martes, 8 de octubre de 2013

CAPÍTULO VII - DE LA FELICIDAD Y OTRAS TRISTEZAS

Me levanté temprano para enfrentar nuevamente los cuadernos. Me alcanzaron el mate y pedí no ser interrumpida hasta el mediodía. Está oscuro. Una ventana acusa la vaga claridad que avanza desde el lado del mar. Conocí esta historia de manera superficial y fragmentada en la quietud de la cabina del velero de Papá. ¿Habré hecho bien en zambullirme de cabeza en el primer llamado? Fue más que curiosidad, fue una compulsión sostenida por el recuerdo de las palabras de Papá,
de esto hablo cuando tengo que hablar. Ni mezquino ni pregono la historia. Evito andar exhibiendo el muñón. Muchas veces he callado por notar el desinterés del otro. La mayoría preserva su no saber nada, ni tener por qué saberlo, y mira para otro lado.
Ahora debo organizarme para una lectura metódica. Corro el riesgo de no poder armar un relato de interés sostenido, coherente y comprensible. Y empantanarme en un confuso entramado de sucesos y fechas para, finalmente, claudicar.
Aquí encuentro escritas palabras que escuché cuando por primera vez le pedí, con timidez, que me hablara de aquellos días que marcaron para siempre su vida, diez años antes de conocer a madre. Yo era una niña. Cuando dejé de serlo, quise saber más. Entonces Papá se soltó de una manera tan natural que comenzó a contarme sucesos tremendos como si contara historias ajenas. Fue un relato muy superficial que dejó en mí grandes espacios de dudas e intrigas. No me animé a pedirle precisiones y, cuando estuve a punto de hacerlo, remató la conversación con un todo está en mis cuadernos, que algún día leerás, pero no ahora.
Tengo ahora sobre el escritorio estos “Lanceros Argentinos de 1910”, que en su frente ostentaban la imagen de una lanza embanderada, proyectando su sombra sobre la tapa roja. Papá los bautizó “Cuadernos para ser feliz”, para gambetear la tristeza,
Comienzo, entonces, por el principio. Leo en la primera página,
quiero emprender la obra más importante de mi vida. La que debiera encararse desde el primer día, pero se posterga siempre hasta el último, cuando ya no es necesaria si se es hombre de religión, que no es mi caso. Hoy, 11 de diciembre de 1973, al dejar atrás mis 45 años, encaro esa tarea: Ser feliz. Quiero que mi obra tenga también como destino a quienes compartieron conmigo años de vivencias: recuerdos y olvidos; agresiones y amor; comprensiones e indiferencias; dar y negar; aceptar y rechazar; un vivir intenso o un mero estar vivo. Y soledades, sobre todo soledades. Esta mesa, en un bar de la esquina de Anchorena y Santa Fe, es para mí como una ventana frente al mar. Un vasto horizonte me desafía, me compromete. En el paisaje que se extiende ante mis ojos trato de descubrir tu figura, que es como una sonrisa. Confieso que mi felicidad es la nuestra, y que no podré comenzar a ser feliz sin aprender a admirar el brillo de tu sol y a respetar la libertad de tu gaviota. Miraré para adelante. Y solamente hacia atrás cuando sea necesario para no equivocar el camino. La felicidad es un estado del alma al que se arriba con esfuerzo. Hoy comienzo la tarea.
Lo imagino sentado a esa mesa, escribiendo esas líneas. Era el día en que cumplía cuarenta y seis años. Sin él saberlo, días más, días menos, nacía el “Huayra”, botado en diciembre del 73. Me enteré por la plaqueta adherida a un mamparo de su cabina. El “Huayra”, su entrañable velero, que fue durante más de treinta años su compañero de aventuras y refugio de desventuras. Ese himno a la esperanza que descubro en las primeras líneas, parece estar dirigido a Analía, su segunda mujer y madre de mis otros tres hermanos. Papá enfrentaba en esos días el descalabro de su matrimonio. Medito unos minutos estas líneas iniciales que declaman la voluntad de restablecer la armonía familiar. ¿Estarían ya separados? Buscando señales llegué a la conclusión de que aún vivía con su familia. Y que lo estaba pasando mal.
Más adelante,
pienso que soy capaz de trasmitir calidez si coloco mi mano sobre un hombro. ¿Pero cómo? ¿Acaso tengo fuerzas para levantar el brazo hasta la altura de tu hombro? Soy débil por la certeza de que para reconstruir debo destruir gran parte de los cimientos que todavía me sostienen. La felicidad es un estado del alma, sí. Pero lograrlo es una tarea agotadora, gigantesca.
(11 diciembre de 1973)
En estas primeras páginas campea un aire de melodrama, sobrevolado en buena parte con las alas sombrías de la tristeza. Aquí lo expresa descarnadamente,
alguien que leyó en mis ojos, me dijo: Estás triste. Yo no respondí. No lo sabía. Me sentía feliz, muy feliz, por mi decisión de encarar la felicidad como un objetivo y de luchar para alcanzarla. Me dicen que estoy triste. ¿Tristeza y felicidad pueden coexistir? ¿Se puede al mismo tiempo ser feliz y estar triste? Sostengo que sí.
(15 de diciembre de 1973)
Estos cuadernos son más que un diario íntimo. En ellos Papá soltaba su pluma intentando hacer literatura en prosa y en verso, y eran también un recipiente para desahogo de desdichas y confidencias. Hay páginas donde su estilo no fluye naturalmente: se enreda en barroquismos, me obliga a apelar al diccionario. En sus últimos años, cuando Papá dejó la corbata, pudo dedicarse más libremente a su vocación literaria; y su estilo fue más llano,
cuando no esté obligado a recorrer los caminos del mundo, comenzaré a transitar por mis rutas interiores.
Madre me aseguró que muchas veces le escuchó decir, ahora represento, pero algún día seré, agregando, con tono misterioso, tengo un compromiso con lo otro.
Del fuego de la chimenea queda apenas el rescoldo y más allá del ventanal la noche es una caverna. El plato de comida que preparó Sabina descansa, frío, en la mesa. Un mate lavado testimonia mi abandono. El hambre y el sueño me recuerdan la cama. Me llevo éste último registro, leído al azar, que escribió al volver a su quinta del Tigre, después de un viaje a Europa por razones de trabajo,
Analía duerme. Suena Bela Bartok en su “Mandarín Maravilloso”, con todo el esplendor de la orquesta. He leído en SER Y TIEMPO sobre desamparo y malestar en la existencia humana. Me obsesiona no estar seguro de poder distinguir entre sueño y realidad, entre verdad y fantasía. Lo que pasó, ¿fue? Ahora, ¿sueño? Mañana, ¿seré? Cierro los ojos mientras los parlantes emiten un coro barroco que resuena en mi cabeza dominada por el sueño. Apenas siento mi cuerpo, agotado por el cansancio. Vuelvo a Paris y en la Rue Rivoli te abrazo. ¿Habrá el corazón, cazador solitario, cobrado su presa?
(Tigre, 13 de febrero de 1974)
¿Ahora me lo decís, Papá? Ya no puedo preguntarte sobre tu presa parisiense. Tal vez madre sepa algo de esto.

lunes, 7 de octubre de 2013

CAPÍTULO VIII - LA FOTO






El crepitar de las chispas me desvía la mirada hacia el fuego. Observando el ritual de las llamas recordé cuando me dijo un hombre viejo no puede ser feliz añorando siempre la juventud perdida. Le eché una mirada de extrañeza. Agregó, hay niños más adultos que su edad. Insistí con un gesto de sorpresa, abriendo aún más los ojos y elevando las cejas. Entonces entonó con voz abaritonada y marcada desafinación una canción que evoca a un joven fusilado que eligió ser más viejo que su edad. Y la rubricó con estás palabras grabadas para siempre en mi memoria: ese joven fue feliz a pesar de su prematura muerte. Le comenté que me recordaba a la letra de un tango que él cantaba con frecuencia, cuando pregunta: “¿Quien se robó mi niñez?” Papá solo agregó: ¡Ah, la voz de Fiorentino! y, trascartón, cambió de tema para desconcertarme aún más asegurando que él creía en la resurrección.
Logrado el impacto continuó,
pero no de la muerte, sino de la propia vida. El hombre renace de sí mismo, como una serpiente de cuya piel sale otra que abandona a la anterior para continuar viviendo. La vida de un hombre se multiplica como pompas de jabón, que al reventar forman nuevas que estallan lanzando otras. Y así hasta la extinción total, hasta la inexorable y definitiva muerte. Somos un poco así. Ayuda a ser feliz saber que se puede ser uno y otro de manera sucesiva, en continua proyección.
Me invaden los recuerdos de las charlas con Papá en aquel verano, navegando la costa uruguaya. Afronté los temas más amargos. Le pedí que me hablara de esos hermanos que me observaban desde una fotografía en lo alto de su biblioteca de San Isidro. Una foto llena de misterio, cuatro imágenes fantasmales que emergen de las sombras irradiando una solemnidad de muerte. Esquivó, hablaremos, pero en otro momento.
Reencuentro aquella fotografía aquí, siempre en lo alto de la biblioteca, como iluminada por un rayo. Vigilan el ingreso al templo de Papá, Matilde y sus hijos, mis tres hermanos desaparecidos veintidós años antes de que me tuviera por primera vez en sus brazos. Valeria, mamá de Tamara; José, papá de Toni; y Martín, el primero en caer, con su compañera, que llevaba en el vientre su tercer nieto. De esa familla solo me quedaron dos sobrinos... ¡Veintitantos años mayores que yo! Y quedó esa foto, con vida propia y eterna.
¡Esa foto y esa familia!... Ojeando los cuadernos al azar encontré, en una de las últimas páginas, esta confesión,
he colocado la foto de Matilde con los chicos, tomada poco antes de que comenzara la tragedia, en lo alto de la biblioteca de mi escritorio. Por un tiempo la tuve en un mueble del living, pero esa imagen era para mí demasiado íntima y personal. Me acosaban preguntas de gente curiosa, para nada interesadas en la historia que podía contar, que seguramente ya conocían. Percibía una curiosidad morbosa, emboscando el “por algo será”. Ahora los chicos controlan el ingreso de extraños en mi escritorio; y esa presencia me recuerda que miles de rostros adolescentes están ahí, mirándonos, para que los argentinos tengamos vergüenza de ciertas cosas y coraje para otras.
(11 de junio de 1981)
Una foto de José estaba junto a estas líneas. Al dorso, de puño y letra, Papá transcribió:
En la foto se ve su gallardía, su valor, su aplomo, su confianza ilimitada en sí mismo, su incredulidad en la muerte (así, subrayado), y al mismo tiempo se ve que dentro de él hubo siempre un muchacho mujeriego y bromista y casi frívolo (que en otro tiempo y en otro país hubiera sido torero)”.
(Vista del amanecer en el trópico, Párrafo 87. Guillermo Cabrera Infante)
Necesito rebobinar mis recuerdos. ¿Qué más me dijo? Que pocos meses antes de que posaran para esa imagen, tomada por un fotógrafo de renombre, la situación era bien distinta. Cuando Papá se instaló en San Pablo sabía que José militaba en el Ejército Revolucionario del Pueblo. Sospechaba que Valeria también, aunque no por sus confidencias. Ella era absolutamente hermética, Papá desconocía su grado de compromiso con la militancia. Afirmaba que José rechazaba la violencia, no lo veía en la lucha armada. Valeria lo preocupaba más, por su carácter fuerte, arrollador y vehemente. José adoctrinaba compañeros, repartía panfletos en las puertas de las fábricas, escribía artículos en revistas partidarias. José le confió que su misión era “concientizar” las bases. Gran lector, fue él quien a los catorce años le voló de la biblioteca las Obras Completas de Lenin. Papá las reencontró entre los libros de Matilde cuando los vichó en su velatorio. Me lo dijo cuando me confesó que Matilde organizaba para sus hijos clases de marxismo, dadas por Ismael Vides, compinche de Papá cuando militaban en la izquierda frondicista,
los mayores tenían, trece, catorce años. Matilde me consultó y no me pareció mal, admiraba a mis hijos ávidos de formación ideológica. Para ese entonces yo estaba en otra cosa, juntaba porotos para recomponer mi economía, porque salí pobretón de la política.
De Martín recordó que amaba la música y su guitarra, compañera inseparable. Se integraba a esa familia bien y con amor, y respetaba a sus hermanos mayores, a quienes les preguntaba por ciertas fotos pinchadas en las paredes: quién era el anciano de cabellera blanca y frondosa barba, quién el pelado con mirada de águila arengando a las masas, quién el de una estrella en la boina y semblante iluminado. Papá los visitaba con frecuencia. Separado de Matilde cuando Martín tenía cinco años, no fue nunca un padre ausente. Mantenía una buena relación con su ex mujer. Terminó esta evocación confesando la felicidad que sentía cuando iba a la casa de ellos. Le costaba abandonar el departamento de la calle Pueyrredón 1194, piso 11.

domingo, 6 de octubre de 2013

CAPÍTULO IX - SILENCIOS, DISTANCIAS, SENTIMIENTOS

Los cuadernos ocupan varias horas de mis días, de manera dispersa y desordenada. Fracaso en mi intento de organizar un método, de respetar la cronología. Me resulta mejor así. Quizás Papá me haya contagiado sus dispersiones y desórdenes. No es una crítica, eran claros rasgos de su temperamento. Ayer continué la lectura toda la noche, hasta que algún gallo anunció la llegada del alba. Casi no dormí. Me detuve en las páginas cercanas a la fecha del golpe militar del 24 de marzo de 1976. A partir de ahí leí y releí varias veces, antes y después de esa fecha. Me sorprendía no encontrar mencionado el acontecimiento, ni siguiera de manera tangencial. Era extraño. Valeria y José ya eran militantes muy comprometidos al producirse el golpe. José, además, ya operaba en la clandestinidad. La toma del poder por los militares involucraba mayores riesgos. “Aniquilar a la subversión” era la consigna proclamada desde el Poder Ejecutivo constitucional, días antes del golpe. Con los militares en el poder, no era un mero enunciado. Era la efectiva consigna para desatar una despiadada represión, el inicio del terrorismo del Estado. ¿Por qué entonces Papá soslayó la insurgencia militar? No hay una sola palabra sobre el llamado “Proceso de Reorganización Nacional”. ¿Por qué está ausente su inquietud sobre el mayor peligro que correrían sus hijos? Encontré expresada su aflicción más en su soledad, en su residencia en tierra extranjera, en la frustración por no haber podido recuperar la familia que había dejado en Buenos Aires, en el padecimiento de su amor imposible por una mujer. Pero no encontré ni una sola reflexión sobre la situación de Valeria y José. Que no mencionara a Martín, era razonable. Estudiaba, trabajaba en una empresa, tenía una novia hermosa y muchos amigos y una guitarra. Derrochaba felicidad y alegría paseando en su pequeña moto, novia y guitarra a sus espaldas. Poco después, Papá se enteró de que había vendido la moto y la viola para entregar el dinero al Partido.
¿Por qué el silencio? ¿Bloqueo, espacios, pausas convenidas, pausas impuestas? ¿Enojo? No entiendo ese mutis. Descarto el desinterés. Necesito aclarar los conos de sombra que hay en esta historia, las incertidumbres, las dudas, las sospechas que la sobrevuelan. Muchas de ellas están planteadas aquí, otras me las sugirió en nuestros diálogos náuticos, hace más de cinco años. Siempre de manera difusa, tangencial. Nunca pintó las escenas con realismo, daba brochazos sobre una tela en blanco, obligándome a mí a construir mi propia visión. Espero que el tiempo no haya borrado recuerdos importantes.
Hoy agregué varias leñas a la chimenea que consumía, con pereza, los troncos cargados bien temprano por Marcos. Seguí buscando datos que me ayudaran a aclarar esas dos cuestiones: el silencio sobre el golpe militar y el aparente distanciamiento de sus hijos. Encontré un sobre de papel madera conteniendo muchas cartas. Como estaban guardadas desordenadamente, mezclando fechas y remitentes, lo primero que hice fue clasificarlas. Comencé por las cartas de José. Papá tuvo con él siempre muy buena comunicación. José era el más dispuesto a escribir y tenía buena facilidad para expresarse. Lo hacía dentro del escaso tiempo que le dejaba la militancia. Padres, hermanos y amigos no dejaron nunca de recibir sus cartas. Yo había leído algunas reproducidas por Matilde en el libro “José”, que devoré en una noche. No lo volví a tocar; espero tener algún día ánimo para releerlo. Me pregunto: ¿Estas distancias, estos olvidos, estas postergaciones, no tendrían un fundamento similar?: postergar lo que duele. No fueron, por cierto, hojas que se llevaron los vientos del otoño.
Comienzo a avisparme leyendo una carta que José le escribió a Papá el 26 de marzo de 1976. La transcribo textual:
“Querido Papá: Por fin me decido a escribirte. Nuevamente siento esta resignación de hacerlo por escrito en lugar de encontrarnos. Ahora es más fácil porque estás en Brasil y nuestra comunicación tiene que ser por carta, necesariamente. Paseo siempre con el recuerdo de nuestro último encuentro. Las ‘profecías’ de las cartas, cuando decíamos ‘ya nos abrazaremos todos juntos, nuevamente’, se hicieron realidad. Fue un momento muy lindo el que tuvimos, que pasó como un relámpago iluminando todos estos días. Los vi a ustedes muy bien y muy contentos y eso también me gustó. Sólo faltaba ese airecito de encuentro rutinario, característico de toda reunión familiar, que permite conversar con tranquilidad, profundizar temas y observarse pasito a paso. Ahora, en un encuentro así se juntan muchas emociones y tensiones, lo que si bien es muy lindo dificulta otras cosas. Pero no importa, pasaremos por otros tantos encontronazos, hasta que podamos rehacer la sana rutina de los domingos. Y, ¿qué te pareció tu nieto?...”
Por lo visto, se encontraron durante algún viaje que hizo Papá a Buenos Aires. Me sorprendió el párrafo: “Los vi a ustedes muy bien y muy contentos y eso también me gustó”. No es habitual ese sentimiento filial, referido a la vida de su padre con la segunda esposa. Yo no lo tendría, o no lo expresaría con tanta franqueza. Se veía con José a pesar de la clandestinidad, se las arreglaban para mantener encuentros. Me sorprende que la carta, fechada el 26 de marzo de 1976, dos días después del golpe militar, tampoco mencione ese episodio de manera inicial y prioritaria. Comienza con ese largo párrafo expresando con vehemencia sentimientos de amor, como hijo y padre. La familia, la falta de familia, las ausencias, las distancias, la emociones por afectos entrañables, marcan de manera explosiva el reinicio epistolar con Papá. Retoma la escritura de esa carta dos días después. Lo aclara expresamente. Y entonces, recién entonces, habla del golpe militar. Afectado por un seguro incremento de la represión prioriza, sin embargo, sus sentimientos más tiernos, postergando el comentario político. El centro del escenario lo ocupa la angustia por la dispersión familiar. Como a Papá. También para él, el miedo pasa a un segundo plano.
Leo detenidamente lo que escribió de puño y letra, después del paréntesis de dos días Es un documento fuerte, discursivo e histórico. Una arenga. No es fácil encontrar correspondencia escrita en estas circunstancias por militantes desaparecidos. Por eso la transcribo sin cortes:
“Los milicos con el golpe inundan todos los lugares públicos, llenos de fierros y aparatos, transitan con vehículos de todo tipo por calles y rutas. Los pobres colimbas están muy cabreros y, como el presupuesto militar no es muy abundante, tienen que pasar días enteros con poca guita, poco morfi y en malas condiciones. Esto produce descontento en la tropa y la solidaridad de la población. Son los primeros vínculos entre los soldados y el pueblo, que sólo pueden estar en una sola trinchera. El Partido venía previendo el golpe desde hace rato, alertando a los compañeros, a los sectores progresistas y a la clase trabajadora, primera víctima del accionar de los milicos. Hasta ahora sólo han dado un manotazo en el vacío. Los trabajadores y la guerrilla esquivaron el golpe, tomando la actitud madura de no presentar flanco. Por otra parte el pueblo, en general, lo toma como algo ‘lógico’, coherente, ante la situación que se vive. Hay hasta cierta alegría. Esto se debe a que volaron Isabel y todos sus delincuentes. Hay mucha desconfianza y sólo en algunos sectores de la pequeña burguesía se ven ciertas expectativas favorables. Pero los milicos se enfrentan a un pueblo en estado de movilización, a una guerrilla sólida y a una situación económica desastrosa. Es un golpe ‘a la defensiva’ y ese carácter encierra su propio fracaso. Es una verdadera aventura descabellada, que sólo puede ser el umbral de la generalización de la guerra civil. Por ahora, tienen espacio para maniobrar políticamente, pero el ‘equilibrio’ no les va a durar más de dos meses. Sé que ves las cosas de otra manera y deberás estar con bastante expectativa con este golpe y la ‘cordura’, ‘discreción’ y ‘amplitud’ con que actuaron. Es cierto que algo de diplomacia política han aprendido estos milicos cuadrados, pero el pueblo aprendió mucho más. Con sólo ver los decretos dictados, comprendo que pasamos a una etapa de dura resistencia. Este golpe es algo totalmente irracional. Los milicos hacen lo que no querían hacer: salir a la calle, sin planes económicos y con un garrote en la mano que no asusta a nadie. Lamentablemente ha corrido mucha sangre en estos últimos años y eso ha hecho madurar a todos. Los milicos vienen a institucionalizar esa sangre y seguramente muchas vidas robarán al pueblo estos asesinos. Insisto en que económicamente están en una situación desastrosa. Con el préstamo del Fondo Monetario Internacional (127 millones de dólares) no van a ningún lado; el mismo costo del golpe ya es muy grande y si bien ese préstamo es una primera limosna, cuando pase la paz de los cementerios y renazca en distintas formas la tormenta de la lucha de clases, todos darán nuevamente vuelta la cara al país. Ahora sabemos que estos préstamos de hoy significarán mañana una intensificación de la crisis y mayor dependencia. En fin viejo, nadie para la cosa y se vienen tiempos difíciles. Estamos cada vez mejor y el golpe que sufrimos en Villa Martelli ha sido prontamente superado. Lo más importante -a vos te interesará- es que se están dando grandes pasos en la unidad con los ‘Montos’, cosa que aterra al enemigo y que seguramente aceleró la aventura golpista. También se ha formado una nueva unidad de guerrilla rural en el noroeste de Tucumán (la anterior operaba en el sudeste), dividiendo las fuerzas militares que desarrollan el operativo. En las fábricas, cada vez hay mas ‘soviets’, como dice Alsogaray, dirigidos por los Montos y el Partido. Me extendí un poco en el ‘panfleto’, pero sé que lo leerás con interés.”
Termina la carta, nuevamente, con una afectuosa referencia familiar:
“Cambiando de tema, te felicito por tu nuevo nieto. Me gustaría mucho poder ver a ese abuelo con sus dos nietos en los brazos, José”. Segundo nieto: se refería a Tamara, la hijita de Valeria, nacida el 7 de febrero de ese año.
Me impactó. ¿Cómo era posible tanta claridad conviviendo con semejante fantasía? En esa época, no era fácil pronosticar la situación de marginalidad y dependencia que originaría la deuda externa, así como la inutilidad de los préstamos del Fondo Monetario. Con Federico, convenimos en que los hechos le dieron la razón. La incompetencia del Fondo Monetario para resolver nuestros problemas quedó bien clara años después. En contrapartida, más allá de la indudable pureza de sus sentimientos, vistos casi medio siglo después, uno se pregunta: ¿Cómo podía sostener la utopía de un triunfo y la efectividad de una guerrilla rural? ¿Qué les hizo perder a José (y a todos ellos) el sentido de la realidad? Medidos a la luz del final trágico que sufrieron, qué descabellada utopía, qué ingenuidad ignorar que una supuesta alianza con los Montoneros no escondiera perversas intenciones. Cuánta inocencia en tan sanas intensiones, cuánta indiferencia por el riesgo de la propia muerte, por el temor a morir. No asoman en ningún momento.

sábado, 5 de octubre de 2013

CAPÍTULO X - LA IMPORTANCIA DE LLAMARSE...


















No tengo sueño. Quiero volver a las páginas escritas por Papá en la quinta del Tigre. Busco una que dejé marcada en el segundo de los tres Cuadernos, donde relata la última vez que estuvo reunido, a pleno, con sus hijos. Habían pasado dos años desde ese encuentro con los tres mayores y sus parejas, más los tres de su segundo matrimonio. La historia de ese suceso me la relató Papá cierta vez que se abrió conmigo, como nunca antes. La fui armando en mi memoria (Papá siempre entregaba retazos, como piezas de un puzle). Hoy, esta historia verídica tiene la fuerza y el misterio de una leyenda. Fue crucial para Papá, porque ese día Valeria le confió, a regañadientes, un dato que le permitió recuperar a su nieta Tamara. La búsqueda de su hija parecía infructuosa, pero cuando necesitó conocer el nombre del compañero de Valeria, un relámpago fugaz iluminó su memoria y pudo reconstruir su apellido, balbuceado aquel día por mi hermana desaparecida. Cuento el episodio, apuntalado con lecturas recientes.
Un domingo soleado logró convocar a su quinta “Los Naranjos del Tigre” a todos sus hijos, algo siempre difícil, que no se repitió. Pudo abrazar a Valeria y caminar por el parque hablando como hacía tiempo no sucedía. Durante la conversación se precipitaron inquietudes por sus prolongadas ausencias, y la de sus hermanos. Y quiso saber más, siempre eludiendo la activad militante. Sabía que, de hacerlo, se exponía a una reacción indeseada y al fracaso de ese encuentro. Le soltó una pregunta familiar, le preguntó cómo se llamaba su compañero. Valeria musitó: Pepe. Pepe, ya sé... Pepe, qué. Tendrá apellido ¿no? Soy de una época en que a la gente se la presentaba con nombre y apellido. Ahora es distinto, le contestó Valeria: nos juntamos, vivimos en pareja y nos llamamos por el nombre, o por el sobrenombre. ¿Qué nos importa el apellido? Es mi compañero y punto. Papá no insistió. Prefirió ser cauteloso y evitar el conflicto, a flor de piel cuando trataba con Valeria. Apenas meneé la cabeza en señal de desaprobación. Preservar la felicidad del encuentro y el calorcito de su abrazo, no recaer en viejas rencillas, era más importante. Valeria lo vio apesadumbrado, y finalmente cedió. No era su costumbre. Pero aquel día aflojó y entre dientes pronunció su apellido. ¿Que la pregunta no era importante? Dos años después se vio que sí.
Valeria nunca se enteró.
Volveré más adelante a ocuparme de este episodio fundamental de la historia que reconstruyo. Ahora voy a suspender la lectura de estas páginas amargas. Para continuarla esperaré el regreso de Federico, que se fue a Buenos Aires por unos días. Necesito su compañía para abordar de nuevo lo que comencé a leer precipitada por mi incontenible ansiedad. Mientras tanto volveré a las primeras hojas, con anotaciones más livianas, hasta jocosas. Podré leerlas tranquila, mientras esté sola. Papá me había confesado que en su vida de entonces convivieron dos situaciones concurrentes y paralelas, las dos muy difíciles,
sobrellevé una historia y una historieta. La historia, fue el drama de mis hijos mayores. La historieta, los vaivenes con Analía intentando yo recomponer la relación. Estaba solo y extrañaba.
¿Historieta? Fueron dos dramas simultáneos. Es mi visión actual. Cuando Papá me lo mencionó no se lo discutí. Quizás, frente a la gran tragedia de las tres desapariciones, este otro intríngulis parecía más una tragicomedia, un melodrama, un sainete. Sin embargo, hoy veo con claridad que la separación matrimonial, concurrente con las desapariciones de sus hijos, convertían la vida de Papá en una única e indivisible tragedia. Estas cosas no se miden, no se pesan. Se potencian recíprocamente. Constituyen una indisoluble unidad. Nada de historia e historieta. ¿Me escuchás, viejito?

viernes, 4 de octubre de 2013

CAPÍTULO XI - FRENTE A FRENTE

Un puente cruza el río Quequén a medio camino entre nuestro campo y Necochea. Papá mencionaba un árbol más viejo que yo, donde le gustaba armar una hamaca y leer un libro, o meditar. El árbol ya no está, se lo llevó un desmadre del río. El lugar, sí. Conserva el reparo de numerosos mimbres, buena sombra a la vera de una hondonada del río para los pescadores de truchas que acampan allí. Algunas cascadas emiten una música de fondo poco común. Hoy es un día cálido. Infrecuente. El fin del otoño es siempre gélido en esta latitud. Decidí revivir experiencias de Papá, aunque no llevé ningún libro. Solo la hamaca paraguaya, una red con nudos y orlas cayendo como flecos. Si aguantó a Papá hasta sus últimos días espero que pueda soportar mi menuda humanidad. Fui allí para evocar nuestra navegación por la corriente zaina. A Papá le gustaba llamar así a nuestro río, como Borges. Ya pasaron seis años desde que le propuse ese crucero para conocernos mejor. Remontar el delta del Paraná, surcar canales y riachos hasta la costa uruguaya, recorrer la ribera que él había visitado centenares de veces, conversar con los pobladores. Y con él, frente a frente, “pa que juntos recordemos el pasado, como dos buenos amigos que hace rato no se ven...”, como canturreaba con frecuencia. El Huayra lo acompañó muchos años trotando océanos, porque mi velero no es para bogar como un camalote por las aguas del Paraná. Papá sostenía que su barco nació para enfrentar mares y avanzar empecinadamente contra vientos fuertes, si son de proa, mejor. Ciñe treinta grados. La propuesta que le hice lo fascinó. Era una aventura diferente. Madre no estuvo muy de acuerdo. Conocer mejor la historia de Papá, cargada de tinieblas y agujeros negros tenía el hechizo de una formidable aventura. La historia familiar y, quizá, mi propia identidad, estaban en la mira. No sé. Al aceptar mi convite me dijo: El Huayra está siempre listo. Alcancé la máxima jerarquía del ocio para poder disfrutarlo plenamente, ¿Bromeaba? Tenía setenta años cuando me cargó por primera vez en sus brazos. Me encontraste medio viejo, me dijo ante la indignación de madre que le atribuía una eterna juventud. Tu mamá cree que bebí las aguas de la fuente de Juvencia. Dejar de ser joven y seguir siendo juvenil es mayor mérito. Recuerdo otras chacotas de Papá. Provocaba a madre parodiando la “Zamba de mi esperanza”: La vida me va matando y si no me mata me hace doler, y simulaba tocar la guitarra. No tardé en darme cuenta que era una suerte de festejo. En un tiempo fueron felices. Recuerdo casi textualmente sus palabras, expresadas en el lenguaje rebuscado que usaba a veces para lucir su grandilocuencia, no sé con qué objetivo. Quizás para ocultar su verdad verdadera, o para mantener en tiempo presente un pasado ya distante,
tu madre me rescató de la desolación tendiéndome su mano. Me subió desde el Infierno de mi Divina Tragedia, hasta el Paraíso donde compartimos nuestra Residencia en la Tierra.
Dos proyectos confluían: El mío, conocer a fondo las historias de Papá. Y el de él, entregarme su testimonio. Y algo más, sospecho,
fui protagonista de muchas cosas que no debieran repetirse, ni olvidarse. Mi insignificante historia personal deberá contribuir a la memoria de una generación perdida.
Hacerle un reportaje a Papá a lo largo de una prolongada navegación, hablar con él ciertos temas en la solitaria intimidad de la cabina, me excitaba -¿es ésa la palabra?-. Ir a bordo de un velero tripulado por un anciano de noventa años en soledad con su hija de veinte era, en todo caso, una insólita aventura.
Su respuesta fue: Acepto, navegaremos por la Côte Beige.
-¿La Cote Beige?
-Así la bauticé hace más de cincuenta años por el pálido marrón de sus aguas. ¡La prefiero a la Côte d´Azur del Mediterráneo!

jueves, 3 de octubre de 2013

CAPÍTULO XII - CÔTE BEIGE, RECUERDOS

Madre nos despidió cuando partimos aquella mañana de la primavera del 2017, con buen pronóstico para navegar por el delta. Era un día claro y ventoso, cola de un pampero que había pasado la noche anterior. El Río de la Plata estaría imposible. Para introducirme sin violencia en la experiencia de navegar, Papá prefirió avanzar por canales y riachos, hasta alcanzar Nueva Palmira, Uruguay. Llegaremos en plácida navegación a motor, bajo un sol tibio, encendidos ceibales y un aire dulce de azahares.
Me hablaba como si cantara, como improvisando una letra. Voy anotando estas prosopopeyas del viejo para preservarlas con fidelidad.
-¿Cómo me ves?, me preguntó apenas zarpamos. La pregunta me tomó de sorpresa. Si era un juego, seguiría el tono.
-Te veo azul.
-No soy un príncipe...
-En la infancia soñaba con el Capitán Azul. Madre me dijo que era una representación edípica.
Jugué mi baza,
-Y vos ¿como me ves?
-Yo te veo luminosa. En la cuna te bauticé Plenilunia.
Lo sabía. En el álbum llevado por madre durante mis primeros años leí esta nota de Papá:
La bauticé Plenilunia por ese rostro que sonríe y resplandece con una luz tenue que parece venir del cosmos. Sé qué quiere decirme con los matices de su sonrisa y hasta con los sollozos. A veces la turrita fija en mí su mirada en largos ratos de asombro.
Desde los primeros momentos, se estableció entre nosotros una relación profunda.
Siguió un largo silencio. La sirena de algún crucero advertía su cercanía, interrumpiendo el monocorde ronquido del motor y el chasquido del agua cortada por la proa. Parecía muy concentrado Papá, miraba siempre más allá, a lo lejos. Bajé a cabina para preparar un café, el viaje sería largo. Cuando volví a cubierta con la taza humeante, me guiñó el ojo y sonriendo comentó: El Huayra se desplaza a paso de bicicleta cuando sopla el viento de sentina. Supuse que se refería al impulso del motor, pero evité confirmarlo para no desnudar mi ignorancia. Papá puso cara de esperar la pregunta, pero no le di el gusto. Teníamos por delante un día de navegación. Cruzar dos brazos del Paraná y el caudaloso Uruguay, era nuestro desafío antes de arribar a Nueva Palmira.
Salvo las turbulencias de yates deportivos y lanchas de pasajeros, las aguas estaban calmas. Se frustró mi intención de comenzar mi interrogatorio. Además mi anotador, que dejé en la bancada mientras hacía una maniobra, recibió una salpicadura intempestiva que lo dejó empapado. El abrazo que nos daba la naturaleza desde ambas costas del río, los mensajes que recibíamos de colores y perfumes, me hicieron sentir una plenitud desconocida. Quedé paralizada, como en éxtasis. Pero Papá se adelantó, no esperó mis preguntas, comenzó a barajar recuerdos iniciando un monólogo que retuve en mi memoria y registré más tarde,
fui un hombre solitario, pese a hijos y matrimonios. Me casé muy joven con Matilde, con quien tuve a Valeria, José y Martín. Siete años después, me separé.
Le pedí que me hablara de esos hermanos que no conocí. Me cortó: Hablaremos, pero en otro momento. Y continuó,
la última vez que me encontré con Matilde fue en la Avenida 9 de Julio. Había regresado de París, donde se estableció con Beto, su marido, después del secuestro de Martín. Nos confundimos entre la multitud festejando el retorno a la democracia, con nuestros nietos Tamara y Toti sobre los hombros. Fue el día del triunfo de Raúl Alfonsín. Esa noche olvidamos penas y cantamos y bailamos en la calle, junto a un pueblo que puso un paño a sus heridas y saludó la victoria. Matilde esa noche estaba llena de alegría y vitalidad. Murió seis años después. La arrebató el cáncer.
Habló luego de su segundo matrimonio con Analía, que le dio también tres hijos con la misma secuencia: mujer, varón, varón. Lo que más lo sorprendía era la extraña similitud de sus caracteres. Dijo que las mujeres eran empecinadas y de carácter fuerte; los varones mayores, paternales y protectores; y los menores, soñadores y bohemios. Ajeno a toda vocación por el esoterismo, le gustaba mencionar algunos sucesos de su vida donde la mágico, lo misterioso, lo fantasmagórico, parecían tener una inexplicable presencia. Esta secuencia repetida, las similitudes de los caracteres de sus hijos de las dos familias, era uno de esos casos. Papá me habló de las diferencias culturales e ideológicas de las dos familias, y las explicó por las distintas influencias maternas y los diferentes tiempos generacionales. Yo tampoco era el mismo diez años después, precisó. De todo esto jamás volví a hablar con él. No se me presentó una oportunidad adecuada. Era todo un tema, hubiera querido conversarlo más. Pero los hechos en su vida eran tantos –ordenarlos y registrarlos era mi primera prioridad- que no dejaban espacios libres para elucubraciones metafísicas. Quedó sin respuesta esta pregunta: ¿Qué inexplicable azar arrebató a Papá su primera familia dejándole otra, como para sustituir lo irreemplazable? Su segundo matrimonio resultó difícil y conflictivo. A pesar de todo duró quince años, con rupturas, reincidencias, ilusiones y decepciones,
soy un tipo casamentero y perseverante, de matrimonios con libreta. Finalmente me casé con tu madre. Practicaba el método de prueba y error. Ya no tengo edad para ese tipo de juegos.
Al cruzar el Paraná de las Palmas, las aguas se encrespan. Una fuerte corriente desciende hacia la boca del río. A contramano, el viento sopla desde el proceloso mar de plata. Encajonado entre las márgenes del Paraná, provoca turbulencias desafiantes. Me permitían sentir la emoción de enfrentar la naturaleza aferrada a una cáscara de nuez. Papá dobló la apuesta, empecé a conocerlo como marinero. Aprovechemos para disfrutar de la navegación a vela, tomá el timón mientras establezco un foque. ¡Qué audaz!, pensé. Conduje el barquito hasta llegar al Canal Arias. La mirada de Papá no me abandonaba, atenta a mis movimientos, en silencio. Devolví el mando cuando nos adentramos en el canal. Cumplí su orden. Encendí el motor, mi primer aprendizaje. Refrescó. Me abrigué y le alcancé a Papá una campera. Entonces le pedí que me hablara de su niñez, de sus familias, de las casas en donde vivió.
Sonrío, habló sin parar,
Lo grabé. Cuando se lo hice escuchar, comentó,
que me perdonen los deudos, soy el último sobreviviente de esos personajes. No hay confrontación posible. Recuerdo lo que recuerdo y lo que creo recordar. Mas las posibles deformaciones por los mitos familiares.

miércoles, 2 de octubre de 2013

CAPÍTULO XIII - NO REPETIR LA HISTORIA

Di forma en las páginas anteriores al tumulto de recuerdos que desfilaron por mi mente a la vera del Quequén. Ya volveré a ese recodo, buen lugar para meditar. Casi como el mar.

Encaro ahora la otra vertiente de los sucesos vividos por Papá en aquellos años. Él la llamaba Lahistorieta, calificación que rechazo. Insisto: fue una tragedia simultánea. Leí tres días y tres noches, extendidas hasta el crepúsculo. Me resultó difícil comprender cómo soportó a un mismo tiempo las desapariciones de sus hijos y su crisis matrimonial, su segunda separación, plagada de una serie deinfortunios con marchas y contramarchas. Está claro su esfuerzo por recomponer la relación con Analía. No fue mero espectador del derrumbe de un amor. Opino que para Papá era inconcebible una felicidad sin familia. Tomaba distancia y enseguida pegaba media vuelta para volver a acercarse. Adjudicaba los vaivenes a la brújula loca del corazón de Analía. Yo puedo acotar, después de haber leído lo que leí, que también su corazón perdía el rumbo. Era absolutamente razonable, porque el imán llamado Analía circundaba la rosa de sus vientos. Se alejaba de Analía, una mujer muy difícil, de convivencia imposible,para reintentar al poco tiempo un nuevo reencuentro. ¿Por qué tanta tenacidad por volver a ella?, le pregunté. ¿Recordás el film “Atracción Fatal”?, respondió. Eludí respondiendo: Vagamente.
Conmigo, no quiso hablar más del tema. Madre fue más explícita y me entregó una confidencia, o infidencia. Me dijo que abrumado por la culpa de ciertas infidelidades un día le confesó a Analía sus travesuras y le pidió la absolución de sus pecados. Resabio de su formación religiosa. Porque fue católico practicante hasta los diecisiete años, como su padre lo fue hasta el último aliento. ¿Ilusionó una absolución?, pregunté a madre. Sí, una ingenuidad. Sostenía que la infidelidad puede perdonarse, pero no la deslealtad, y que él siempre había sido un marido leal. Ojo con esos conceptos, le advertí a tu padre. Conmigo no arriesgues. Madre me aseguró que Papá respetó la ley de juego y lograron un matrimonio estable por más de veinte años. Me estoy desviando, volvamos a Analía.
La confesión resquebró los pilares del matrimonio. Se fueron agrietando día a día, no se derrumbaron al primer temblor. No me ocuparé de esto. Mi primera conjetura sobre sus obsesivos intentos por reconstruirlo, fue que intentaba recuperar la convivencia con sus otros hijos, deseo cada vez más intenso a medida que la militancia alejaba a los mayores.
En esto cavilaba cuando llamó Federico.
Llamó desde Buenos Aires, bien temprano. Me dijo que se embarcaría en el rápido a Necochea de las nueve de la mañana. Iré a buscarlo. Como llega minutos antes del mediodía le propondré un almuerzo. Tengo que salir del atolladero en que me he metido. Sabina y Marcos decidieron faenar hoy una ternera para abastecer de carne tierna al climatizador, un sistema muy difundido en el campo que mantiene frescos a los alimentos, en un ambiente natural creado artificialmente. La ensalada de anoche Sabina la preparó con lechuga fresca, arrancada hace cuatro meses. Estaba como recién cortada de la planta.
A Federico le gusta el Momo Viejo ubicado en la punta de la escollera, hay buen pescado. A mí también. Tengo mucho para hablar con él, vino blanco y almejas a la plancha mediante. Le pediré que trate de acompañarme mientras indago por esos mundos lúgubres de Papá. Le explicaré lo de las dos historias. Pero para avanzar en la que justifica la escritura de este libro necesito el soporte de su presencia, sus consejos, sus opiniones.
Es un día celeste. El Momo Viejo, una caja de cristal. Almorzamos como a la intemperie, sin ser castigados por el viento sin clemencia del Atlántico sur. Los rayos solares entran filtrados y brindan la temperatura que los cuerpos reclaman. Lo más sorprendente es la vista infinita de playas y mar, entorpecida apenas a la vera de la playa por bloques de rascacielos, y en el mar por enormes cargueros que aguardan en la rada para llevar al mundo alimento argentino desde este puerto que no levanta cabeza, por razones que no es del caso explicar ahora.
-Tres horas pasan volando, me dice Federico. Desayuno, vistazo en mi manzana a los diarios, CNN, leer correos, contestar algunos, y en un soplo estás sobre la vía elevada que cruza Mar del Plata. Ni tiempo para abrir bancos y controlar cuentas. Espero que me hayan acreditado los fondos prometidos.
-Para mí, los tres días fueron interminables. Deambular en soledad por esas páginas es una experiencia irrepetible. Te necesitaba.
-Aquí estoy.
-Para refrescar mi ánimo, te confesaré algunos chismes divertidos que me contó Papá a los pocos días de navegar juntos, cuando gané su confianza; los recordé al leer algunas páginas de los cuadernos.
Nos divertimos un rato, pero no es material para este libro.
Federico prosiguió:
-Arreglé las cosas para no volver a Buenos Aires. Podemos esperar la primavera aquí. Si hiciera falta mi presencia me tomo el tren bala y vuelvo en el día.
-No te moverás de mi lado.
-Un viaje corto de ida y vuelta.
-No.
- En honor a la verdad, mi presencia virtual allí es más que suficiente. ¿Pero tu madre...?
-La preparé, por teléfono, me aseguró que si extrañaba vendría. Lo dudo. Le aclaré que no me movería de aquí hasta organizar una primera versión del libro, que se llamará “Memoria de Papá”, o algo por el estilo.
-Me dijo que esperaba una nueva carta tuya.
-Sí, esta noche le mandaré un emilio.
-A mí no me cabe una almeja más. Tengo la sensación de habérmelas comido con las conchas.
-Volvamos al campo, hay tiempo para una siestita.
Por la noche escribí a madre:

Fecha: 4 de junio de 2023

Para orion2@filo.uba.ar

Asunto: Carta desde El Desquite

“Madre: He seguido con las lecturas y estoy haciendo anotaciones. Federico me da una mano, pero no estoy en condiciones de comenzar la tarea de una escritura formal. Por ahora son borradores. Es una tarea dura. Sobrevuelo el material, con algunas zambullidas. Los tres cuadernos, las cartas, los documentos, los recortes, papeles que Papá guardó y conservó durante años, esperan mi trabajo. Debo leer y releer; ordenar, clasificar, archivar y descartar; reflexionar, meditar, sacar conclusiones; apelar a mi memoria y a memorias ajenas; volver a grabaciones que no he vuelto a escuchar; entrevistar a gente de por aquí, que lo conoció; meterme en su biblioteca, un arcano insondable; reconstruir las charlas con Papá, un torbellino caótico. Menudo desafío. Además, evitar demasías, repeticiones y redundancias. Algunas inevitables, porque en los cuadernos hay dos tiempos de escritura sobre los trágicos sucesos de los años 76 y 77. La primera, fue en caliente, mientras sucedían. Hay otras redactadas cuando se aplacaron sus tensiones, en la tranquilidad de una “fazenda” paulista, o en otros lugares indefinidos. Por último, tendré que confrontar todo este material -que ha estado más de cincuenta años en reposo- con las vivencias más recientes del viaje a bordo del “Huayra”.
“Escucharé y pediré tus puntos de vista, madre. Pero antes quisiera comentarte que esta tarea la voy sintiendo casi como un deber, como un imperativo filial y hasta histórico. Es, para mí, un verdadero conflicto. Rechazo la idea de un mandato paterno, que no recibí en vida. Creo menos en el mandato de los muertos. Del padre que tuve recogí veladas insinuaciones. Es un tema mío. No puedo complicarlo al viejo. Contaré parte de la vida de un hombre que fue protagonista de una historia que no debe repetirse. En aquellos años muchos miraron para otro lado. Yo no puedo hacerlo. Quieras que no, estoy envuelta en el mismo torbellino. Sin que nadie me lo ordene, soy yo la que me digo: “Debo colocar una nueva piedra en el muro del Nunca Más”. Él no quería que sus papeles amarillearan para terminaran en un tacho de basura. ¿Puedo recriminárselo? ¿No es humano el instinto de inmortalidad? Pienso mucho en esto, quiero hablarlo con Federico. Analizaré dónde está el límite para no cruzar la frontera. No será la biografía de mi padre. Cuando él te pidió que algún día me entregaras sus cuadernos, fue consciente de que contenían solamente veinte años de su vida, con una historia tremenda. Era eso lo que no quería que fuera hojarasca llevada por el viento. No haré una mera crónica de los hechos. Narraré una historia vivida por decenas de miles de familias, dejando una llaga abierta en nuestra sociedad.
“Además, otros relatos atraviesan esos años. Para escribirlos, cuando cumplió cuarenta y cinco años, tuvo la idea de comprar un cuaderno y bautizarlo “Cuaderno para ser Feliz”. Hoy trabajo tres cuadernos. Son una ironía del destino estos “Cuadernos para ser feliz”. De difícil convivencia, están íntimamente ligados. El corazón de estos cuadernos late en esta anotación: Perdí tres hijos por desaparición e hice lo imposible para no perder otros tres por separación. Luché por recuperar seis hijos. Reclamé una quimérica “aparición con vida” de los mayores y traté de rescatar a los otros de los escombros de mi segundo matrimonio. No pude.
“No me siento obligada a dogmas ideológicos ni a cánones literarios. Poco entiendo de todo eso. ¿Novela, biografía, crónica, diario personal, memorias? Un poco de todo eso. Será algo múltiple. Unartefacto heterodoxo, lo hubiera definido Papá, si recuerdo bien lo que me enseñó cuando hablamos de literatura posmoderna. Espero que no exceda mis posibilidades. ¿Pretendo demasiado? Como psicóloga, madre, algo tendrás que decirme acerca de mí sobre exigencia. Te escucharé. Necesitaré de tu ayuda. Sé que te duele revolver esas úlceras. Pero madre hay una sola ¿no?
“Federico estará a mi lado. Nos entendemos bastante bien. Ayer le dije que escribiría una historia de vida. Preguntó, acentuando la “b” labial: ¿una historia debida? Capté el juego de palabras, señal de comprensión. También, respondí.
Te ama tu hija.”