1979. Su ilusión de los últimos días del año anterior fue comenzar una nueva vida. Dos meses después, la misma vida continuaba. Se repite el episodio de los documentos. El 1° de marzo de 1978 aparecen los documentos de Martín. El 2 de febrero de éste, los de José. Qué extraña locura. Desaparición de hijos, aparición de documentos. ¿Casualidades? ¿Tétrico manejo del terror? ¿Sadismo? ¿O será otra forma de mantener la esperanza para sosegar a los familiares?
Me avisa Mara que una persona entregó en la quinta del Tigre los documentos de José. ¡Dios mío! Se repite lo que pasó con Martín el 1° de marzo del año pasado. ¿Qué es ésto? Reflexionaré. Volveré sobre el tema.
(2 de febrero de 1979)
Varias veces he mencionado las simetrías cronológicas producidas en torno a la historia del secuestro de mis hijos. Saco la cuenta de que los documentos de Martincito aparecieron un año y siete meses después de su secuestro. Ahora los documentos de José aparecen ¡un año y siete meses después de su desaparición!
(3 de febrero de 1979, dos de la madrugada)
La entrega de los documentos perdidos por José es aún más extraña. Los de Martín quedaron en un tren, extraviados dos o tres meses antes del secuestro, según Matilde. Pero José los había perdido ¡casi cinco años antes!,
los documentos de José aparecieron cinco años después de perderlos, cuando salió a las disparadas advertido por los vecinos de que la Triple A había allanado su casa. Los entregaron en la quinta de Tigre, afirmando que fueron encontrados hace varios años en la Avenida Provincias Unidas, por la que corrió José. Quien los llevó justifica no haberlos devuelto antes por haber regresado recién del sur argentino, donde vivió mucho tiempo. Para no creer.
(2 de marzo de 1979)
No hay otro comentario de Papá. Algo fui aprendiendo a lo largo de mis lecturas. Descreo de que alguien ausente cinco años conserve documentos encontrados en la calle antes de partir y los devuelva al regresar. Me inclino a pensar que eran operaciones de los servicios de inteligencia. En aquella oportunidad, José se salvo por un pelo. Subió a un colectivo en marcha mientras los tiros le zumbaban en los oídos. Recogieron los documentos perdidos, estuvieron muy cerca ¡Cinco años después, los devuelven!
Papá evoca recuerdos, anota vivencias, remezones de un pasado que no terminaba de pasar. Ahora, vivía la expectativa de mejores tiempos. En una playa brasileña, pasa unos días de descanso, llena varias páginas de sus cuadernos, ya menos frecuentados. Escribe,
esta mañana, como tantas otras en otras partes del mundo, tomo un desayuno en la veranda del hotel. Tengo la visión de un mar extenso y de la playa catarinense, blanca y desierta, enmarcada por morros moteados por distintos verdes. En un punto lejano del horizonte, pequeñas islas emergen a lo largo de la costa, cerca de la playa. Es un día de cielo y sol. Ondas largas llegan a la orilla con un sonido monótono, como un respirar arrojado por los últimos alientos del temporal que hace dos días abatió estas costas. Muy pocas veces he llegado a estos cuadernos en un estado de plena serenidad y plenitud, como hoy. Mi vida cambió, como pronosticó Fabián, desde la liberación de Augusto. No solamente por lo que significa su presencia para Toti, sino por las noticias que trajo sobre la sobrevivencia de mis hijos en el cautiverio. He tratado una vez más de obtener alguna confirmación a través de mis habituales contactos, pero nada. Como siempre, el más absoluto hermetismo. Las noticias que obtuve en Estocolmo, y ahora las de Augusto, sumadas al hecho de que los militares, a diferencia del caso de Martín, no me dicen nada negativo, alientan mis esperanzas de poder reencontrarlos con vida. En mayo viene una delegación de la Organización de Estados Americanos para informarse sobre la situación de los derechos humanos en la Argentina. Espero que se aclaren algunas situaciones. También es probable que a través de la gestión de la OEA pueda obtener alguna información. Pero estoy comenzando a pensar que si nada trasciende, si nada se dice ahora, cuando parta la Comisión ya no tendremos más esperanzas de despejar ninguna incógnita. Ésta es la última oportunidad para que nos digan algo. He incluido el nombre de mis hijos en la lista que prepara la Asamblea Argentina por los Derechos Humanos, contra muchas sugerencias de no hacerlo, para no perjudicar el trato y hasta su propia vida, si vivieran. Haré todos los contactos, gestiones y trámites que estén a mi alcance para exponer mi problema, directa y personalmente ante los miembros de la OEA.
(Itapirubá. 2 de marzo de 1979)
Avanza el año. Ni sobresaltos, ni buenas nuevas.
¡Ah, mis hijos, mis hijos! Mis hijos perdidos en su lucha...! Esperando el mármol. No el de la estatua, sino el austero mármol que reconozca sobre sus tumbas: “Aquí están sus cuerpos, no se olvide. Sus ideales serán banderas de rebeldía”.
he pasado una plácida Nochebuena con mi familia en la quinta de Tigre. Por primera vez en muchos años comimos SOLOS en una víspera de Navidad. El valor que para mí tiene el estar SOLOS, en familia, nunca fue respetado por Analía. Siempre pululaban alrededor faranduleros personajes que emergían de entre las plantas e invadían nuestra casa, hasta en las reuniones más íntimas. Por primera vez en muchos años la Nochebuena fue una buena noche. Mis otros hijos me acompañan, aunque no están. Y si digo: estoy feliz, es a pesar de. Y si digo: estoy alegre, es a pesar de. Y si digo: he pasado una buena noche, es a pesar de.
(25 de diciembre de 1979)
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