babor, tragándonos la costa. Una vez que nos atrape es imposible virar, seguía recordando. No me animé a decirle nada al viejo. Él sabía lo que hacía. El barco continuaba bamboleándose y la botavara, aunque bien cazada, batía parches; se estremecía la jarcia y temblaba el palo. La claridad del nuevo día barría las estrellas de Este a Oeste, despidiendo nuestra larga noche. En el horizonte crecía el cigarro gris, todavía lejano. Un albatros negro revoloteaba en nuestra popa. Oí la voz de Papá: Poné el motor, vamos a derivar. Tenemos que apartarnos de la costa. No bien cambió el rumbo de 270° a 230° y filó un poco la vela mayor, colocó el timón automático. Continuó,
bajemos a la mesa de navegación, te explicaré sobre la carta dónde estamos y qué haremos si el viento llega del sudoeste. Ojalá sea un pampero clásico. Si soplara del oeste o del noroeste, se nos complicaría. Y cuando llegue, cruzá los dedos para que no cambie, que se atasque la veleta. Si se desviara más al sur o más al norte, sería peor. Así, con esta poca vela, viniendo de donde espero, filando escotas para ofrecer la menor resistencia al viento, podremos correrlo el tiempo que dure. El límite será nuestro cansancio, mientras disparamos por aguas libres. Si nos topáramos con algún obstáculo sería difícil cambiar de rumbo. Virar para tomar el viento por la otra amura podría ser fatal. El paso de la vela de una borda a la otra se haría con tal violencia que rifar el trapo sería lo de menos. No te digo nada si tuviéramos que trabuchar, te expliqué que era cambiar de amura cruzando el viento por la popa, ¿te acordás? Ahí, romper el palo sería la mínima desgracia. Es una maniobra muy violenta, Eolo se enfurece, no le gusta que le muestren el culo, cruza furioso. Se puede acostar el barco y hasta dar una vuelta campana.
Pidió que me sentara a su lado. Me mostró la posición. Estábamos a menos de treinta millas del Puerto de Buceo. Horas antes yo había reconocido el perfil del Hotel Carrasco y la luz blanca y roja de la baliza de Punta Brava. Ahí nomás estaba el famoso “emisario subfluvial”, como llaman los uruguayos al caño que descarga los desperdicios de sus vísceras (la convivencia con Papá me ha pegado su retórica). Vi con claridad cómo el temporal podría estrellarnos contra la costa. Algo había aprendido. Nos esperaban rocas, bajos e islotes entre la costa y la Islade Flores. La Islade Flores y el Banco Inglés, están distanciados entre ellos unas diez millas. Parecía oportuno virar ya. ¿No deberíamos haber virado antes? Antes, hubiéramos encallado en el Banco Inglés. Me mostró sobre la carta que nos aproximaríamos otra vez al canal argentino, ahora desde el sur, para alcanzarlo en unas tres horas. No pude prestar mayor atención. Una sensación de malestar general me lo impedía.
Si nos da tiempo, viramos tranquilos, sin cruzarlo, siempre hay barcos por allí. Esperaremos el viento por la popa, proa al Este. Podremos correrlo, desandando camino. Espero cruzar cómodo entre la isla y el banco.  
No tan cómodo, vi,
me juego, ojalá todo salga así. Hasta Piriápolis, una posibilidad de abrigo portuario, hay cuarenta millas. Seis, siete horas de sufrimiento. ¿Tanto tiempo puede durar un pampero? Ya te dije. No es frecuente. Veamos si llega, con lluvia o sin lluvia. He vivido pamperos de diez minutos y también de tres días. El de tres días me agarró en el puerto de Colonia, por suerte. Soplaron ochenta, cien kilómetros continuos, sin aflojar, varios barcos se fueron a la playa. Me pasó una sola vez, esperemos que no se repita.
Yo, crucé los dedos.
Navegamos buena parte de la mañana en calma chicha, con un río peltre que se combaba despacio, como desperezándose. Los golpeteos del barco -que la calma sacude más que un temporal- ahogaban todos los demás ruidos, salvo el ronquido profundo del motor y algún graznido de los albatros que aún planeaban a popa. Los rolidos del Huayra eran constantes y acompasados. El mástil, como un gigantesco péndulo,  como el diapasón de Neptuno, en lentos y amplios vaivenes marcaba  rítmicos y violentos compases. En cabina, mil cosas no identificables se desplazaban de un lado a otro, en la sentina, bajo las cuchetas y conejeras, en las taquillas. Por el lado de la cocina había fiesta. Algo cayó al piso y estalló con un ruido sordo. Me pareció que era un termo. Teníamos otros. Bajé para salir de la curiosidad, y para acomodar lo que corriera igual riesgo. Especialmente los termos. Sin ellos perderíamos buena parte de la poca calidad de vida que ofrece la navegación. No sólo para el mate, que no es poco, sino para sopas bien calientes en las frías noches de un temporal, como el que teníamos a las espaldas. En plena tarea, hurgando rincones en cuatro patas, comencé a tener señales de mareo. No las tuve en todo el viaje. Merecí un “¡sos de las mías!”, lanzado por Papá cuando se lo comenté, antes de zarpar para la última pierna del crucero. Dijo que tenía suerte, porque el mareo es normal cuando faltaba experiencia, con la confianza disminuye el miedo; el miedo marea, la adrenalina marea. Teorías de Papá.
Cuando se te seca la boca, es señal de que estás segregando adrenalina. Boca seca, mareo inminente. No es grave, hay que saber manejarlo y no entregarse, casi todos se marean, sobre todo en la cabina.
Terminada mi tarea, de vuelta en el cockpit, avergonzada, le comenté a Papá que tenía un sapo en la panza. Con este rolido,  hurgando rincones, hubiera sido un milagro que no te pasara. Me ofreció una barrita de cereales, lo peor era el estómago vacío. Respirá pausado y hondo y mirá a lontananza, será por última vez, si no te hacés el coco, arriesgó. El horizonte avanzaba destellando. Volvió a bajar a la mesa de navegación.
Voy a ubicarme con exactitud. Construiré la ruta que pretendo seguir corriendo el pampero que se nos viene, cuatro o cinco ‘waipoints’, el último la Isla de Lobos. A ‘Seguro’ se lo llevaron preso. Ya vuelvo.
Lo veía muy tranquilo, hacía las cosas con pausa, a mi criterio muy sobre la hora, él sabrá. El GPS se programa en la mesa de navegación y un repetidor indica afuera las posiciones. Volvió al rato con dos termos y linternas. Trajo dos Cocas y una bolsita de plástico con barritas y chocolates. El almuerzo, aclaró. Salió mirando el horizonte. Poné proa a 70 ° y apagá el motor, se viene.
Lo vi. El río lejano parecía nevado.


martes, 20 de agosto de 2013

CAPÍTULO LVI - ÚLTIMA SINGLADURA II


Apenas pudimos acomodarnos, llegó el viento. Con el clic de los cinturones de seguridad, llegó el viento. El inclinómetro acusó una escora de cuarenta y cinco grados. Mientras Papá filaba poco a poco la mayor, prendido al timón, derivando el máximo posible, el barco comenzó a desarrollar una velocidad inusitada. Lo vi concentrado para evitar que un golpe de ola le cruzara la popa. El Huayra comenzó a adrizarse y a correr como un potro desbocado. El anemómetro marcaba el máximo: cincuenta nudos. La corredera indicaba una velocidad de diez, once. Yo era poco práctica para estimar velocidades en millas náuticas, pero sabía que un nudo era una milla por hora y una milla mil ochocientos metros. La excitación me impedía reducirlos a kilómetro por hora, mi percepción habitual. Me bastaba con ver los bigotes amorronados apartándose a ambos lados de la proa y la estela, pura espuma, que se expandía tras la popa. La banderita uruguaya del obenque alto de estribor se desflecaba como si fuera de papel. Me pareció que volábamos multiplicando por tres la velocidad normal de crucero. No podía sacar los ojos del instrumental. Salvo para echar rápidas ojeadas al viejo y sorprenderme con su cara radiante de felicidad. Estaba muy concentrado, pero pendiente de mí. Vio mi ansiedad observando el instrumental. Me dijo a los gritos: ¡Si esto no amaina en dos horas, vas a tener que estar atenta a la ecosonda para avisarme cuando haya menos de tres metros! El ruido era aterrador. La mayor gualdrapeaba sonando como un timbal. La jarcia se estremecía. Todo el barco padecía una colosal convulsión. Pero aguanta, aguantará. ¡Aguante Huayra! ¡Cazá más el popel, el palo cae mucho a sotavento!, volvió a gritar. No entendí la orden. Tampoco sabía por qué esperaba que hubiera tan poca profundidad, ya que navegábamos sobre más de diez metros y corríamos alejándonos de la costa. Del Inglés, ni me acordé. El diálogo era imposible, apenas podía oír los gritos de Papá. Él, menos a mí; estaba corto de oído, digamos. Señalé mi oreja y negué con el índice. Respondió con un gesto que tomara el timón. Obedecí con pocas ganas. Papá buscó una palanca y bombeó para afirmar el popel, el cable que sostiene el palo por la popa. Bastó para sentirme más confiada. Los años no pesaban sobre los hombros de Papá. Fue más fácil de lo que imaginaba, el timón respondía como un manubrio de bicicleta. Pero sabía que la más mínima distracción, o si el barco se desviaba por un golpe de ola, costaría muy caro en la fracción de un segundo. Comenzó a llover. El cielo era plomo. ¡Está lloviendo!, le grité a Papá, con un dedo apuntando para arriba. Negó con la cabeza. ¡Es el mar!, alcancé a oírle. En la frontera y embravecido, Papá prefirió llamar mar a lo que todavía era el Río de la Plata. Vicomo el agua volaba. La fuerza del viento desprendía gotas horizontales desde la cumbre de las grandes olas, desafiando la ley de gravedad. Esa forma de “llover”, me asustaba más que el tamaño de las olas, cada vez más altas, cada vez de mayor amplitud, siempre con crestas rompientes
Era imposible ver el reloj. Habrían pasado dos horas. No llovió. Las salpicaduras de mar continuaban con intensidad. En la depresión de las ondas el viento amainaba. Soportábamos un pampero seco. Según la teoría de Papá, sería prolongado. Sólo cabía esperar que no se cumpliera la posible duración de varios días. Por el momento íbamos bastante bien. Me acordé de las palabras de Papá: En navegación, de todo, menos confort. Con las previsiones tomadas, hasta podría decirse que yo disfrutaba navegar en estas condiciones. Mi cuerpo estaba seco. El Patagonia era hermético. Me había envuelto en el cuello, como Papá, un empalme de paños higiénicos, a modo de bufanda. Así evitábamos que los salpicones corrieran hacia el interior de nuestros cuerpos. Fue una ocurrencia de él en la regata de las Mil Millas Chilenas, cuando padeció fríos y mojaduras en el despiadado Pacífico sur. Asocié recuerdos, pese a las azarosas circunstancias que estábamos viviendo: la asistencia al velero “Rock On”, embestido por orcas y hundido. El rescate en alta mar de la tripulación del velero. Su chanza, lo llamamos Rock Off’ después del incidente. La placa que luce en la cabina del Huayra reconociendo la hazaña. Alentada por los recuerdos, me dije: En el Huayra y con su capitán, puedo sentirme confiada.
¡Se largó del sudoeste, que no rote!, la voz se la llevó el viento. Vamos bien, joya, así con la genoa enrollada y tres manos de rizos, filadita la vela como está, si no se va al oeste pasamos cómodos. Todavía da para cazar un poco y orzar, o para filar una teta y derivar unos grados, si hiciera falta. Ahora, silencio y concentración.
El único silencio posible era el de nuestras voces. Bramaba el viento, la mayor, como un quejoso bandoneón, inspiraba en la cumbre de las olas y exhalaba en el seno. Flameaba con violencia al descargar el viento. Temíamos que se rifara. Todo el cablerío vibraba. En los temporales, Eolo templa las jarcias con acordes graves, me lo recordó con la mirada. Ese fue todo nuestro diálogo en las siguientes dos horas. Cruces de miradas y gestos nos permitieron estar comunicados. Cuando vi que la ecosonda marcaba cuatro metros, lo pateé y señalé el instrumento. Con la mano me dijo calma. Movió el timón hacia su cuerpo y comprobé en el compás diez grados de deriva. Nuevo rumbo 50 °. Levantó el pulgar y sonrió. El viento nos abate, nos aparta, aclaró. Si la corriente no nos juega en contra, creo que pasamos, volvió a gritar. Diez minutos después la profundidad era de tres metros. Un metro bajo el quillote, nada más. Sabía que en el banco había viejos barcos naufragados, hierros y chatarras peligrosísimos. Aunque Papá demostraba calma, yo creo que se estaba jugando. En determinado momento vi dos metros cincuenta. Lo pateé nuevamente pero, cuando él miró, la ecosonda acusaba nuevamente tres metros. Se mantuvo unos minutos, que para mí fueron horas. ¡La corriente está ayudando!, sonó como una bendición. Sucesivas observaciones: tres metros, tres metros, tres metros, dos noventa, dos ochenta, tres metros, tres veinte, tres cincuenta, tres ochenta, cuatro metros, seis!, seis!, ¡zafamos! Ahora el problema era pasar Flores y no caer sobre la costa, hay arrecifes a lo largo de los balnearios, entre Atlántida y la desembocadura del Solís Grande, como el bajo Solís, el de más afuera. Me lo había estudiado muy bien. También sabía que lo que fue una ventaja para superar el Banco Inglés, ahora nos complicaba. El abatimiento nos empujaba hacia los nuevos peligros, pero la corriente nos favorecía. No sé si lo suficiente. Conclusiones mías. Cuando me di cuenta de que el viejo parecía preferir mi ignorancia traté de aprender algo de navegación costera. Nunca le preguntaré si estaba en lo cierto. ¿Mis conjeturas? Artimañas para que no discutiera, o por la teoría del avestruz: para que mi cabeza estuviera metida en un agujero sin ver el peligro. Así, sin la carta de navegación a mano, a pura memoria, concluí: Así, si lográramos superar la isla de Flores, nos varamos en Atlántida.
El respiro que nos dio dejar a popa el Banco se prolongaba hasta un atardecer que marcaría la proximidad de la noche, cuando el peligro ya no inquieta, oprime. Una noche que no prometía la visión de las luces de la costa, ni la de las balizas y boyas que señalaban el peligro. El viento había rotado un poco hacia el oeste; Flores dejó de ser problema. Pero la costa estaba cada vez más cercana. Con el viento llegó el frío. Un frío que me cortaba la cara. Comprobé la sabiduría del viejo cuando me hizo abrigar más de lo que parecía razonable. Golpes de ola y salpicaduras nos empapaban, pero por dentro estábamos secos. Los guantes, protegían nuestras manos, la sal ardía en la cara y el cuerpo se enfriaba poco a poco. Las chuzas mojadas volaban con el viento, o se me pegaban en las mejillas como babosas, o impedían mi visión. Una vez que se escapaban de la capucha era imposible volver a meterlas. La próxima vez me rapo, me dije. Pensé en madre, preocupada desde el confort del hogar, escuchando el viento chiflar en las ventanas y viendo como los sauces del jardín se inclinaban ceremoniosos al paso del vendaval por San Isidro. Estará esperando nuestro llamado, ¿imaginaría nuestra aventura? No llamar sin necesidad había sido la consigna. No hablamos de imposibilidades. No sé si habrá señal. Probablemente sí. Desde abajo no sé. ¿Cómo hacerme entender con semejante batifondo? ¿Para qué? ¿Para preocuparla al cohete? Y ahora, en plena noche, ahora, ¿qué? Papá pareció oírme.
¡Estate atenta! ¡Me oís? Hay recalmones... voy a cazar la mayor lo más que pueda. Cuando afloje en un valle de las olas, trabucharemos. Vos pegá el golpe de timón hacia babor y saltá al otro lado. Ojo con el cinturón, que no te trabe los movimientos. Yo me ocupo de la mayor. Recemos para que no se rompa el palo.
Me asombré. Le agarró el misticismo al viejo. Que me hubiera pedido oraciones a mí, lo tomaría como una forma de decir. Ahora pide que recemos los dos. Rezaremos, si Dios nos lo permite. ¡Cuando te diga ya!... ¡Ya! Me fui con el cuerpo contra el timón, y me metí del otro lado. La vela pasó con violencia y Papá la soltó de inmediato. El barco se acostó. Entró una montaña de agua que inundó el cockpit. Me pareció que parte del agua entraba en la cabina. Quedé apretada con el cinturón en la borda que emergió del agua. Desde arriba, busqué a Papá entre la bruma salitrosa. Surgió de la ola cuando la cubierta salió a flote. Sus manos se aferraban al aparejo de la mayor. El cinturón se le engalletó en un molinete. Cuando el barco se estabilizó, vi su cara sonriente y, en una explosión de alegría, escuché el grito de su sapucay: ¡ORIBÉÉÉÉ!, ¡Se salvó el palo! No sólo el palo. ¡Te salvaste vos, viejo!
Por la banda de babor, ahora, cuando el viento cedía, podíamos orzar un poco para compensar la corriente, ayudados por el abatimiento favorable que nos apartaba de la costa. En estas condiciones era inimaginable intentar un arribo a Piriápolis. Punta Negra no sería problema, tampoco Punta Ballena, salvo que el viento se fuera más al sur. Después, la bahía de Maldonado, la isla Gorriti. Sabía que por allí estaba la “caldera” tan temida, con su historia de naufragios. Aquí me pierdo, pero sé que Papá conoce esas aguas como la palma de su mano. Había recalmones. Calmar eran vientos de cuarenta, cuarenta y cinco nudos. Después subía al tope del instrumento: cincuenta nudos. Ya sabremos lo que sopló cuando podamos leer los diarios. Escriben en mi idioma habitual, dirán que sopló más de cien kilómetros. Las condiciones de navegación eran ahora más confortables, no porque hubieran mejorado, sino por acostumbramiento. Golpes esporádicos de olas seguían salpicándonos. Papá timoneaba. ¿Cómo lo ves? Tres veces lo repetí. Finalmente me entendió.
Tengo Piriápolis a proa... Hay que seguir corriéndolo, imposible orzar... Creo que no habrá problema para dejar franca la Punta Negra... Parece que esto va a seguir... Pronto veremos las primeras estrellas... Es un pampero limpio... de esos que pueden durar varios días... más adelante podemos tener problemas... será peor si el viento rota al sur... lo más importante ahora es no agotarnos... dormirse al timón sería un desastre... descansá.... voy bien... por un rato.
Me tiré a lo largo de la bancada, me sujeté bien el cinturón y, convencida de que tan errada no había estado, me quedé profundamente dormida.
Algo me aplastó. Sentí una presión en la espalda, giré y me encontré de narices con una bota de Papá. ¡Turno! No bien tomé el timón, se tiró el viejo. Estaba reventado, no me dio ninguna indicación. Me alegré, porque también indicaba el grado de confianza que había ganado. Vi que el compás marcaba ochenta, noventa grados. Sabía que el reloj de la veleta no debía traspasar el eje de crujía, el viento había que tomarlo entre la popa y la proa, lo más cercano a la popa. Si trabucha, chau pichi. Miedo no tenía. Lo mejor de navegar es haber navegado, cuánta razón tenía el viejo que repetía incansablemente esa sentencia. Que el viejo duerma unas horas aquí afuera, salpicado, zamarreado, recobrando fuerzas. Ni soñar con que baje a cabina. Yo estoy bien, bastante descansada. Las nubes pasaban como bandadas de búfalos por sobre mi cabeza espantando a los corderitos que corrían sobre la superficie del mar, salpicado por las primeras noctilucas. En alguna parte estaría la luna. Tengo frío. Al rato lo vi dormido.
Una larga hora pasó sin mayores cambios, monótona y tensa. Viento, cuarenta y cinco, cincuenta nudos. Rumbo, ochenta noventa grados. Algunas luces de Piriápolis a proa, un poco más a babor. Primero fue un chasquido, que Papá no oyó. Después un nuevo ruido, similar al abrir de un cierre relámpago, enseguida ruido a trapos agitándose. Papá abrió un ojo y exclamó ¡Se rifó la vela! ¡Puta carajo!, dije yo, ¿qué hacemos? Nada, dejarla, que termine de romperse, después veremos. El barco parecía una coctelera. Igualmente el viento lo desplazaba a cuatro nudos, sin velamen. Cuando el viento culminó su tarea de hacer añicos la vela, Papá pidió mi colaboración para desenrollar unas pocas vueltas la genoa. El Huayra comenzó a navegar con un rumbo era sesenta grados. Así nos vamos a la costa. ¡Adentro nuevamente! ¿Ahora? Ahora, antes ataremos el timón a una banda. Y a dormir. Los dos, abajo; tenemos tiempo para una buena siesta y entrar en calor. No fue fácil pero lo logramos. Temblaba y castañeaban los dientes del viejo. Un cristal de sus anteojos estaba hecho añicos. La superficie astillada brilló con un relámpago. De cualquier manera no le servían para nada. El agua salada era un velo bien opaco. Pero él conocía de memoria su territorio. Bajé primero y lo ayudé. Me pareció que había perdido su fortaleza habitual. ¿Perdido su fortaleza habitual? ¿No sería mejor reconocer que estaba por cumplir noventa años? Tirémonos así, como estamos, sin sacarnos el traje de agua. Como pude, preparé una sopa bien caliente. Tuve que despertarlo para que la tomara. Le di también una barra de chocolate. Lo sequé como pude con una toalla y le tiré una frazada encima. Yo hice lo mismo. Ni siquiera pensé cómo saldríamos de esto. Dos minutos antes de estrellarse con un avión, ¿sería igual? La inminencia de una realidad fatal se compensa con la fuerza de una esperanza salvadora ¿El resultado es la nada? Hamacada por el mar, dormí como en una cuna lo que podría ser el último sueño. Del que me despertó Papá con una taza de café caliente...

lunes, 19 de agosto de 2013

CAPÍTULO LVII - EPÍLOGO


Domingo, 27 de Octubre de 2024. Hoy es un día primaveral, pleno. Convencí a madre y a Federico para acompañarme a llevar el Huayra al Club de Veleros Barlovento, donde un interesado lo sacará a tierra para revisar el fondo. Sujeto a esa verificación, la operación estaría confirmada. Patear más de un año la decisión de venderlo no fue fácil. Mi excusa: no terminé mi libro. Madre: los libros no se terminan nunca. Resultado: quedó incompleta la última etapa.  Realidad: dejarlo inconcluso era como seguir navegando con Papá. Debo terminarlo, lo prometido obliga. Pacta sunt servanda, latinazgo que Papá soltaba con frecuencia. Era lo último que me faltaba hacer para desprenderme del pasado y lanzarme por mis propias rutas. Lanzarnos todos. Mamá con su compañero, un psiquiatra macanudo, a pesar de. Federico y yo, casados hacía un año. Era hora de tener hijos. El libro, ya editado, esperaría curiosos en algunos anaqueles.
Navegamos a motor, y comimos tartas preparadas por madre. Descorchamos un tanat uruguayo, supérstite de aquellos años. ¡Qué mejor despedida! Brisa del norte, río calmo, temperatura templada. Debería agradecerles a madre y a Federico la compañía en el último viaje. Me sonaba a cortejo fúnebre. Sé que ellos percibieron algo semejante. El río lucía mil veleros. Desde algunos nos saludaban, reconociendo al Huayra por su color amarillo. Amigos anónimos de Papá, extraños. ¿Despedían a su barco conociendo en qué andábamos? Tomamos amarra y les dije a madre y a Federico que me quedaría a bordo. Necesitaba estar sola las últimas horas. Mañana al mediodía vendrá el comprador. Los despedí con cariño.
Bajé a la mesa de navegación. Escribí a lápiz en el cuaderno de bitácora, siguiendo una liturgia apropiada al ámbito de los recuerdos de Papá. Así me despedí de los últimos ecos de sus pasos. Terminé el último capítulo en una noche muy calma, acompañada en el atardecer por el canto de los ruiseñores, no paré hasta el crepúsculo matutino cuando, con el canto de las calandrias, caí sobre la cucheta y me dormí.
                                                                                                                                                *                                                     
¿He vuelto del más allá? ¿Dónde estamos padre? ¿Fue un rayo de sol el destello en mis ojos dormidos? ¿Todo está igual, nada ha cambiado, como en el tanguito que te gustaba cantar? El café, más rico que nunca. Papá, sentado a mi lado, al borde de mi cucheta. Papá casi abrazándome. Papá entre el crujido de los mamparos, el cascabeleo de las cacerolas, el chiflido de las rachas, las cachetadas de la vela hecha jirones. Papá a los gritos, balbuciéndome al oído,
estamos muy cerca de la costa, en poco tiempo sentiremos el golpe de las piedras en el casco, esos islotes, Las Toscas, frente al balneario de La Floresta, habitualmente afloran, traté de visualizarlos asomándome como pude, se que están ahí, muy cerca, pero la marea está alta y el mar agitado y mis putos anteojos rotos no me han permitido ubicarlas, en la penumbra no pude ver las rompientes, la pantalla del GPS se tildó, consideré la posibilidad de entregarme, de entregarnos, el Huayra y yo, pero vos estás a bordo, no quise arriesgar tu vida,,, mañana cumplo noventa,,, la playa está cerca, imaginé quedar varados en las piedras, destruyéndonos, el Huayra y yo, mientras vos alcanzabas la orilla arrojada por el mar,,, si hubiera estado seguro de ese final te hubiera dicho dormí, dormí tranquila, todo está bien, en tu café media pastilla de lexotanil garantizaría tu sueño profundo, tres o cuatro horas, hasta el golpe de las piedras,,, despertarías con tus energías recuperadas, llegarías a la playa, dejándote llevar, sin nadar, sin esfuerzos,,, ¿pero qué garantías tenía yo de que las cosas sucederían así?,,, estaba en juego tu vida, ¿qué seguridad tenía de que me obedecieras?,,, sospeché una discusión entre nosotros, rematada con un argumento tuyo irrebatible, aluciné tu voz interrogando ¿si no estás dispuesto a abandonar tu barco, por qué debo yo abandonar a mi padre?,,, desistí rápido de esa idea alocada,,, ¿deseaba yo un final como ése para la aventura que vivía?,,, ¿Lo buscaba? ¿Tenía yo la libertad del narrador para elegir el final de su novela?,,, la vivía, no la escribía,,, realidad, no ficción,,, ahora te diré qué haremos, mejor dicho qué harás, yo estoy exhausto, mi físico está agotado, sólo trabajaré con mi cabeza, con el aporte de mi experiencia, no te exigiré más de lo que puedas dar, tu lugar de ahora en más será la cubierta, yo quedaré en cabina, en la mesa de navegación, siguiendo la posición del barco en la carta náutica, ya no hay ‘plotter’, confiá en mis cálculos y estimaciones, habrá errores, pero la navegación es la ciencia de corregir errores,,, haremos lo siguiente, primero aliviarás tus vísceras, ya, como puedas, menudo ejercicio tendrás que hacer, tomate tu tiempo, lo tenemos, te pondrás el chaleco salvavidas, me darás un beso antes de subir, te sujetarás con el cinturón de seguridad, afirmalo donde puedas, encenderás el motor, lo llevarás a dos mil quinientas revoluciones, espero que arranque, superar Piriápolis te llevará varias horas, será difícil, el viento sopla por el través y te abatirá contra el puerto, dejá un respeto de dos millas, o más, me juego a que podrás hacerlo, tendrás que remontar olas enormes, con rompientes, barrerán la cubierta, tendrás que agarrarte de donde puedas, con todas tus fuerzas, no hay peligro de que caigas al agua, el cinturón te retendrá, no le des más de dos metros, flotarás en la bañera del cockpit como si estuvieras en el mar, sentirás el agua fría penetrarte el cuerpo, no hay Patagonia ni paños que aguanten, no tengas miedo, alejados de estas piedras no hay mayores peligros, imaginate practicando un deporte de alto riesgo, de esos que se hacen sobre las olas que rompen en las playas, o en las cumbres nevadas, o en los ríos torrentosos, hasta te divertirás,,, cuando quedes libre del peligro de las puntas de Piriápolis, bajá las revoluciones a mil doscientas, seguí unos minutos a palo seco y motor, cuando puedas correr nuevamente el pampero, cuando sientas el viento en tu espalda, la situación estará superada, apagá el motor y, con cuidado, sujetando con fuerza el cabo del desenrollador soltá la vela de proa apenas, no más de dos metros, dejá un pañuelito, te permitirá controlar mejor el timón, pasarás Punta Ballena, verás la Isla Gorriti, metete en la bahía dejándola a estribor, ahí, llegando al socaire de la isla me avisás, entonces yo saldré sacando fuerzas de donde pueda, al reparo de la isla enrollaremos la vela, a motor buscaremos la mejor posición para fondear, cuidado con los pesqueros que habrán buscado igual abrigo, largaremos los dos fondeos que están a proa, asegurándonos de no garrear, y allí nos quedaremos el tiempo necesario hasta que amaine,,, este turno tuyo será de diez horas, por lo menos,,, podremos hacer todo con luz, detrás de la isla siempre está tranquilo, nos tiraremos a dormir el tiempo que queramos, apagamos el ‘vhf handy’, el otro está muerto, ninguna comunicación con prefectura, ni con otros barcos, no es necesaria, ni conveniente, y cuando desaparezcan las rompientes mar afuera, mañana, pasado mañana, chau pampero, arriba los fondeos, ¡bendito seas cabrestante que por primera vez me levarás las anclas!,,, y nos volveremos con el sur, después habrá sudeste, la genoa desplegada nos llevará a buen destino en poco más de treinta horas,,, hasta Dársena Norte, en pleno centro porteño, sanos y salvos, comiendo las últimas latitas, agotados los veinte litros de agua de reserva, descorchado el primer tubo de la semana fondearemos en el antepuerto antes de tomar la amarra en el club.
Así fue.

POST SCRIPTUM:
“Ahí va, según promesa, la historia del viaje, la leyenda del hombre que volvió para rescatar su pasado, escrita por el mismo hombre que aspira a protegerla del olvido.”               
JUAN CARLOS ONETTI  La vida breve, Carta a Stein, II,14