domingo, 29 de septiembre de 2013

CAPÍTULO XVI - NI NOTICIAS NI CONSUELO

Llegó con media hora de anticipación. Pascualito querrá llevarle alguna receta a su patrona, comenté. Va muerto, sentenció Papá. No revelaríamos ningún secreto culinario. En el Huayra, la cocina era sencilla y práctica. Papá sostenía que para comer bien están los puertos, a bordo no hay que complicarse. Comida sana y sencilla. Navegar es preciso, comer no es preciso, entonó, parodiando a un viejo proverbio de antiguos navegantes. Pascualito nos encontró hirviendo arroz y abriendo un par de latas de atún. Esto siempre provee a bordo un buen plato de comida. No se ha inventado nada mejor en estas épocas de viajes a la luna. Enfriado el arroz, le agregamos el atún, dos lata de arvejas y un pote de mayonesa. Mezclamos bien y servimos con salchichas de viena doradas en la sartén. Pascualito echó una mirada dubitativa. Yo apunté con énfasis: ¡El mejor banquete náutico! No se si era lo que esperaba nuestro invitado, pero como él trajo una damajuana con vino clarete de estas costas, no se atrevió a decir ni mú. Rematamos con torta Chajá, y dulce de leche Conaprole. ¡Lo mejor de la cuenca del Plata!, exclamó Pascualito. Será, dijo le viejo. Agotada la damajuana, llevó del brazo a nuestro amigo hasta la escalera invitándolo a subir a cubierta, no fuera que encendiese en la cabina el toscano que había puesto en sus labios. Era ya la tardecita. Nos despedimos con tristeza y nos quedamos viéndolo alejarse en su bote con remadas cortas y firmes, hasta que se perdió tras un recodo.
Tuve la oportunidad de seguir hablando con Papá hasta el anochecer, cuando los mosquitos comenzaron su habitual ataque vespertino. Sus ojos y los míos se encontraban a cada instante, mientras parecíamos distraídos en otras cosas. Pero nuestras pupilas chocaban marcando el compás de nuestro diálogo. El canto oriental de las calandrias anunciaba el fin de un nuevo día. De aquella conversación me ha quedado bien marcada la angustia de él y la sorpresa mía. Por primera vez, me había confiado sus secretos.
Sus balbuceos de esa tarde en Carmelo los reencuentro en este cuaderno, que no solté desde que llegó a mis manos. Lo llevo a la galería que da al sur para disfrutar de las brisas que llegan del mar. Me gusta ese lugar. Descanso de mi lectura mirando el antiguo molino que cruje quejoso mostrando al girar la falta de ciertas aspas, como los viejos exponen el hueco de algún diente
Leo,
no tenía mayor ilusión por mis gestiones en Buenos Aires. Hice lo que tenía que hacer, con pobres esperanzas. Paraba en la quinta del Tigre, junto a mis otros hijos, me rodeaban familiares y amigos. Tenía consuelo. En San Pablo, no. Aquí estoy solo como un hongo. Durante medio año, a partir de la desaparición de Martín, no recibí un solo un llamado de Valeria y, durante dos meses, un silencio de radio de parte de José. Ni una carta, ni un telegrama de nadie. Absolutamente de nadie. Aunque cueste creerlo, ni de los chicos, ni de Analía, de quien esperaba, al menos, su preocupación para que yo recibiera algunas líneas de ellos. Fue siniestro, no se lo desearía ni a mi peor enemigo. Viví temiendo permanentemente una nueva desgracia, aferrado al “pas de nouvelle, bon nouvellle”.
Sí, cuesta creerlo, ni un mínimo consuelo por la pérdida de Martín, ni de su familia, ni de sus amistades. ¡Dos meses de un silencio estridente! En el caso de su familia actual, lo atribuyó a precauciones originadas por el miedo. Más extraño era el mutismo de los hermanos de Martín. Tiempo después supo que aquella conversación -aludida por José en su carta del 5 de octubre- había sido malinterpretada. Me confesó Papá que le dolía el corazón cada vez que pasaba frente al Bar Otto de los encuentros clandestinos con José. No tuvo ocasión para poner las cosas en claro. Me asombré, no era fácil que Papá deschavara su dolor. Me habló largamente sobre aquel momento de máxima angustia. La terrible saga desde el secuestro de Martín y su compañera embarazada; el mutis de Valeria y de José; el temor de que pudieran haber sufrido igual suerte; la falta de consuelo de familiares y amigos; su vida solitaria en tierra extranjera. Esa noche no avanzó mucho más. Me habló con angustia vigente, pese a los años transcurridos.
Mañana hojearé al tuntún el cuaderno, aprovechando que me espera un día tranquilo. Me detendré en las anotaciones que registran el tira y afloja con Analía tratando de reconstruir su matrimonio. Confieso que me entretienen. Ya declaré que, en definitiva, fue una dramática vivencia simultánea, que terminó mal. Yo las recorro generalmente con una sonrisa en los labios, me cuesta meterme en la tensión del conflicto. Y me ayuda para avanzar en la tarea emprendida.

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