viernes, 23 de agosto de 2013

CAPÍTULO LIII - BAJAR EL MARTILLO


Me propuse cerrar mi trabajo con los últimos tramos del crucero por la côte beige. Antes, quisiera revelar como resolví el pedido de madre acerca del destino final de El Desquite.
Llamados por Federico vinieron los de “Casa Guerrero”. Sabina y Marcos habían ido a pescar pejerreyes a las lagunas de La Dulce. Era la oportunidad para consultar a entendidos, la de dar el primer paso de la postergada tarea encomendada por madre. Sin clemencia: organizar el despido de los encargados y la venta del campo y su contenido de bienes materiales y semovientes. No sé bien cómo calificar esta acción. ¿Cómo llamar a la operación de desprendernos de todo ésto? Despedir, desocupar, vender, desguazar, desarmar, desmontar, deshacer, desbaratar, destruir todo lo hecho por Papá en largos años, ¿cómo llamarlo? Madre insistía en vender. Federico me dijo que convendría hacerlo a tranquera cerrada, evitándonos la complicada tarea de rematar por separado hacienda, maquinarias, muebles y útiles de la casa. La palabra “desmantelar” me golpeaba. Busqué en el diccionario su exacta significación. Leí: “Clausurar o demoler un edificio u otro tipo de construcciones con el fin de interrumpir o impedir una actividad”. Y esta otra versión, no menos tétrica: “Desamparar o desabrigar una casa”. ¡Eso veníamos a hacer! Más claro, echale agua. ¿Cómo se haría? Los de la “Casa Guerrero” se miraron entre sí. Conversaron en voz baja, apartándose. Lo mejor es vender por lotes, dijeron. Le van a sacar más plata. Y a los de la “liga” se les complica, no saben trabajar al menudeo. Federico me explicó que los de la liga son las mafias que desplazan a compradores legítimos para adjudicarse el remate por precios irrisorios. ¿Tienen idea de cuánta plata podríamos sacar?, pregunta de Federico. Yo, mientras tanto maquinaba otra cosa. Déjennos echar una ojeada, pidieron. Recorrieron el parque, los galpones, la casa de los encargados, la casa principal. Me resistí a mostrarles el escritorio de Papá. Finalmente Federico, en un descuido, les franqueó la entrada al templo. ¡Caray!, cuánta cosa... ¿Va todo? Y, sí... hasta la fuente que está en el parque, con los angelitos bailando sobre el caparazón gigante de una ostra de mármol. Federico la señala. Los hombres cruzaron miradas. Papá la bautizó lafuente de los puttini, chismeo entre dientes a Federico. Los hombres murmuraron entre ellos, salpicando el diálogo con risotadas. Vuelven al rato y dicen: deno un tiempito pa estimar cuánto podrían sumar las bases. De ahí, pa´riba. Se sentaron en la camioneta. Deliberaron una media hora. Hacían sumas con lápiz y papel, como antes. Yo los observaba con ansiedad. ¡Qué maldita costumbre la de chupar la punta del lápiz antes de anotar! Bajaron. El más petiso, carita rechoncha, pancita embarazada, bombacha gaucha verde oliva, alpargatas, gorra vasca y pañuelo negro al cuello, dijo: serán unos... me entregó la cifra cuya razonabilidad era imposible evaluar en ese momento. De ahí p´arriba, ¿eh?, insistió. ¿Cómo se haría? Repetí con firmeza la pregunta, y escuché:
-Por rubro y por lotes: el tractor, la sembradora, la fumigadora, los dos carritos cerealeros, la balanza para pesar camiones, los dos sinfines, la máquina para embolsar en silos, las Toyotas...
-Solo la más vieja, la otra es para el encargado, no entra.
-Después armaríamos los lotes: postes, alambres, motores, herramientas, esas tranqueras viejas que están en el galpón, chapas, rollos de alambres, básculas, carretillas, bolsas, aperos. Los corrales y la manga, podrían quedar, ustedes dirán. De la casa inventariamos sillas, sillones, mesas, útiles de cocina, dos televisores, aparatos de audio, acondicionadores, un aclimatador de alimentos frescos, que tiene muy buen precio, heladeras, ventiladores, lámparas, una computadora añosa -como casi todo lo de aquí- acotó uno. Hay una máquina de escribir Olivetti Lettera -que vale como antigüedad-, volvió a acotar, faxes -otra antigüedad-, reitera el acotador, varios teléfonos, un escáner, una victrola Victor, a cuerda, que es una joya, -si se trenzan dos la pagan lo que no vale-, opinó nuevamente el petiso. Como rubro aparte se hará un listado de los cuadros: uno al óleo firmado Alvarez Forn, otro un lápiz firmado Hugo Caballero, láminas, trofeos, marcos, libros, libros, libros. ¿Cómo hacemo con los libros?, jefe.
-Con los libros lo mejor es armar lotes de veinte, dijo el de la boina. Saldrán unos treinta lotes, acotó el acotador.
Tragué saliva, pero tuve la fortaleza suficiente para contenerme. Los perros no van, señalé.
-No, claro. Esto sería todo. El remate se haría aquí, en el campo. Armamos una carpita, un entarimado, y traemos sillas plegables, el pupitre, el micrófono, los parlantes; y el martillo, de más está decirlo.
-¡Ah, el martillo...! no se lo vayan a olvidar.
-Hora buena pal remate sería a las nueve. Al mediodía terminamo. Después, asado al asador. El asado es por cuenta nuestra. El vino lo ponen ustedes.
-O sea que terminamos con una gran fiesta.
-Sí, claro. Es lo habitual. Cada golpe de martillo será un éxito. La suma de todos los golpes será el éxito final. El premio, pal bolsillo de ustedes... y para la barriga de los que apostaron.
Se van al diablo, pensé.
-Ya tendrán noticias, dije. Los acompañé hasta la camioneta “Casa Guerrero–Remates”.
-Avisen cuándo tasamo la hacienda. Con tiempo, ¿eh?, eso llevará todo un día.
Los seguí con la mirada hasta que cruzaron la tranquera.
¡Se van al carajo¡, le dije a Federico. Mudo. Bajadas de martillo me las banco para todo, menos para los libros. Vos te imaginás adjudicar al mejor postor los libros de Papá, con los subrayados hechos a lo largo de los años en lecturas y relecturas, con sus anotaciones marginales, y lo que puede haber todavía entre sus hojas: fotos, notas, cartas, mil recuerdos imposibles de separar. Estos libros irradian como una áurea de Papá: la decisión de comprarlos, ¿por qué?, ¿cuándo?, ¿dónde?; los viajes a las librerías; las charlas con el vendedor; la llegada a casa con el paquetito; el comentario con su compañera -salvo los años de soledad-; el hurgueteo de sus hijos; las horas de lectura acuñando su formación cultural. Y las manos de mis hermanos desaparecidos, ¿cuántas de estas hojas habrán dado vuelta? De todo eso que está allí, casi todo me lo olvidé, pero está allí, me dijo una vez, cuando la biblioteca todavía estaba en la casa de San Isidro. Vi “Los trabajos y los días” y “Los placeres y los días”, uno junto al otro. No fueron colocados así por azar. Construían un razonamiento. Ayer volvieron a llamar mi atención.
-La biblioteca podríamos llevarla a Buenos Aires, sugiere Federico.
-¿Dónde la pondríamos, Fede? ¿Sabés lo que me está pasando? Siento igual sufrimiento, la misma angustia, similar sensación de despojo, que el que habrán padecido los indígenas cuando los españoles desmantelaron sus templos para llevarse el oro. Desde ya te digo que despedir a los empleados que acompañaron a Papá con tanto amor, es un sacrilegio que no cometeré. ¿Me equivoco? ¿Exagero? Lo siento así.
-Tendrías que hablarlo con tu madre...
-Esta noche le mandaré un emilio, para prepararla.

*

Fecha: 2 de agosto de 2023
Para orion2@filo.uba.ar
Asunto: Desde El Desquite

Madre: Ha pasado más de un mes desde mi última carta, si bien estuvimos en contacto por el celular y charlamos de lo lindo meta videochat. La tecnología, por más que la desprecies, supera a la realidad. Al final te prendiste. Y no es para menos. Cuando conversamos en el living de casa, nos vemos las caras: yo la tuya y vos la mía. Frente al monitor, aunque solo tengamos una presencia virtual, el semblanteo es doble y simultáneo. Nos reflejamos en el mismo espejo. Podemos evaluar el efecto de nuestras palabras, en vivo y en directo, en nuestros rostros. La cara es el espejo del alma ¿no? El psicoanálisis empezó a adoptar estos medios, ¿no es cierto? Vos estás en contra, pero es así. Es una gran evolución pasar del diván freudiano al te veo-me veo simultáneo y recíproco. Yendo al grano: Perdí la cuenta del tiempo que he pasado aquí. ¿Serán tres meses? Ha hecho mucho frío y el otro día cayó nieve. Todo se puso muy triste. Te he ido contando el avance de mi trabajo. Ni te cuento las dificultades que tuve para estructurar el material narrativo. Creo tener ya una idea básica de lo que será mi libro. MEMORIA DE PAPÁ era el título elegido. Hasta hace unos días, cuando un papel me cayó del cielo mientras ordenaba cajones. Era otra hoja del mismo anotador rayado que Papá usó para sus “Notas de última voluntad...”, dejada en el mismo cajón del escritorio. No le presté entonces mayor atención. Pero hoy me entrega el título del libro y es como si Papá lo bautizara. Es una poesía de Julio César Aguilar, un reconocido poeta mejicano
   
     MAÑANA ESCUCHARÉ
     Mañana escucharé
     el eco de tus pasos
     en mi memoria,
     no para reconstruirte,
     sino para negarle al tiempo 
     su complicidad con el olvido.        

No fue puesta allí por azar, por azar la encontré. ¿Será un soplo de Papá? Sólo Dios lo sabrá. Elegí el segundo verso para el título del libro: EL ECO DE TUS PASOS. A Federico le gustó. Él me había sugerido algunos, como “historias argentinas”, así, todo en minúscula. Yo le respondí: ¡Pero es una historia mayúscula! No le gustó mi respuesta. ¿Por qué me respondés con sarcasmo?, se quejó. En realidad mi reacción fue inmerecida, ya que ese título daba en el clavo. De eso se trataba, historias de los años setenta que tanto dieron, dan y darán que hablar a pesar del medio siglo transcurrido. Yo tenía otra idea, no quería apartarme de mi objetivo central: reconstruir la memoria de Papá. De ahora en más tendré que trabajar para mejorar el estilo. El haber estudiado periodismo no me ayuda. Escribo con una fuerte tendencia a la nota, a la crónica, como si todo fuera “no ficción”. De hecho, buena parte lo es; lo medular, lo que justifica el trabajo. En la mera narrativa me pierdo. Me cuesta. Otro desafío: desvincularme del lenguaje de Papá, siempre presente, muy presente. Estos días anduvo por aquí, como pronosticó. Me ayudó a recordar sus palabras y a leer los cuadernos que son la base de mi trabajo. Tengo mucha tarea por delante. ¿Meses? ¿Años? Espero que no tanto. Pienso desafilar algunas tijeras. El bosquejo de libro es fragmentario y diverso. Conviven la tragedia y el humor. Debo andar con cuidado. Pueden caminar juntos, no del brazo.
Ya estoy en condiciones de volver a San Isidro. Federico me insiste, lo demandan sus obligaciones, aunque no me dejará sola. Me preguntarás... ¿y lo otro? Tengo que agradecerte, madre, que no me hayas presionado. Quizá percibías que era muy difícil hacer las dos cosas a la vez. Respetaste mi voluntad principal. Sobre la otra tarea, avancé lo que pude. No abrí la boca con los encargados. Quisiera hablarlo con tranquilidad contigo, cuando vuelva a casa. No es un tema urgente. ¿No es cierto? Me quedo unos días más para terminar de compaginar y guardar adecuadamente toda la documentación. Me falta escribir los últimos momentos que pasé con Papá navegando. Ya ubiqué en el texto una historia que encuadra en el realismo mágico, la última que me contó. Fue real; sucedió, me aseguró. Y le creo. Si bien parece cuento. Él chanceaba con el poder de su mente, adquirido en los años duros, que le posibilitaron una minúscula venganza y una gran satisfacción. Lo del poder mental adquirido, bla, bla, era una clara ironía. No era tipo Papá de creer en esas cosas. Te decía que me faltaría escribir la última aventura, la de la etapa final de la navegación, la última singladura, cuando nos sorprendió aquel pampero fenomenal y luchamos brazo a brazo, él aportando experiencia y yo juventud. Sumábamos fuerzas. Fue una peripecia buscada por él, estoy convencida, para morir su propia muerte, la que él quería. Aunque murió en su cama, como no quería, ahogado por la neumonía dos semanas después de nuestro arribo, conteniendo toses, disimulando fiebres. Escritas las pocas páginas que me faltan, volveremos a casita. Te extraño y te quiero.
M.

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