jueves, 22 de agosto de 2013

CAPÍTULO LIV - EL REGRESO


Lo que sigue en los cuadernos se aparta del eje central de mi proyecto. Recorre el camino que me reencuentra con madre. Los cierro en la frontera del ingreso de Papá al capítulo final de su vida. En este último tramo no necesitó escribir un nuevo “Cuaderno para ser feliz”. Terminé el trabajo que me había propuesto hacer con la memoria de Papá, la que él no quería que se llevara el viento del olvido. Me queda volver a navegar memorando el crucero en las etapas de regreso hasta llegar al punto de partida. Yo te lleve, pues te traje, fuiste noble compañera de viaje, recitó Papá mientras preparábamos el barco para retornar a San Isidro.
Estos versos de Amado Nervo son de Serenidad, un libro cuyo título se contradice con mi vida: Yo, nunca fui sereno. Hoy, recitarlos aplicados a mis propias circunstancias, haciéndote la destinataria de los mismos, justifica el recuerdo. A la vejez, viruela; con mis años, prendiéndome a fantasías mágicas que siempre aborrecí. Cambia, todo cambia. Yo también. El puerto está abierto; me dicen que no esperan vientos superiores a fuerza siete. Un pamperito pasará y nos complicará un poco. Zarparemos, si la Prefectura uruguaya no nos cierra el puerto.
La medianoche es el mejor momento. La virazón garantizaba un viento norte constante, asegurando una navegación descansada y a rumbo. Papá insistió en evitar demoras. Saldremos después de una liviana cena en el Club del Buceo, descansaremos un par de horas en la amarra y.... ¡de vuelta al pago! Comimos unas brótolas a la manteca negra con alcaparras y hojas enteras de lechuga con aceite de oliva. Me sorprendió que Papá no tomara vino. Le pregunté la razón. Me adormece y pierdo lucidez para afrontar imprevistos en el mar, sobre todo navegando cerca de la costa, justificó. Algo que no hizo en todo este crucero.
Su principal preocupación era la presión tan baja de la atmósfera. El barómetro está clavado en 1000 hectopascales. Algo se viene. En la pantalla de la mesa de navegación estudiaba minuciosamente la información. Yo, mientras tanto, preparaba sándwiches. Hay un frente, se ve con claridad. Parece grosso, aunque los pronósticos solo informan vientos regulares del norte.
-Eso apunta a un pampero seguro.
-Sí. Pero no está anunciado. Tampoco han cerrado el puerto, lo primero que hacen los uruguayos.
-Lancé una opinión, interrogando: ¿Nos vamos a arriesgar?
-Hasta que no vea claro no me largo. Te propongo que nos acostemos temprano. Quizá le demos paso al pampero, y por unas horas enfrentemos un oeste-sudoeste decreciente. Tendrás la experiencia de tirar bordes con vientos de proa. Verás cómo se agiganta el Huayra en esas condiciones. Cuando corríamos regatas lo llamaban Tractor Amarillo. En esas condiciones, casi siempre ganábamos.
Por fin partimos pasada la medianoche, calma, oscura, estrellada. Papá decidió zarpar antes de que cerraran el puerto. Pudimos dormir unas horas. Quiso timonear hasta sortear los bajos que rodean la salida de Buceo.
Las piedras peligrosas son las de babor; a estribor la Buen Viajeestá bien señalada y queda más alejada. Antes, cuando los compases tenían desvíos de hasta treinta grados, había un recurso que no fallaba: saliendo de Buceo, enfilar los dos destellos de la Isla de Flores a proa con las tres luces del cerro de Montevideo a popa, te aseguraban un curso de aguas seguras, con amplio respeto de cualquier peligro.
Después permaneció en silencio y atento. Comencé a confirmar algo que venía sospechando desde que descubrí que poco a poco me enseñaba cómo proceder para navegar en solitario si, por algún azar del destino, quedara como única tripulante. En la primera singladura, prender el motor y arriar las velas. En la segunda, comunicarme por radio con las estaciones costeras. Después, la importancia de navegar a motor en ciertas condiciones de emergencia, evitando que los cabos cayeran al agua y se enredaran en la hélice. Otro día aprendí que en caso de temporal la peor decisión era buscar protección cerca de la costa, jamás tratar de entrar a puerto. Bancátelas afuera y usá el motor para mantenerte apartada de la orilla. Ahora me da nuevas indicaciones: Si tuviéramos que desandar camino y entrar a Piriápolis es preferible fondear cerca de la playa y de la escollera, y esperar la ayuda que te darán por radio. La alternativa es seguir hasta Punta de Este. No entres de noche en Piriápolis.
Le digo:
-Viejo, ¿que estás pensando? ¿No poder avanzar hacia Buenos Aires por fuertes vientos contrarios? ¿Además, caerte al agua?
-Esto último va ser difícil, nunca me pasó. Pero hay que tener presente que si a bordo no hay más que dos, puede quedar solo uno. Con respecto a los vientos fuertes de proa... ¿Chi lo sa? Que nos atrape un pampero es más que probable.
Para cambiar de tema le pedí un turno para timonear y aprovechar la larga noche para continuar conversando sobre su vida.
-Vamos a ver. Te dejaré timonear; contar mis historias y disfrutar la noche es incompatible.
La impaciente curiosidad me impidió ver la muchísima razón que tenía Papá. Además, tomé conciencia de cuánto le costaba hablar esos temas. Pero al mismo tiempo reiteraba su claro deseo de evitar la pérdida de sus recuerdos en la insondable eternidad. Me contaba, cuando se inspiraba, lo que podía y quería; insistía en respaldar sus relatos con sus “Cuadernos para ser feliz”. Ironías del destino.
Antes de cenar en el Club, investigué por Internet la información meteorológica. Papá esquivaba la computadora, para él era perder el tiempo. Confiaba en los pronósticos uruguayos. Según él no había mejor boletín que el de Radio Sodre de Montevideo. No le iba a discutir al viejo, pero yo me quedo con “www.windguru.cz.” Anunciaban para esta zona vientos muy fuertes, con rachas de cincuenta nudos. Papá le restó importancia.
Escuchar todas las campanas enloquece. Saldremos. Esperamos casi dos días al divino botón. Si pasara algo, será poco. Es la última experiencia que nos queda, te aseguro que la vamos a disfrutar. Los vientos serán de proa, nos apartaremos de la costa. El pampero llega cansado al río, después de cruzar nuestra pampa. Las ciudades costeras lo van frenando, pero cuando alcanza la llanura del agua cobra nuevos bríos. Mejor será acercarse al lado argentino, cuanto más cerca estemos, mejor. Tendremos aguas libres hasta la costa uruguaya para correrlo filando escotas. Cinco horas, ocho horas, tiempo más que razonable para que el viento diga basta. Insisto, navegar no es una ciencia exacta. Si el pampero surgiera de improviso, sorprendiéndonos cerca de la costa uruguaya, se complicarían las cosas. Nos quedaría el recurso de correrlo de popa hasta que afloje. Desandando camino. No va a durar dos días. Así y todo, en dos días llegaríamos a La Paloma. Lindo puerto para un resuello.
Yo lo escuchaba azorada. Confieso que le entendía la mitad de lo que trataba de explicarme. Aún hoy, al escribirlo lo hago como al dictado de su voz en mi oído, utilizando términos familiares durante esos días de navegación, jamás escuchados antes. Menos los oiré en el futuro. Tuve la impresión de que algo terriblemente riesgoso podríamos vivir dentro de muy poco tiempo. Papá hablaba con entusiasmo. Como tratando de convencerme de lo bueno que sería compartir esa aventura, anunciándola con fervor. Creo que el viejo quería vivirla. Le faltaba contar algo más. Imaginé una picardía. Cuando él le pedía a la muerte, que tarde en llegar y proceda rápido, expresaba el espanto de morir en la cama. Nunca me lo dijo, señal de que lo pensaba muy en serio. No me habló jamás sobre cómo quería morir, pero siempre bromeaba con la muerte. Una vez me habló en serio,
acordate, quiero que echen mis cenizas en este río y si no pueden superar el maldito hábito de enterrar a los muertos, entiérrenme en un cementerio con vista al mar.
-¿Un cementerio marino?
-Como el del poema de Paul Valéry.
-Tendré que leerlo.
Llegaremos con lo justo para complacer a tu madre, el once despertaré en su cama cumpliendo un año más.
Todo seguía igual. El cielo claro, sin una nube. El mar calmo, sin viento. Padecíamos un calor húmedo, insoportable. El barómetro, clavado en 998 hectopascales. Había un borde gris en el horizonte, entre el verdoso ríomar y el celeste que comenzaba a teñir el cielo. A motor y a marcha reducida, ordenó Papá, tenemos combustible para cuarenta horas, suficientes para llegar a destino, salvo que la marea baje sin respetar las tablas. Divisamos el faro de la Islade Flores. El viejo me dió las últimas instrucciones:
seguí en este rumbo a motor a cinco nudos, una hora, después caé  200 y seguilo dos horas, cruzarás unas boyas que son las del canal argentino, ojo con los cargueros, cualquier cosa avisame, cumplida tu guardia de cuatro horas, avisame. Yo me quedo aquí haciéndote compañía.
En algún momento en que mi éxtasis me impidió advertirlo entró a la cabina. Dormía. Querrá estar bien descansado, por si se complica la navegación. El posible pampero debíamos recibirlo bien alejados de la costa. Flores se alejaría hasta desaparecer. Cumplí al pie de la letra la indicación de no caer a babor las seis horas que timoneé. Muy cerca andaba el Banco Inglés, merecedor de todos los respetos a pesar de ser inglés, bromeaba Papá. Mi turno estaba sobre cumplido, dos horas más que las programadas. Lo dejé dormir. Crucé Montevideo, una zona riesgosa, con barcos hundidos, el canal de acceso con permanente tráfico, pesqueros irrespetuosos, algún velero sin luces de navegación, para ahorrar energía, el canal argentino sin problemas. Soplaba un suave viento del norte cuando decidí despertarlo. ¿Dormiría? Alteré la rutina de los ruidos. Aproveché la brisa y desplegué la genoa. Yo sabía que aún durmiendo el viejo controlaba. ¡Qué pasa, qué pasa!, saltó, ¿empezó el quilombo? En un segundo apareció por la escotilla.
-Tranquilo, Papá, desenrollé la vela de proa para aprovechar un vientito del norte. Y para despertarte con un sonido que te gustaría. Ya es tu turno.
-Según mi reloj, te entusiasmaste.
-De estas madrugadas habrás pasado centenares, para mí fue la primera experiencia. No estuve sola. Me acompañaron las gaviotas y se acercaron delfines.
-Anduviste muy bien. Desde mi conejera, cuando abro un ojo, controlo la pantalla; comprobé que seguías el rumbo como una veterana. Tomo una sopita bien caliente, me pongo el traje de agua, abrigo...
Interrumpo:
-La mañana se presenta cálida y pesada.
-Siempre hace frío cerca de Montevideo, no lo olvides. Si no ahora, hará cuando el viento rote al sudoeste. Siempre fui precavido, más hoy con menos fuerza y trabado en mis movimientos. Ponerme el traje de agua es una proeza. Además, hijita, un enfriamiento a esta altura de mi pulseada con la Parca puede resultar fatal. Ya subo, busco las linternas, un termo con café, el chip con “Todo Vivaldi” y te relevo. Y vos... a la cucha. Tenemos que estar bien descansados. Alimentate, tomá algo caliente y abrigate. Haceme caso, hijita, o saco la Magnum.
En la bolsa de dormir, cumplidas las instrucciones del capi, me dije, ¡qué bueno!, nunca me había llamado hijita. Y me dormí. 
Desperté cuando sentí unos golpes en cubierta. Después, la voz de Papá. ¡Arriba! ¡Arriba! ¡Urgente!      

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