viernes, 30 de agosto de 2013

CAPÍTULO XLVI - FANTASMAS


Los fantasmas del pasado vuelven a visitarlo,
hoy sucedió algo muy extraño. Analía me llamó para avisarme que alguien me buscaba para entregarme unos documentos de Martín, encontrados al azar. ¡Documentos de Martín, desaparecido hace dos años! Anoté el número telefónico y la dirección y salí corriendo hasta el domicilio indicado Me entregaron varios documentos personales de Martincito: el de identidad; dos registros: uno para conducir automóviles y otro para motocicletas; un certificado de grupo sanguíneo; dos credenciales de Motorola Argentina, donde trabajó hasta el día de su secuestro; y una tarjeta personal mía, con la dirección y el teléfono comercial en Buenos Aires y al dorso los de San Pablo. El hombre me recibe en una casa de barrio, es de aspecto modesto y se presenta como empleado de General Motors. Le pregunté por qué tenía esos documentos de un hijo mío fallecido –así se lo expresé- hace casi dos años. Los encontré metidos entre asiento y respaldo de un vagón de tren, explicó. Recibo la documentación y vuelvo a casa muy alterado, preguntándome por qué dieciocho meses después del secuestro de mi hijo aparecen documentos supuestamente perdidos o abandonados en un tren. ¿Significará que el dulce, el tierno Martincito, aún podría estar vivo? Traté de no pensar, mantener la mente en blanco. Tomé un calmante, mañana será otro día.
(1 de marzo de 1978)

Papá atiende un llamado de Matilde desde París. Había recibido la carta en la que le contaba la aparición de los documentos. Martín los perdió en un tren en mayo de 1976, dos meses antes de su desaparición. No encuentran explicación para tan extraño hecho. ¡Que aparezcan un año y medio después! Papá no deposita ninguna esperanza en este hecho. Para Matilde podría ser un indicio, una señal. Me invade la niebla de la tristeza.          

*
Continúan los remezones. El 21 de marzo, diez días después, llama nuevamente Matilde desde París. Había una novedad de extrema importancia. Le pide que vaya con urgencia; también Augusto, de ser posible. Se había encontrado con una persona que estuvo con José y Electra hacía apenas seis meses, liberada de un campo de detención clandestino.
esto confirmaba que estaban con vida bastante tiempo después del secuestro. Si estaban vivos entonces, ¿por qué no ahora? Iré lo antes posible. Todavía me parece irreal, como si lo hubiera soñando.
Llegó a París diez días después. Matilde informa: “Estuve en Roma con una chica muy joven, liberada de un campo de reclusión llamado El Atlético. Un caso muy excepcional. Acompañaba al grupo de madres que fueron al Vaticano para exponer la situación de sus hijos desaparecidos, y el doloroso calvario sufrido en las búsquedas para recuperarlos con vida. Al día siguiente, en una entrevista con la televisión italiana la reencontré. Era una joven madre, con una beba de dos meses en sus brazos. Estaba allí para testimoniar su secuestro, las torturas, las condiciones infrahumanas de su cautiverio de cuatro meses. La liberaron poco antes de nacer su hijita. Nos equivocamos, le dijeron. Suponía que ser paraguaya, de tan solo dieciséis años y próxima madre, había favorecido la excepcional decisión. Se llamaba Ana. Cuando me contó su historia –era la primera vez que habíamos podido hablar con alguien salido de esas prisiones- le dije quién era yo. Tuve la inspiración de preguntarle si no habría estado allí con alguno de mis hijos. Le mencioné sus nombres y no los recordaba. ¿Algún nombre de guerra? Julián, era el de José. ¿Julián? ¿Y su compañera? Me mordí los labios para no anticiparme. Esperé. ¿Era Lila? No pude creer lo que oía. Le confirmé, Lila era el nombre usado por Electra, la compañera de José. Sí, estuve con ellos en el Atlético. Me estremecí, aferré sus manos, la abracé. ¡Había logrado recibir la primera noticia sobre mi hijo, desde el submundo mismo de esas prisiones”,
frente a un testimonio tan directo decido entrevistar personalmente a la joven, viajando a Suecia donde, como refugiada política, vivía con su compañero. Al día siguiente tomé un avión para Estocolmo y continué a Spânga, un pueblo cercano, para encontrarme con Ana y su marido Jorge. Tienen un confortable departamento cedido por el gobierno sueco. Me invitan con un té. Le pido a Ana que me relate, con los mayores detalles posibles, lo que le contó a Matilde. Había sido secuestrada el 13 de junio de 1977, dos semanas después que José. Trataré de recordar sus palabras con exactitud: “Eran las cinco de la tarde y estaba por cruzar la Avenida Juan B. Justo, a la altura de Corrientes. Tres hombres me rodean y me empujan adentro de un automóvil, uno de esos Ford Falcon verdes que aterrorizaban a la gente. Me llevaron a un lugar desconocido, con una capucha en la cabeza. Me tiraron en el piso y me aplastaron con sus pies. Cuando llegamos –después supe que era en Paseo Colón y Cochabamba- me sacaron la capucha y me vendaron los ojos. En los pies me pusieron grilletes y cadenas y me tiraron de un empujón al suelo húmedo y frío. Me echaron un balde de agua helada y me imponen un nuevo nombre, K04. El tuyo, me gritan te lo olvidás para siempre. Había ingresado al campo de detención clandestina de la Policía Federal, llamado Club El Atlético o, simplemente, El Atlético.” Me detalla las horribles torturas sufridas. Me muestra su cuerpo adolescente marcado por redondas cicatrices producidas por cigarrillos. Veo marcas de picana eléctrica y rastros de un absceso en uno de sus brazos, producto de una infección. Ana continúa: “Estaba acostada en una camilla llamada el quirófano. Entre tortura y tortura me mostraban compañeros recluidos allí, preguntando si los conocía. Todos estaban encadenados. Cuando los retiraban, los torturadores me decían: ‘viste, son presos, si querés vivir, ¡cantá hija de puta, cantá si querés vivir!’ Yo insistía en que nada sabía de lo que me preguntaban. No lo sabía, realmente. Entre esas personas trajeron a Julián, José, para ver si lo reconocía. Lo pararon sobre la mesa de torturas para que lo viera mejor. Vi los grillos que tenía puestos. Él me dijo: ‘Soy Julián, ¿me conocés?’ No, le respondí. ‘Yo conocí a tu compañero’. Luego se lo llevaron y no lo vi más. Le pedí que me dijera cómo era Julián. Me dijo que lo que más recordaba eran sus ojos muy grandes y que usaba barba. El compañero de Ana estaba allí, le pregunté si realmente lo había conocido a José. Me dijo que no, pero que podría ser que José lo conociera a él, de nombre. Le pregunté a Ana si había visto también a Electra. ‘Sí, hablé con ella muy brevemente, en el baño. Me dijo que era Lila’. Por eso, cuando me encontré con Matilde, en Roma, fui recordando fechas, circunstancias, cosas que yo estaba tratando de enterrar en el olvido para continuar mi vida. Pero como Matilde conocía los nombres que usaban, pude identificarlos”. Ana estuvo detenida en ese lugar hasta el 20 de septiembre de 1977. Hasta esa fecha José y Electra continuaban recluidos en el Atlético.
(10 de abril de 1978)

Vuelve a su Cuaderno y continúa con el relato de Ana,
sobre el régimen del lugar de detención me cuenta Ana que había dos tipos de celdas: la Sección I y la Sección II. En esta última el trato era más riguroso. Las celdas tenían el ancho de una puerta común, es decir 70 u 80 centímetros y el largo para albergar una persona acostada, es decir 1,80 metros, aproximadamente. Un delgado colchón de goma pluma era todo el mobiliario. La puerta tenía una pequeña mirilla. Unas rejas en la parte superior de la pared permitían el único ingreso de aire. Todos los detenidos en esa sección estaban “tabicados”, es decir con los ojos vendados y encadenados en los tobillos. Podían caminar, con dificultad. Ante cualquier intento de quitarse la venda de los ojos, recibían castigos salvajes, con golpes y picana eléctrica. Esta Sección era la más próxima a los llamados quirófanos, dos cuartuchos donde se aplicaban las torturas, donde se oían, a toda hora, terribles gritos de dolor. En la Sección I, el trato era menos riguroso. Las celdas eran semejantes, pero allí había parejas, algunos sin tabicar. En la Sección II se alojaban también quienes colaboraban. Había distintos grados de colaboración: desde los que integraban el grupo de guardianes, hasta los que formaban el llamado “Consejo”, que tomaban declaraciones a máquina, llevaban el archivo de los expedientes, conducían a detenidos y detenidas al baño – algunos de ellos pegaban- y ayudaban a mantener limpio el local. En ésta Sección estaba Electra. Cuando se presentó en el baño, me dijo que era la compañera de Julián y que ambos compartían la misma celda. Lila salía algunas veces, no muchas, para limpiar. Le confió que Julián era el responsable de la publicidad del PRT, en el sector Oeste del Gran Buenos Aires. Le dijo también que Julián no salía de la celda en la que estaban recluidos, salvo algunas excepciones, engrillado y tabicado. Ana me confirmó que ella nunca lo vio fuera de la celda, salvo esa vez que se lo mostraron para que lo reconociera.
(21 de abril de 1978)

Está claro que a Papá le costaba recordar y escribir sobre el cautiverio de su hijo. Deja pasar casi un mes y vuelve,
Ana tenía diecisiete años. Y una hijita. Cuando la secuestraron estaba embarazada de dos meses. Sufría las torturas ocultando esa situación por temor a que la obligaran a perder al hijo. Cuando la liberaron el 30 de septiembre de 1977 estaba de casi siete meses. Me repitió lo que le había dicho a Matilde, su convencimiento de que logró salvarse porque no estuvo demasiado comprometida, además por ser muy joven y estar embarazada. Antes de liberarla, la interrogó un hombre al que llamaban “el Coronel”. Le dijo que le haría una pregunta cuya respuesta él conocía. “Si decís la verdad, tenés probabilidades de quedar libre. Si mentís te mataremos”. Le preguntó si conocía la verdadera identidad de alguna de las personas que estaban en ese lugar. Ella contestó con firmeza y sin dudar que no. Poco después la sacaron de allí junto con otras quince personas. A ella la dejaron a dos cuadras de su domicilio. No sabe qué hicieron con los demás. Cumplió, dos días después, el compromiso asumido de dejar el país y viajó a Río de Janeiro, donde nació su hijita. De allí, partieron para exiliarse a Suecia.
(14 de mayo de 1978)

2 comentarios:

  1. 720 lieripaQue realidad mas descarnada...
    Me has hecho sentir angustia al leer tus letras.
    Muchas gracias por compartirlo.
    Abrazos.

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    1. Hoy recién advierto tu comentario, Jota Jota. Yo te agradezco tus palabras.

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