Para mantenerse en contacto, Papá le dio a José el número de unas tías pidiéndole que lo llamara el 23 de mayo. Llamó puntualmente, como era habitual. Papá le contó qué hizo y supo hasta entonces. José se sorprendió de que Ada hubiese ocultado más de una semana a Tamara sin comunicarse con nadie. Trató de explicarle las razones, pero no logró serenar a José. Lo interrumpió. Intuía que era la última oportunidad para trasmitirle palabras decisivas,
le dije a José que seguiría ocupándome si me prometía dejar el país lo antes posible. Primero Martín, después Valeria, le dije: Si no te vas pasará lo mismo con vos. ¡Toda una familia destruida! Ya no puedo padecer en Buenos Aires las inútiles tensiones de estas peregrinaciones a la nada, sin al menos asegurar tu valiosa vida. Tu vida depende de que salgas ya del país. Me preguntó, ¿pedís que abandone mi lucha? Me pareció que la mejor respuesta era recordarle, una vez más, el mensaje de Espartaco: La primera condición para poder luchar es estar vivo. Tengo que pensarlo y consultar con mis compañeros. Te responderé en dos días. Le di otro teléfono para que me llamara a la misma hora al día siguiente. Pero él me aclaró que lo haría el subsiguiente, 25 de mayo. El 24, a eso de las diez de la noche, estaba en la quinta del Tigre conversando en el living con mi hermana mayor, su hija la Gorda , fiel y única compañera familiar en estos días. La Gorda me brindó una ayuda fundamental, de las muy pocas que recibí. Estaban, también, mi hija Mara, de dieciséis años, y Analía. De pronto veo la cara despavorida de Mara mirando el vidrio de la puerta de entrada, exclamando ¡Ay Papá! ¡Ay Papá! Veo a un grupo de hombres armados ingresar a los gritos, pidiendo que no nos moviéramos. Cuatro hombres con armas largas, vestidos a medio uniforme. Uno alto, cetrino, canoso, con un sobretodo gris muy largo, parecía ser el jefe. Gritan: ¡Dónde está Valeria! ¡Que se identifique Valeria! Les dije: Valeria no está aquí. Revisaron la casa de arriba a abajo. Los libros, uno por uno. Hurgaron los cajones. Nos reunieron a todos, incluyendo a los empleados de la casa. Otro grupo había recorrido previamente el jardín. Mi hermana se atreve: ¿Quiénes son ustedes? Uno, bajo, pelirrojo, de bigotazo militar, responde: ¡Fuerzas armadas conjuntas! Me interrogan, centrando las preguntas en Valeria. Les digo que vivo en San Pablo, he venido a visitar a los hijos de mi segundo matrimonio y me he encontrado con esta situación. Me muestra algunas fotos. Me piden identificaciones. Zafé como pude. Se llevan algunas fotografías, ninguna reciente. Estaba seguro de que no les servirían para nada. De algún cumpleaños, grupos de chicos adolescentes entre los que estaban Varia y José. Confieso que temblaba de miedo y me sentí cobarde. Siempre me asalta esa duda de haber sido cobarde, de no haber afrontado la situación con más valentía. Antes de irse el “grupo de tareas” les dije que la intempestiva visita de ellos me dejaba una esperanza: si la están buscando a Valeria, está viva. No llegue a esa conclusión, apuntó el hombre gris de gris. Trabajamos en cédulas independientes. Nosotros la buscamos. Otros pueden tenerla. Inclusive podría estar muerta. Muchos años después supe por Carla que Augusto estaba encerrado en el baúl de uno de los Ford Falcon que rodearon la quinta.
Al día siguiente llama José al teléfono convenido. Papá cuenta el episodio de la noche anterior. José dice que ya consultó con sus compañeros; estaban de acuerdo en que saliera del país. Lo hará dentro de algunos días, puestos a buen recaudo quienes de él dependían. Papá ofrece ayudarlo. José le explica que no hace falta; el partido tiene medios y organización para encargarse. Combinan un nuevo llamado, para dentro de dos días, a un departamento facilitado por la Gorda.
Entre los papeles encontré la copia de una esquela escrita por Papá a Matilde el 15 de agosto de 1977:
“Espero que te armes de todas las fuerzas necesarias para soportar tanto dolor y que podamos algún día alcanzar la dicha de vivir en un mundo más justo, poder mirar para atrás y ver la sonrisa de nuestros hijos”.
También la Carta de Lectores que le publicó el diario La Nación :
“Excesos no; genocidio
Señor Director:
El título de La Nacion del 30 de diciembre pasado que informa sobre el juicio sumario a los comandantes en jefe, dispuesto por el Poder Ejecutivo ‘Por los posibles excesos cometidos durante la lucha por la subversión’, me da la oportunidad de clarificar la reiterada confusión en que se incurre al atribuir a ‘excesos’ las terribles consecuencias provocadas por la represión antiterrorista.
Soy padre de hijos desaparecidos y he vivido durante estos dolorosos años experiencias que me permitieron profundizar en el conocimiento de este tema, lo que me autoriza para afirmar, sin lugar a ninguna duda, que la máxima responsabilidad de los comandantes en jefe de las Fuerzas Armadas no es por excesos efectuados en la lucha (que los hubo, sin duda) sino por haber planificado, instrumentado y ejecutado el genocidio por el que se exterminó a miles de ciudadanos de ideología izquierdista o sospechados de tenerla.
Esta teoría de Estado, impuesta por las cúpulas militares instituyó el secuestro como método de captura, la tortura generalizada como técnica de los interrogatorios, la detención de los prisioneros en cárceles clandestinas e infrahumanas, engrillados y encapuchados durante meses, y años, y su muerte a sangre fría en el momento en que se consideró innecesario conservarlos vivos.
Esta siniestra técnica se complementó con la institucionalización del concepto de ‘desaparecidos’, en un pretendido corolario de impunidad basado en la falta del cuerpo del delito, evitando testigos de las atrocidades cometidas.
Así fueron eliminados los llamados delincuentes subversivos y también miles de hombres y mujeres, que las propias fuerzas represoras llamaron ¨perejiles¨, la inmensa mayoría jóvenes adolescentes que seguramente hoy estarían incorporados a las esperanzadas filas ciudadanas dispuestas a ejercer y preservar, para siempre, la democracia en la Argentina.”
No figura la fecha en que fue publicada. Un descuido de Papá. Encuentro sólo el recorte pegado sobre una hoja de papel. Más tarde comprobé que fue publicado el 6 de enero de 1984.
En la quinta de Tigre, el 19 de agosto de 1977 escribió,
anoche me dijo Carla: No puedo dejar de pensar en los chicos ¡Si al menos supiera que están muertos! Pienso en el horror de sus sufrimientos, si aún los tuvieran vivos. Las imágenes me asaltan a cada momento: cuando me baño, cuando me visto, cuando me miro en un espejo. Y lloro desconsoladamente. Le digo: Carla, tenés que ahuyentar esos pensamientos. No dejarlos penetrar en tu mente. Y menos enredarte en ellos de esa manera. Es masoquismo, disculpame que sea tan crudo. Sólo produce tu destrucción y la de los que están a tu lado. Tus hijos, tu marido, Toti, te necesitan bien, fuerte, sana. Esa es la contribución que estás obligada a dar ahora. Pensá en forma positiva. Pensá que los chicos eligieron su vida y su martirio. Eran seres libres. Fueron felices, inmensamente felices, entregados totalmente a sus luchas por un mundo que querían más sano y más justo. Pensá en la grandeza y la fuerza de sus corazones. Pensá que Toti sobrevivió al riesgo a que estuvo expuesto. Y que lo tenemos, cuando podría ser hoy uno de los tantos pibes no identificados, que terminan en los orfelinatos o adoptados por quién sabe quién, hasta criados como hijos legítimos de los represores. Sé fuerte. Tenemos que ser fuertes. Sé serena. Me cuenta que anoche Toti pasó una mala noche. Y que a la madrugada se despertó hincado en la cama, llorando, con los brazos extendidos, y por primera vez gritó: ¡Mami, Mami, Mami! Le faltaban dos meses para cumplir dos años.
Dos días después, Papá se despierta una madrugada con la certeza de haber encontrado una respuesta a su pregunta número 10, de la enunciación que transcribí en el capítulo anterior: ¿Es o no casual que hayan secuestrado a José el mismo día en que Cacho dice haber concurrido a la heladería?,
Me desveló una tremenda conjetura: ¿Será que José al suponer que Valeria estaba viva desistió de su promesa de salir del país, decidiendo quedarse prolongando su estadía en el departamento de Cacho, presionándolo para que colabore hasta aclarar la situación de Valeria? ¿Será que entonces Cacho decidió salvar su vida y la de su familia?
*
Papá vuelve a San Pablo el 24 de de agosto. Anota un pensamiento de Eugene O´Neill:
“Creo que la tragedia tiene el significado que le dieron los griegos. A ellos los enaltecía, los impulsaba a vivir y a vivir más y más. Despertaba armonías espirituales más hondas y los liberaba de las pequeñeces de la existencia diaria”.
Si esta idea es válida, razona, con mayor razón lo es para él, porque la suya es una historia real, no una mera ficción.
Y continúa,
he llegado a San Pablo. Es poco más de mediodía y he estado escribiendo en mi escritorio, frente a la ventana. ¡Qué días en Buenos Aires! ¡Qué impotencia para enfrentar la desaparición de Valeria y de José! Digo a quien quiera oírme: No pido justicia, ni clemencia. Pido información. Que me digan qué pasó con mis hijos. Si están en cautiverio o muertos. Paralelamente padezco el deterioro de mi relación con Analía. Está muy mal y tendrá sus razones. Pero ya no soporto su neurastenia. No puedo ser ni siquiera comprensivo. Las duras defensas de las que me he rodeado para sobrevivir –físicas y mentales- me impiden transar, contemporizar, aceptar. Debo guiarme solamente por hechos objetivos y éstos me alejan cada vez más de Analía. Las broncas que ella me producía, muchas veces por cosas banales, empiezan a tomar profundidad. Pero me he propuesto –quizás no tenga otra alternativa- hablar solamente de modo positivo. Tengo que manejar mi relación con Analía como se vaya dando, mientras soluciono otros problemas. De aquellos días, rescato cosas muy lindas: la alegría de los chicos cuando les conté que volvería definitivamente a Buenos Aires; las conversaciones con ellos y los momentos que pasamos juntos; el tiempo que estuve con mis nietos, legado de vida dejado por sus padres; las conversaciones con los amigos; el mate de la mañana con Angelito, el jardinero y Juanita, la muchacha de toda la vida. Y el sentirme bien, a pesar de todo; con la cabeza sobre los hombros. Y con la voluntad de seguir adelante en esta maravilla que es reencontrarme con mis hijos y la futura proximidad con mis nietos. Es bueno saber que por algo tenemos los ojos al frente y ninguno en la nuca. Hay que mirar para adelante. Mi decisión está tomada: 1) Volveré definitivamente a Buenos Aires, 2) Viviré en la quinta con mis hijos. 3) Mi futura vida será un modelo para ello. Ahora cobran grandeza las conversaciones que tuve con José y Martín sobre ciertas actitudes mías con mis hijos menores. 4) Haré todo el esfuerzo necesario para convivir con Analía. Si no fuera posible, partiremos para nuestros respectivos techos, con la comprensión de los pibes, espero. Lo que quiero decir es que no haré abandono intempestivo del hogar. Los chicos tendrán que saber que si me fui hace tres años, no fue detrás de otras polleras, o para eludir responsabilidades. Fue porque no aguanté más (subrayado en el texto) mi relación de pareja. No incurriré en un nuevo error. En realidad, la pareja siguió funcionando con intermitencias. Ahora viviré con ellos, todos mis esfuerzos se concentrarán en conseguir lo que más quiero y siempre quise: vivir en un hogar con mi mujer y mis hijos. Estos dos años en San Pablo –este Cuaderno es el mejor testimonio- fueron un largo intento y una larga espera para lograr ese objetivo. Tengo esperanzas de que Analía colabore ya que no sería posible sin un aporte serio de ella. El amor y la compañía de mi familia, ahora con nietos, llenarán el vacío de tantos años.
El último día de agosto, un domingo claro con temperatura veraniega, despide sus navegaciones en la represa de Guarapiranga envergando su Ideé Fix. Surca en solitario sus aguas y arriba a un pequeño islote en el medio del espejo de agua. Hay buen viento y embica el barco en la costa. Podría ser, imagina, el único habitante de una isla en el medio del océano. Ha llevado su cuaderno y bajo el solitario cocotero de la diminuta playa, escribe,
son mis últimos días en San Pablo. Únicamente pienso en el momento de estar nuevamente en mi país, cerca del afecto de mi familia. La tragedia que me ha tocado vivir este último año parece una enorme pesadilla. Una pesadilla de la que no he despertado. Mis tres hijos mayores ya no están. Queda la presencia de sus martirios, que no serán inútiles. Sus vidas ejemplares me llenan de orgullo. Ese desinterés, ese altruismo, esa sensibilidad humana, pagando el precio de sus propias vidas. ¡Oh, cuántas reflexiones aún son necesarias para esclarecer mis ideas e interpretar el mensaje de sus sacrificios! Ya nunca más estaré solo. Siempre a mi lado, donde quiera que esté, me acompañaran Valeria, José y Martín, más vivos que nunca adentro de mi corazón!
“Es también cierto que toda esta vastísima preconización, incitación, y aún las violencias, parcialmente han beneficiado la conciencia moral de la humanidad
Teorías”
Gracias por las lindas palabras, Rafa
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