Debería cerrar ya estos cuadernos. Lo que resta, escapa al objetivo central de mi trabajo. Ahora pegaré un salto de diez años para llegar a esta recordación ineludible, registrada el 20 de Julio de 1990, días después de la muere de Matilde, a los cincuenta y siete años.
Muerte de Matilde
En más de un año nada mereció que me acordara de este cuaderno; mi vida transcurría sin mayores sobresaltos. El 14 de Julio, recibo un llamado de Clarisa Saslavski para avisarme que Matilde ha muerto. ¡La vida breve de Matilde!, mi primera compañera, la madre de Valeria, José y Martín. No fue sorpresiva, sabía que era maligno el tumor que le habían extirpado de un pulmón. La última vez que la vi, hará unos diez días, me convencí de que le quedaba poca vida. ¡Pobre Matilde, cuántas desdichas! Hija única, sufrió desde los nueve años la separación de sus padres y padeció los rigores de una madre obsesiva y dominante, la bruja más bruja que conocí. Matilde no fue feliz conmigo, ni yo con ella. En el plano intelectual nos entendíamos, pero nunca hubo otro tipo de comunicación. Tuvimos tres hijos, es cierto, y parecíamos una hermosa familia feliz. Yo volqué mis energías a la actividad política y ella, al teatro. Nuestras soledades buscaron compensarse y decidí separarme. Quedaron con la madre mis dulces, queridos hijos desaparecidos. De esa familia, hoy solo queda el recuerdo. Separado, me convertí en un ermitaño, más bien en un “lobo estepario”. No encontré reposo hasta que formé una nueva pareja. La amé poco tiempo a Matilde. Sufrí la separación tanto, que aún recuerdo el día en que me asomé al ventanal del décimo piso de mi escritorio, y sentí un extraño vértigo, el primero de mi vida. La tragedia de mis hijos me hizo olvidar rencores y fui solidario, compartí con mucha pena el dolor de Matilde, sin acabar de entender nunca todos los por qué de nuestra historia. Cuando ese frío domingo 15 de Julio, su cuerpo fue enterrado en la fosa de la Chacarita , y sólo quedó ese montoncito de tierra con pocas flores dispersas, bajo el sepulcro de tierra vi su cuerpo rígido, su rostro cadavérico, sus ojos yertos mirándome fríamente, vi en su boca un rictus de dolor y su cabeza moviéndose como diciéndome sí. Desfilaron escenas de nuestra vida en común, cuando ella pasaba a buscarme por el Comité Radical o cuando yo la encontraba en Nuevo Teatro; la vi en la cama del sanatorio con la pequeña Valeria en sus brazos; o con su pollera escocesa cuando íbamos al club; o tocando la guitarra y cantando “Hace un año que yo tuve una ilusión....” La vi dura, como de piedra, con su pañuelo blanco desfilando en la Plaza de Mayo, pidiendo la aparición con vida de nuestros hijos; la vi en París, serena y dolorida, gestionando en las democracias europeas apoyo para el respeto de los derechos humanos; recordé su voz llamándome a San Pablo, diciéndome: “se llevaron a Martín”; y el segundo llamado, un año después, reclamando “Venite, algo pasa con Valeria”. Matilde... le trasmití con el pensamiento, merecía que nos hubiésemos amado siempre. Corté esas imágenes y pateando el suelo lloré, lloré, lloré. Del brazo de mi mujer salimos caminando entre los altos cipreses que señalaban el cielo.
(20 de julio de 1990)
Encontré junto a estas líneas una carta de Matilde que complementa las anotaciones de Papá. En un primer momento la descarté, porque prevalecían conflictos habituales en matrimonios separados. Me resultaba extemporánea, justo en el momento en que los vínculos se fortalecían por la necesidad de enfrentar padecimientos comunes. La carta la disparó un malentendido originado en un reportaje a Matilde, incluido en un libro que le regaló a Papá cuando pasó por París, antes de viajar a Suecia para encontrarse con Ana. No encontré nada sustancial que aportara al núcleo de esta historia. Pero después me decidí a incluirla porque Federico me convenció de que la carta mostraba elocuentes circunstancias hogareñas que, para él, marcaron la formación de esos hijos. Por ejemplo, aclaró, cuando escribió: “Vos habías rehecho tu vida y vivías en otro mundo”. Ella era periodista, trabajaba en una revista y su nivel de vida sería el correspondiente. Tu Papá, si bien pasaba una cuota para el alimento de sus hijos, era funcionario de una empresa importante y su nivel de vida sería muy superior, supongo. A eso me refiero, concluyó.
Dice Matilde en sus partes sustanciales:
“París, 2 de enero de 1980
Querido Rafa:
Son las 7.30 y acabo de llegar a casa derrengada de comprarles cosas a los chiquitos para que vos se las lleves. Me dice Beto que hablaste muy disgustado por declaraciones mías leídas en el libro que te di. Realmente me apena mucho que hayas reaccionado de esa manera. Si yo hubiese respondido a ese reportaje de mala fe, ni se me hubiera ocurrido ofrecértelo. Creo que he sido objetiva con lo que cuento. A esta altura no hay en mí rencores ni malicias. La bronca la guardo para aquellos que me hicieron el mal irreparable.... Vos habías rehecho tu vida y vivías en otro mundo. No podés negar eso. No creo culparte en ningún momento de que las cosas fueran así y no de otra manera. Simplemente cuento cómo eran, remover todo esto me parece tonto. Creo que el libro te angustió mucho (y lo comprendo perfectamente) por otras razones. Allí está todo de un golpe y contada en pocas páginas toda nuestra tragedia. Nuestra tragedia, en ningún momento he pensado que estuvieras mínimamente excluido de ella, es la ausencia seguramente definitiva de esos tres chicos, y de los tres compañeros que para mí eran casi tan queridos como ellos. Quizás la otra parte, la anecdótica, la de nuestra vida diaria, te haya chocado... quizás descubriste en ella cosas que no viviste. Pero eso también es natural. Tenías otra casa, otros hijos y otra vida. De todas las personas que han leído ese libro, te conozcan o no, nadie se ha llevado una impresión falsa de vos...Han pasado cosas tan terribles que me parece absurdo estar aclarando cosas que pertenecen a una historia que fue así por errores y sufrimientos tuyos, míos y de toda una generación que no supo cómo atajarse de la historia. En ese reportaje quise, de la mejor manera posible, explicar cuál era la vida de mis hijos, cuales sus contradicciones, en qué ambientes se movían. Ellos siempre decían: “en casa de mamá es una cosa, en casa de papá otra”.... ¿Y por qué negar eso, si es cierto?.... Pero insisto que no es el momento de buscar culpas, ni de echárselas a nadie. Creo que los dos tenemos mucho por hacer por delante. Vos tenés tres hermosos hijos a quienes podés cuidar y guiar y mirar. Y ambos tenemos dos nietitos por los que trataremos de hacer lo mejor en este mundo. Y otro que tendríamos que buscar. (Ay! Qué tristeza me da esto!)”
Matilde siempre sostuvo que Valeria estaba embarazada cuando la secuestraron.
Papá, al principio tuvo sus dudas. Después, con el relato que escuchó en Sevilla y otras conversaciones posteriores con Abuelas de Plaza de Mayo y sus nietos ya mayores, su opinión cambió: era posible que Valeria hubiera sido madre por segunda vez en Campo de Mayo. Supe que Papá, así como sus familiares, dejaron más de una vez muestras de sangre para confrontar con otros ADN. Si nació, no fue restituida.
Continúo con la carta:
“Querido Rafa. Hemos sufrido y sufrimos demasiado. No lo hagamos peor con detalles que no son lo importante. Te vuelvo a decir que lamento profundamente tu disgusto. Que espero que reflexiones y veas que la cosa no es importante y te des cuenta de que la angustia es mucho más profunda y por cosas mucho más terribles...Me angustia mucho esta capacidad de dañar a alguien sin haber tenido la menor intención de hacerlo.... Si volvés a leer detenidamente el libro, creo que está bien claro allí de que no te hago responsable de nada. Separo nuestras vidas porque de hecho estaban separadas. No te doy todas estas explicaciones para disculparme, insisto en que estoy segura de haber hablado honestamente. Lo que pasa es que me da pena de que te sientas tan mal. Lamento todo este malentendido. Espero que me llames cuando llegues al hotel. Aunque sea tarde, tengo el teléfono al lado de la cama y siempre estoy más lúcida por la noche que por la mañana. Un abrazo grande a todos los de allí y espero, por los hijos ausentes, por los nietitos, que podamos reanudar un diálogo que después de tantas cosas y tiempos había conseguido ser cordial y hasta cariñoso...
Por favor informame sobre qué le dijeron a Augusto después de que pasaron las fiestas sin novedad alguna. Lo van a volver loco. Y a nosotros también. Porque aunque sea de manera inconsciente, uno alguna ilusioncita se hace. Hasta pronto. Buen viaje, buena suerte.
Matilde”
La referencia a “qué le dijeron a Augusto después de las fiestas” coincide con la esperanza que él había trasmitido cuando lo libraron de su cautiverio. Ya vimos lo que Papá sospechaba, después de una ilusión inicial. Matilde también se había esperanzado.
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