jueves, 19 de septiembre de 2013

CAPÍTULO XXVI - SOBRE TAMARA

En las siguientes páginas, recoge en un minucioso relato lo que Ada dijo: En la clínica le negaron que tuvieran allí alguna niñita. Ante su insistencia, la hicieron pasar a una sala contigua. Allí esperó, con su hijo y con su nuera que la habían acompañado, hasta que unos hombres de guardapolvo blanco se hicieron presentes, con rostro consternado, manifestándoles que la policía había pretendido dejarles, hasta que los familiares pasaran a retirarla, una beba como de año y medio, rubiecita, de ojos azules, abrigada con una caperucita de color rojo. Los hombres de guardapolvo blanco les dijeron que informaron a la policía la imposibilidad de hacerse cargo de una criaturita de esa edad, que la clínica no estaba en condiciones de atenderla. Comprobado su buen estado de salud, se retiraron con la niña. Les aconsejaron ir a la comisaría ubicada a la vuelta de la misma manzana. Y allí estaba. Allí estaba nuestra nietita Tamara, exclamó Ada, con lágrimas.
La policía los recibió con la siguiente versión: Recogimos a una menor abandonada en la calle. Llevaba un cartelito en el pecho con un número telefónico, y una cruz dorada colgada de una cintita rosa. ¡Una cruz dorada colgada sobre su pechito! Reaccioné indignada, les dije que era una burla racista, nosotros somos judíos. ¿Qué saben de los padres de la niña? Nada, cumplimos órdenes y la orden era entregar a la niña abandonada llamando al número telefónico prendido en su ropa. Sin más explicaciones, los policías le pidieron a mi hijo que retirara el auto de la puerta de la comisaría. Mientras lo hacía, le pidieron a mi nuera que atestiguara la entrega firmando el libro de actas. Y nos retiramos.
Tamara estaba correteando por la sala, con pasos inseguros, mientras su abuela relataba la historia. Tenía apenas dieciocho meses. Nos observaba y sonreía. Le pregunté a la abuela por qué durante ocho días no había avisado a nadie. Tamara había sido encontrada el día 13 de mayo y hoy era 21. Mi hijo me aconsejó dejar pasar algunos días. Todos teníamos mucho medio, no alborotar el avispero y pensar bien los pasos siguiente me pareció razonable. Yo podía comprender la desorientación provocada por el miedo y la impotencia que sufrían los argentinos en aquellos años del terror. No insistí. Me quedé un tiempo más junto a mi nieta. Tuve a Tamara en mis brazos, la besé y la observé detenidamente. Era muy bella y al ver sus enormes ojos redondos me pregunté qué imágenes habrían registrado esas retinas, apenas unos días antes. ¡Ah, si esos ojitos pudieran contarnos la verdad de lo sucedido!
Antes de retirarme le advertí a Ada que movería cielos y tierra para saber que pasó con Valeria y Pepe, y reclamé colaboración. La tuve. Ada no dudó en decir que me acompañaría.

Los jóvenes que actualmente se sacrifican son acusados, pero también son acusadores al demostrar que, en nuestro sistema social, algunos de los mejores jóvenes se tornan tan aislados y desesperados que nada, a no ser la destrucción y el fanatismo, les queda como salida a su desesperación.
Erich Fromm 
¿Tener o ser?

Al día siguiente Ada y papá marcharon a la clínica de San Antonio de Padua y a la comisaría que entregó a Tamara. Era, a su criterio, por donde había que empezar a tirar del hilo. Fueron los dos solos. Resultó una búsqueda infructuosa. Se encontraron con los que nada sabían y con los que creían saber, y con los que creían saber porque les habían dicho que le dijeron. Y vaguedades mayores: en la casa de aquí a la vuelta se llevaron a unos chicos... me contaron que ingresaron unos camiones con cadáveres en el cementerio de... algo pasó porque en el Hospital de Haedo, la semana pasada, llegaron ambulancias con muchos heridos...en tal parte comentaron que hubo... Todas enormes pérdidas de tiempo, acumulando angustia... Volvieron desalentados después de un largo día.
Con los que sabían, a Papá le fue peor. Un amigo íntimo, el Dr. Galarce, conocía a un general que los derivó a un subalterno que estaba en los cuarteles de Palermo. Allí fueron. Los atendió un capitán de rostro duro, mirada encendida por el odio y voz autoritaria. Papá me relató el diálogo mientras surcábamos el Río de la Plata, en medio de un escenario plácido y luminoso. Me costaba armonizarlo con la brutalidad de lo que escuchaba.
-¿A ustedes, quién los manda?
-El general Laprida.           
-¿Qué desean?
-Venimos a preguntar por mi hija desaparecida.
-¿Y por qué la buscan aquí?
- Porque el general nos indicó su nombre.
-Aquí no tienen por qué venir, aunque los mande quien sea. Sería mejor que preguntaran entre los amigos de su hija.
-No entiendo. Desapareció, y la Policía entregó mi nieta. ¿Qué tienen que ver los amigos?   
-Tuvo suerte si recuperó a su nieta. Pregunte a los amigos de su hija. ¿Usted no sabe que hay justicia sumaria entre ellos? ¿Usted no sabe que van a otros países mandados por la organización, y entregan a compañeros a los hijos que no pueden llevar?,
tuve que contenerme para no escupirle en la cara. Me fui apretando los dientes, conteniendo las lágrimas. Mi amigo, el Dr. Galarce, enfrentó al militar con mayor decisión y valentía que yo. Lo tuve que arrastrar de un brazo para llevarlo, mientras seguía increpando al milico. Estos soldaditos no son de plomo, le dije fuera del cuartel, disparan plomos. Era inútil seguir. Como me he propuesto ser en estos cuadernos absolutamente sincero, reconozco mi reacción timorata. Me faltó coraje para increpar al militar como lo merecía.
Papá desfiló dos semanas en infructuosos trámites, incluyendo la presentación de un recurso de hábeas corpus, respondido meses después con resultado negativo, lo habitual. Entrevistó prelados en el arzobispado de la ciudad de Buenos Aires y en la nunciatura, donde el año anterior le habían dicho que Martín “emprendió un largo viaje”. Apeló a periodistas conocidos. Bernardo Neustad le espetó: “¿Cómo me venís a preguntar una cosa así? ¡Qué querés que te diga! Vos sabés las cosas que pasan y por qué pasan.” Un miserable,remató Papá.

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