miércoles, 28 de agosto de 2013

CAPÍTULO XLVIII - POR LA VUELTA

El año 78 finaliza con nuevos sobresaltos. Esta vez fue un estallido de alegría. En los últimos años el teléfono había sido un funesto artefacto trasmisor de las peores noticias. Está bien que sea negro, el color de la muerte. Cuando suena, tiemblo, ironizaba mi padre. Sonó a medianoche, como en otras oportunidades. Papá dormía. En el departamento estaban Juan y Fabián. Era el viernes 23 de diciembre de 1978.
-Hola, ¿quién habla?
-Hablo de parte de Carla.
-¡Qué pasa, por Dios!¡¡Qué pasa ahora!
Escuchó una buena noticia, inesperada.
-Me avisan que Augusto llegó a su casa,
estuvo desaparecido más de siete meses. Mi alegría fue indescriptible. La voz agrega: Tiene novedades de Electra y de José, y también de Valeria: ¡Están vivos! Estallo en un llanto de alegría, me ahogo de emoción. ¿Sueño? ¿Estoy soñando? La voz agrega: Augusto, Carla, Toti y yo, salimos ya para tu casa. Habla Rober, amigo de la familia. Después de tantos años de tristezas, ¡qué alegría! Despierto a los chicos, les doy la noticia y nos unimos en un abrazo. Durante varios minutos, sin pronunciar una palabra, sólo sentimos el calor y el palpitar de nuestros cuerpos. Cuando llegaron, ¡qué manera de abrazarnos y besarnos! Hasta bien entrada la mañana escuchamos los relatos de Augusto. Nos contó la siniestra experiencia en el pozo, un lugar llamado “El Olimpo”, sarcasmo macabro de los represores. Pero tuvimos también la alegría de saber que José, Electra y Valeria estaban vivos, según informaron los cancerberos de Augusto. Al escucharlo, Fabián, de apenas once años, exclama: ¡Es otra vida, Papá! Nada más exacto, nada más preciso. Otra vida comienza.
(25 de diciembre de1978)

Así, con una esperanza plena de incertidumbres, se va el año. Esperanza, por la vida de sus hijos. Incertidumbre, sobre su liberación. Desconfianza, por una información dada por gente de la peor catadura moral, asesinos, torturadores, villanos de mala calaña, cuyas palabras valían menos que sus salarios del miedo. Según Papá, no estaban al servicio de la verdad; cumplían viles propósitos. Acerca de este episodio, me confesó,
desde el primer momento me pareció que tanto el secuestro de Augusto como la información que trajo del pozo, eran parte de un plan de inteligencia de las fuerzas armadas para frenar denuncias de familiares en la próxima visita de la Comisión de Derechos Humanos de la OEA. Algo así como: “Están vivos, no hablen”. Además encubría una velada amenaza: “Si hablan, los matamos”. Otro sórdido manejo de la esperanza para contener las denuncias. Un plan siniestro más, un satánico manipuleo. En una mano, la esperanza; en la otra, el terror.

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