miércoles, 21 de agosto de 2013

CAPÍTULO LV - ÚLTIMA SINGLADURA I



He dejado inconclusa la última etapa del crucero. Me propuse terminarla en El Desquite, cerrando el primer bosquejo de mi libro. Cambié de idea, decidí hacerlo en Buenos Aires, culminar mi trabajo cerca de madre, con su apoyo en las dudas y su opinión profesional en algunos conflictos que quisiera esclarecer. Madre es la fuente a mi disposición más cercana a Papá y sus circunstancias. Terminaré  el libro flotando sobre el Río de la Plata, en la cabina del Huayra, adormecido en su amarra de Dársena Norte. Será el homenaje de mi despedida, antes de venderlo. En algo tenía que transar con madre. Nos quedamos con El Desquite, para preservar el “templo” y  despedimos al Huayra. Madre quebró mi última resistencia convenciéndome de no verlo languidecer en otras manos, abandonado  como un viejo en el geriátrico. La voz de Papá insiste en sus cuadernos: un barco demanda, como las mujeres, tiempo, cariño y plata. Nosotros no lo navegaremos, ni podremos ocuparnos, ni gastaremos dinero para mantenerlo. No lo navegará madre, ni su compañero, ni Federico, ni mi familia, dispersa en diversos lugares del mundo. Ni yo, heredera de la vocación náutica de Papá.
Continúo con la etapa final del crucero:
Desperté cuando oí unos golpes en cubierta y la voz de Papá pidiendo que subiera con urgencia. Medio dormida -había descansado un par de horas- me costó ponerme el polar. Tenía el cuerpo pegajoso; si desperté cansada, terminé agotada cuando completé mi atavío con el Patagonia, el traje náutico regalo de Papá, casi sin uso. Exigencias del viejo para estar en cubierta con pronóstico de pampero. Creo que a los caballeros de la Edad Media les resultaba más fácil instalarse en la armadura que a mí introducirme en el maldito traje. Lograda la proeza, salté como un mono disfrazado de la cabina al puente. Estaba calmo, el barco se bamboleaba pausadamente y la botavara golpeaba de un lado a otro. Las luces de Montevideo languidecían sobre el río. Antes de preguntarle a Papá qué pasaba -todo me parecía muy normal-, me señaló el horizonte y exclamó: ¡Mirá lo que se viene! El oeste estallaba en fuegos de artificio. Los rayos cruzaban como centellas más allá del horizonte, otros caían sobre el mar como colosales arcos voltaicos cruzando un cielo enardecido. La lejana bóveda se encendía como una inmensa lámpara.
Tenemos que alistar el barco para recibirlo. Ya enrollé la vela de proa. Tomá tres manos de rizos, como te enseñé, y afirmate el cinturón de seguridad. Si te caés  al agua, ¿quién te saca? Filá la driza y cobrá los amantes, yo te doy una mano soltando la mayor.
Creo que hice toda la maniobra en no más de tres minutos, adivinado palabras. Hubiera preferido ser espectadora de la escena, pero la disfruté como protagonista. No sentí miedo. El viejo, desde su posición, me inspiraba confianza. ¡Listo! ¿Aprendí la lección? La hiciste como un viejo lobo de mar. Ahora nos toca a los dos estar afuera. En un rato solo podremos atender al timón y a las velas. Pidió que reforzara mi abrigo. Protesté. Transpiré como en un baño turco, haciendo la maniobra. Me pareció una exageración, después supe que la indicación fue atinada.  
Ahora teníamos que esperar, el pampero llegaría en un par de horas.
Si viene seco puede durar mucho tiempo. Si viene con lluvia, el susto pasará pronto. Con las primeras luces del alba veremos corderitos avanzando desde el horizonte hacia nosotros, en estampida. Son olas que rompen cortitas y la espuma avanza como rebaño en desbande. Advierten que en dos o tres  minutos recibiremos el primer golpe de viento.
El viejo quedó callado y atento. La posibilidad de tener que soportar un pampero se me presentó de golpe,  en una visión instantánea. Creo saber lo que tengo que hacer. La primera condición es mantener una absoluta serenidad. El silencio de Papá me daba el ejemplo. En el flujo de mis recuerdos escuché su voz: Que no nos agarre cerca de Montevideo. Montevideo estaba a la vista. Con tres manos de rizos, la mayor se reduce a menos de la mitad. Puede soportar vientos de cincuenta nudos sin problema. Pero al pampero hay que correrlo. Raro, porque el pampero es el que nos corre a nosotros. Teníamos que recibirlo con la vela filada, por la aleta, casi de popa. En esta posición nos tomaría por babor, tragándonos la costa. Una vez que nos atrape es imposible virar, seguía recordando. No me animé a decirle nada al viejo. Él sabía lo que hacía. El barco continuaba bamboleándose y la botavara, aunque bien cazada, batía parches; se estremecía la jarcia y temblaba el palo. La claridad del nuevo día barría las estrellas de Este a Oeste, despidiendo nuestra larga noche. En el horizonte crecía el cigarro gris, todavía lejano. Un albatros negro revoloteaba en nuestra popa. Oí la voz de Papá: Poné el motor, vamos a derivar. Tenemos que apartarnos de la costa. No bien cambió el rumbo de 270° a 230° y filó un poco la vela mayor, colocó el timón automático. Continuó,
bajemos a la mesa de navegación, te explicaré sobre la carta dónde estamos y qué haremos si el viento llega del sudoeste. Ojalá sea un pampero clásico. Si soplara del oeste o del noroeste, se nos complicaría. Y cuando llegue, cruzá los dedos para que no cambie, que se atasque la veleta. Si se desviara más al sur o más al norte, sería peor. Así, con esta poca vela, viniendo de donde espero, filando escotas para ofrecer la menor resistencia al viento, podremos correrlo el tiempo que dure. El límite será nuestro cansancio, mientras disparamos por aguas libres. Si nos topáramos con algún obstáculo sería difícil cambiar de rumbo. Virar para tomar el viento por la otra amura podría ser fatal. El paso de la vela de una borda a la otra se haría con tal violencia que rifar el trapo sería lo de menos. No te digo nada si tuviéramos que trabuchar, te expliqué que era cambiar de amura cruzando el viento por la popa, ¿te acordás? Ahí, romper el palo sería la mínima desgracia. Es una maniobra muy violenta, Eolo se enfurece, no le gusta que le muestren el culo, cruza furioso. Se puede acostar el barco y hasta dar una vuelta campana.
Pidió que me sentara a su lado. Me mostró la posición. Estábamos a menos de treinta millas del Puerto de Buceo. Horas antes yo había reconocido el perfil del Hotel Carrasco y la luz blanca y roja de la baliza de Punta Brava. Ahí nomás estaba el famoso “emisario subfluvial”, como llaman los uruguayos al caño que descarga los desperdicios de sus vísceras (la convivencia con Papá me ha pegado su retórica). Vi con claridad cómo el temporal podría estrellarnos contra la costa. Algo había aprendido. Nos esperaban rocas, bajos e islotes entre la costa y la Islade Flores. La Islade Flores y el Banco Inglés, están distanciados entre ellos unas diez millas. Parecía oportuno virar ya. ¿No deberíamos haber virado antes? Antes, hubiéramos encallado en el Banco Inglés. Me mostró sobre la carta que nos aproximaríamos otra vez al canal argentino, ahora desde el sur, para alcanzarlo en unas tres horas. No pude prestar mayor atención. Una sensación de malestar general me lo impedía.
Si nos da tiempo, viramos tranquilos, sin cruzarlo, siempre hay barcos por allí. Esperaremos el viento por la popa, proa al Este. Podremos correrlo, desandando camino. Espero cruzar cómodo entre la isla y el banco.  
No tan cómodo, vi,
me juego, ojalá todo salga así. Hasta Piriápolis, una posibilidad de abrigo portuario, hay cuarenta millas. Seis, siete horas de sufrimiento. ¿Tanto tiempo puede durar un pampero? Ya te dije. No es frecuente. Veamos si llega, con lluvia o sin lluvia. He vivido pamperos de diez minutos y también de tres días. El de tres días me agarró en el puerto de Colonia, por suerte. Soplaron ochenta, cien kilómetros continuos, sin aflojar, varios barcos se fueron a la playa. Me pasó una sola vez, esperemos que no se repita.
Yo, crucé los dedos.
Navegamos buena parte de la mañana en calma chicha, con un río peltre que se combaba despacio, como desperezándose. Los golpeteos del barco -que la calma sacude más que un temporal- ahogaban todos los demás ruidos, salvo el ronquido profundo del motor y algún graznido de los albatros que aún planeaban a popa. Los rolidos del Huayra eran constantes y acompasados. El mástil, como un gigantesco péndulo,  como el diapasón de Neptuno, en lentos y amplios vaivenes marcaba  rítmicos y violentos compases. En cabina, mil cosas no identificables se desplazaban de un lado a otro, en la sentina, bajo las cuchetas y conejeras, en las taquillas. Por el lado de la cocina había fiesta. Algo cayó al piso y estalló con un ruido sordo. Me pareció que era un termo. Teníamos otros. Bajé para salir de la curiosidad, y para acomodar lo que corriera igual riesgo. Especialmente los termos. Sin ellos perderíamos buena parte de la poca calidad de vida que ofrece la navegación. No sólo para el mate, que no es poco, sino para sopas bien calientes en las frías noches de un temporal, como el que teníamos a las espaldas. En plena tarea, hurgando rincones en cuatro patas, comencé a tener señales de mareo. No las tuve en todo el viaje. Merecí un “¡sos de las mías!”, lanzado por Papá cuando se lo comenté, antes de zarpar para la última pierna del crucero. Dijo que tenía suerte, porque el mareo es normal cuando faltaba experiencia, con la confianza disminuye el miedo; el miedo marea, la adrenalina marea. Teorías de Papá.
Cuando se te seca la boca, es señal de que estás segregando adrenalina. Boca seca, mareo inminente. No es grave, hay que saber manejarlo y no entregarse, casi todos se marean, sobre todo en la cabina.
Terminada mi tarea, de vuelta en el cockpit, avergonzada, le comenté a Papá que tenía un sapo en la panza. Con este rolido,  hurgando rincones, hubiera sido un milagro que no te pasara. Me ofreció una barrita de cereales, lo peor era el estómago vacío. Respirá pausado y hondo y mirá a lontananza, será por última vez, si no te hacés el coco, arriesgó. El horizonte avanzaba destellando. Volvió a bajar a la mesa de navegación.
Voy a ubicarme con exactitud. Construiré la ruta que pretendo seguir corriendo el pampero que se nos viene, cuatro o cinco ‘waipoints’, el último la Isla de Lobos. A ‘Seguro’ se lo llevaron preso. Ya vuelvo.
Lo veía muy tranquilo, hacía las cosas con pausa, a mi criterio muy sobre la hora, él sabrá. El GPS se programa en la mesa de navegación y un repetidor indica afuera las posiciones. Volvió al rato con dos termos y linternas. Trajo dos Cocas y una bolsita de plástico con barritas y chocolates. El almuerzo, aclaró. Salió mirando el horizonte. Poné proa a 70 ° y apagá el motor, se viene.
Lo vi. El río lejano parecía nevado.


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