jueves, 29 de agosto de 2013

CAPÍTULO XLVII - LA HISTORIA VUELVE A REPETIRSE


Leo un párrafo y hago un alto en mis anotaciones para ubicar una remembranza  encendida por el eco de estas palabras,
quise tomar distancia de todos mis quilombos, mimarme un poco. Mi intención era desprenderme de la enmarañada telaraña que me aprisionaba al pasado, pensar en mí, dedicarme a mí.
Lo encuentro. Las aguas parecían serenarse, pero...,
creí que el vendaval ya había pasado. ¿Qué más podía sucederme? Mis hijos, desaparecidos, yo comenzaba a reconstruir mi vida familiar, con cincuenta años cumplidos, un nuevo trabajo, un proyecto de vida cuyo eje central era estar lo más cerca posible de mis afectos familiares y ser un buen ejemplo para ellos. Sabía que en la Argentina pasaban cosas terribles. No me hacía el otario La dictadura apretaba. Todos los días algún conocido, amigo, o pariente, era secuestrado y desaparecía. El nivel de perversión, de atrocidades, de locuras y el sadismo de los militares no tenían límites. La lucha interna entre las distintas fuerzas era evidente. El trastornado miembro de la Junta Militar, almirante Emilio Massera, el Comandante Cero - él también con nombre de guerra- había dicho con cínica vileza: “El heroísmo es sólo una forma de la generosidad”. Tomaré cierta distancia de semejantes delirios. Acomodaré mis rollos, si fuera posible. Mi vendaval, suponía, ya había pasado. Reconstruir mi vida, escribir en mis cuadernos con ánimo positivo, disfrutar de la naturaleza, de la proximidad de los chicos, de mis nietos. Construir una fórmula para mi salvación personal. Mis responsabilidades ya no eran tantas. Mis nietos estaban con sus abuelos,  se ocupaban de ellos con amor.
Recordé estas palabras del viejo, su mueca de dolor,
el terror me siguió golpeando, ¡Secuestraron a Augusto! Ayer lo chuparon a Augusto. Anoche me llamó Carla. Había estado tratando de comunicarse conmigo desde las primeras horas de la tarde. Oí su voz perturbada: ¡Por fin te encuentro! ¡Venite por favor enseguida! ¡Lo secuestraron a Augusto! ¡Otra vez!, maldije. ¡Otra vez se llevan a un padre de Toti! Fui de inmediato. Me contó que un grupo armado entró en su carpintería sacándolo con las manos esposadas a la espalda, metiéndolo en un furgón identificado como de ENTEL. El suceso estaría vinculado, suponía Carla, a la relación  de Augusto con su amigo Cacho. Augusto me había hablado de él, iban a una quinta en La Reja, a veces con Toti. Acompañé a Carla hasta muy tarde. Indagamos en la comisaría, gestión para mí inútil, pero conveniente para movilizar a la deprimida Carla, para romper la inercia en que se había hundido ante la impotencia de enfrentar semejantes circunstancias. Toda la noche tuve presente a Toti, tan ligado a Augusto, a quien llama “papá”. Matilde y yo pensábamos que no era conveniente ese trato ficticio. Pero nunca lo dije. Disfrutaba con la carita de Toti cuando llamaba a sus abuelos: “¡mamá!”, “¡papá!”.
(30 de mayo de 1978)

Al anotar la fecha advierto con sorpresa una nueva y extraña coincidencia: hace hoy exactamente un año secuestraron a José y a Electra. Hoy, además, cumple años José. ¿Qué hay detrás de estas coincidencias? ¿Casualidad? No lo creo. Los fantasmas rondan infatigables su danza macabra.
Es sorprendente. Es inexplicable. Un 30 de mayo de 1954 nace José. El 30 de mayo de 1976 desaparece. Y este 30 de mayo de 1978 secuestran a Augusto. ¿Podré descifrar este intríngulis antes de escribir la versión final de mi libro?
Los meses siguientes los cuadernos reposaron. Pocos registros, la mayoría son emociones, encuentros con hijos y nietos, y su acompañar a Carla buscando información sobre Augusto. Va casi todas las noches, al salir de su trabajo, para estar con ella y con Toti; compensa de alguna manera la ausencia en el hogar de su nuevo padre. También recorre con Carla el mismo vía crucis padecido con la desaparición de sus hijos: comisarías, cuarteles, juzgados, organismos eclesiásticos y gubernamentales, conocidos que decían saber algo, propuestas de información por dinero. Sufre idéntica sensación de inutilidad enfrentada a la convicción de que algo había que hacer. Tenés que moverte, le aconsejaban. Hay esporádicas reflexiones,
pienso que podré estar alegre algunas veces. Pero ya nunca más seré feliz. Se lo dije anoche a Carla.
Al cumplirse dos años de la desaparición de Martín, anota:
Ayer se cumplieron dos años del secuestro de Martincito. Hace pocos días una fuente militare me confirmó que fue muerto. Yo sé que pasará tiempo, mucho tiempo. Pero algún día su presencia emergerá de la anónima tierra en que yace para inscribirse en la piedra con dimensión de héroe.
(27 de Julio de 1978)

Fue una verdadera premonición. Poco después su nombre fue inscripto en un muro de Holanda. Y figura en el monumento que recuerda a los desaparecidos en Buenos Aires, frente al Río de la Plata. Hoy, en las principales ciudades del mundo, algún bronce menciona su nombre, junto al de sus hermanos.
1978 comienza a decir adiós. Papá hace un balance,
se ha cumplido un año desde mi regreso de Brasil. Fue importante, pues con mi presencia restablecí y consolidé mi relación con Mara, Juan y Fabián. Estuve lo más cerca posible de ellos, y de mis nietos. Un largo período sin nuevas relación íntimas y estables. ¡Corro tras  los afectos como un desesperado! Los chicos, en el Tigre; Toti, en Colegiales, tres veces por semana desde que secuestraron al abuelo Augusto; Tamara, en Palermo. Me he preguntado más de una vez si a la edad del reposo y de recibir afectos, es razonable correr enloquecido para entregarlos. No, no es lógico. ¿Pero qué lógica hay en toda mi vida? Sarna con gusto no pica, dicen... la inflación carcome mis ingresos... Se me hace difícil mantener el actual ritmo de vida; veo la casa y el jardín de la quinta del Tigre en acelerado deterioro. Lo que gano no alcanza para nada... Sigo con la ilusión de que mis queridos hijos Valeria y José estén vivos. Sé que es poca la esperanza que puedo tener. Sin embargo, para mí, vivirán hasta que no me confirmen lo contrario. Deseo apartarme de las exigencias del dinero, vivir con modestia, más cerca de la gente humilde, de las pequeñas cosas que enriquecen la existencia, apreciando el inmenso valor de las que cuestan poco. Leer un libro bajo un árbol; una hora con Toti, en la calesita; el diálogo con mis hijos a la hora del desayuno, aunque casi nunca desayune con ellos; ir al cine aferrado a una mano; oír viejos tangos; un partido de ajedrez jugado con un amigo; un asadito en un jardín; una buena botella de vino tinto.
(30 de octubre de 1978)

Subraya esta frase,
Yo, por un amigo, bandera verde con Dios”.
                                   Enrique Santos Discépolo

Sé quien fue Discépolo, Discepolín, con su talento enorme y su nariz, citaba Papá. Él me infundió su pasión tanguera. Pero no entendí el significado de bandera verde, una alegoría del poeta, sin duda. Federico me ilustró: en las carreras de caballos izan una bandera verde hasta definir un final cabeza a cabeza. Mi viejo fue burrero, justificó.
Siempre pienso en el ejemplo y las enseñanzas de mis hijos. Mostraron el otro camino de esta vida, opuesto al materialismo del dinero, a la codicia, al egoísmo. Valoro cada vez más la hermosura de los buenos sentimientos, la aproximación al hombre, las pequeñas cosas que se disfrutan todos los días con personas que uno quiere. La paz del espíritu nutrida con meditaciones y lecturas. La naturaleza poblada de hermosuras, de músicas, de cantos, de colores, de sabores y de perfumes difundidos por todas partes. Señalan nuestra ruta y nos brindan el único placer que no se sacia al disfrutarlo.
(13 de noviembre de 1978)

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