Matilde llamó a Papá para avisarle que dos ciudadanos argentinos, desde España, afirmaban tener noticias muy importantes de José y Electra, que debían comunicar personalmente. Habían escapado del Atlético, el centro clandestino de detención donde estuvieron cautivos con ellos. La noticia, dice Matilde, le llegó por intermedio de Amnesty International, encargada de organizar el contacto personal, en Sevilla. Matilde le pidió a Papá que fuera, aprovechando la posibilidad de obtener pasajes sin cargo, otorgados por relaciones aún vigentes de su paso por la actividad turística. Papá viajó y los entrevistó en el aeropuerto español,
Cid de la Paz y González, los dos desaparecidos que escaparon del Atlético, el centro de detención clandestina donde también estaban cautivos José y Electra, me dan un amplio informe sobre la vida en ese campo y precisan una fecha ignorada por nosotros. Afirmaron que el 17 de noviembre de 1977 habían sido trasladados. “Trasladar”, en la jerga de los represores, era cuando los llevaban a la muerte. Engañaban anunciando el traslado a una “granja de rehabilitación”, para mantenerlos controlados (otra vez el manipuleo de la esperanza) hasta asesinarlos o arrojarlos al Río de la Plata , a veces con vida. Cid de la Paz y González me confirman que en esa fecha se hizo el traslado de José y su compañera. Es decir, los llevaron para matarlos. Así supe que el 17 de noviembre de 1977 los militares asesinaron a mi hijo José y a su compañera Electra.
(Madrid, 7de agosto de 1980)
Antes de volver a Buenos Aires, Papá viaja a Ibiza. Sus entrevistados le comentaron que allí podría encontrar a un sobreviviente de la Escuela de Mecánica de la Armada. Resultaría interesante escucharlo, le afirmaron. En la isla, Papá alquila una “Vespa” para recorrerla en busca del personaje, cuyo domicilio ignoraba.
Recorro las calles del antiquísimo pueblo, me detengo en cada uno de los puestos que venden artesanías, la mayoría atendidos por argentinos refugiados, jóvenes de la edad de mis hijos. Les cuento que soy padre de desaparecidos, en busca de algún compañero que pudiera haberlos conocido, o haber tenido noticias de ellos en el cautiverio. Una muchacha de largos pelos enrulados detiene sus ojos grises en los míos. Atiende un quiosco con artesanías elaboradas por ella. Le compré una pequeña anclita de plata y un delfín. Amo el mar, le digo. Conversamos sobre la vida en ese rincón español, adoptado por tantos argentinos como pequeña patria. Le pregunté quién era y me confiesa que es la mujer de un ex prisionero de la Escuela de Mecánica de la Armada, que había podido escapar. ¡Había encontrado a quien buscaba, milagrosamente! No creo en milagros, sí existe el azar, que es como la taba. Esta vez no me salió culo. Convinimos un encuentro y estuve reunido cinco horas con el marido de esa mujer de ojos grises. Era un hombre inteligente, abogado, cuadro importante de montoneros, confesó. No me dijo su nombre, ni se lo pregunté. Estuvo secuestrado desde mediados de 1976 hasta principios del 79. Dos años y medio sobrevivió en ese infierno. Jamás olvidaré su testimonio. Debería volcarlo aquí, por más tenebroso que me resulte. Pero no puedo. Hoy, no puedo. La conclusión me lleva a confirmar que no debo tener más esperanzas de volver a ver a mis hijos. En la Argentina, me dijo, no hubo campos de concentración. Fueron campos de exterminio de miles y miles de jóvenes. Un genocidio que eliminó toda una juventud que soñaba con un mundo más justo. Sobre esto se tendrá que escribir algún día.
(11 de agosto de 1980)
Conversamos con Papá sobre el encuentro. Nunca pudo borrar la imagen de ese rostro desencajado que narraba el horror. “¡El horror, el horror!” repetía el muchacho, como el estremecedor grito de la película Apocalyipsis Now, estrenada en esos días. “¡El horror, el horror”!, grito agónico de Kurtz en la selva africana de El corazón de las Tinieblas, relato de Conrad que inspiró a Cóppola, recordó Papá. ¡El horror, el horror!, vociferaba el coronel “yankee” del film, haciendo surf sobre las olas, mientras estallaban las napalms tiñendo de rojo al mar. La escena remedaba la locura del siniestro Capitán Astiz, el “Ángel Rubio”, que torturaba a los prisioneros abandonándolos, mientras agonizaban en los “quirófanos”, para largarse a navegar, en solitario, por el Río de la Plata.
¡Jamás podré olvidar estas palabras del testimonio que me entregó en un café de Ibiza, frente a frente, este innominado protagonista evadido del infierno!
Papá llevo siempre el anclita de plata, colgada sobre su pecho. El otro dije comprado en Ibiza, el delfín, me lo regaló cuando cumplí quince años. Lo llevo en mi pulsera.
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