viernes, 27 de septiembre de 2013

CAPÍTULO XVIII - HISTORIA CLANDESTINA


 No estaba para salir al campo. Según Marcos habían llovido más de cien milímetros. Por cierto que el agua nunca viene mal, aunque éste no sea el mejor momento, ya que retrasará la siembra del trigo. Desde el ventanal observo los charcos formados en los bajos. La lluvia trajo un intenso frío. Conversamos con Fede, frente a la chimenea, acerca de la clandestinidad. Qué tema. Le conté las tribulaciones de Papá sobre la militancia clandestina de José, primero, y de Valeria después. La clandestinidad pone limitaciones. Suceden hechos impredecibles; hay ansiedades; hay incertidumbres; el último encuentro puede ser un último encuentro; hay ambigüedades; hay comportamientos extraños. Rarezas, como la de recuperar una nieta por el difuso recuerdo de un idioma de la infancia. Federico me escuchaba con atención. A veces me parecía que quería interrumpirme, o preguntarme algo, sus labios balbuceaban. Yo no le di calce y seguí comentando lo que me enseñó Papá.
La clandestinidad era así. Imponía sus marcas hasta a quienes vivían su vida normal.  Antes de viajar a Buenos Aires Papá llamaba desde San Pablo a la quinta para confirmar su arribo. Así, sus hijos militantes sabían dónde y cuándo encontrarlo. Los lugares y las fechas eran convenidos en la última cita, nunca por teléfono. No fue fácil, José desde mediados del año 1975 ocultaba su identidad con un documento falso, y nadie conocía su domicilio desde que una brigada de la Triple Aarrasó su modesta casita en un barrio de las afueras de Buenos Aires. Salvó entonces su vida por milagro. Lo estaban esperando dentro de la casa. Los vecinos alcanzaron a advertirle, y él escapó perseguido por los tiros, hasta que logró subir a un colectivo en marcha. En la carrera perdió sus documentos. Los compañeros que lo aguardaban fueron secuestrados y nunca más se supo de ellos. Después de este episodio, Papá sólo pudo encontrarse con José un par de veces. En ambas llevó a su compañera Pinky, y a Toti. La primera vez, fue en un recreo de la ribera de San Isidro, perteneciente al Sindicato de Taxistas. La segunda, en el Parque Ceferino Namuncurá, cerca de Ezeiza. Martín ya no estaba. Esperaron a Valeria, pero no llegó. Papá no la veía desde aquel encuentro familiar en la quinta del Tigre, antes de la desaparición de Martín. Había pasado casi un año. Aguardaron varias horas la llegada de Valeria, Pepe y Tamara. No llegaron. Habrá un malentendido, dijo José. Me contó el episodio un padre vacilante, quizás por sospechar que la ausencia se debió a no querer encontrarlo. La esperanza de reunir nuevamente a toda la familia, ahora con la punzante ausencia de Martín, no pudo ser. Bloqueados por ese vacío, pasó unas horas con José y Electra, jugueteando con el Toti. Me interesó conocer el diálogo. Respondió que poco fue lo que pudo hablar, José estaba muy nervioso y pendiente del reloj. Me quedó la impresión de que Papá prefirió la ambigüedad.
Después supe más. La desaparición de Martín y Cristina había perturbado la relación de Papá con Valeria y José. La falta de noticias de Valeria no le llamó tanto la atención. Valeria escribía poco. Pero el alejamiento de José fue extraño. Sobre esto hablamos en otra oportunidad. Durante el crucero fue envalentonándose, no se si esa es la palabra. En realidad, se ablandaba a medida que ganábamos confianza. Me reveló que su peor momento fue después de la desaparición de Martín, sumado a no saber cómo comunicarse con los otros hijos. Cada día presentía una nueva desgracia. Dependía absolutamente de la iniciativa de ellos, de sus llamadas, de que escribieran, de que no se alterara la rutina de los códigos. Fueron días de un persistente calvario,
ni la más mínima brisa llega del sur para templar mi solitaria estadía en la tierra extranjera.
Hasta que recibió esa carta de José restableciendo el diálogo. Avanzo,
¡cómo pedir comprensión a una juventud tan enajenada en esta lucha! No supo escuchar ni el último argumento con el que pretendí convencerlo: Espartaco sostenía que para poder luchar, la primera condición era estar vivo. Yo no justifiqué la tortura. ¡Dios mío, cómo iba a hacerlo! La tortura es un mal absoluto. Jamás se puede justificar. Quise hacerle entender a José que las fuerzas armadas, decididas a aniquilar lo que llamaban la “subversión”, empleaban la tortura como una lógica militar: consideraban que eran el único medio para lograr confesiones inmediatas y quebrar la organización celular de la guerrilla. Lo habían aprendido, le expresé, de los militares franceses que lo aplicaron en Argelia. Hablé crudamente: Allí, como aquí, mataban una vez obtenida la información. No me equivoqué, pero me quedé corto. La “desaparición” de los cuerpos para garantizar la impunidad, no responder a presiones internas ni externas, y no rendir cuentas nunca ni a nadie, fue un “invento argentino”, tan argentino como la picana. Algo más le dije que contribuyó a nuestro distanciamiento. Le dije que empecinarse en continuar la lucha en tan claras condiciones de desventaja era una actitud suicida, como la de los bonzos asiáticos que por aquellos días, para imponer sus ideas, se inmolaban prendiéndose fuego. Este comentario también me condenó. Era muy difícil el diálogo, realmente. Una carta de Pepe, escrita a Matilde, me hizo ver la inutilidad de mi intento. Esa carta refleja claramente el grado de ciega convicción que les impedía escuchar cualquier consejo.
Papá me habló de ella con una aflicción que persistía pese al transcurso del tiempo. Me dijo que Matilde le había enviado una copia desde París. La  encontré aquí, entre la maraña de papeles. Transcribo sus partes más relevantes:
“En circunstancias como éstas, sin duda, todos reflexionamos mucho sobre la senda en que hemos encaminado nuestras vidas...Hemos dicho que nuestra lucha iba a ser dura. Y estamos madurando y templándonos en ella. Hemos dicho que el capitalismo genera tremendas miserias de todo tipo y que para frenar a la revolución se llegaría a las peores crueldades. Hemos hablado de Vietnam y lo tenemos en casa. Finalmente, hemos sabido por el Che, que en una revolución se triunfa o se muere, si es verdadera. Lo sabemos hoy en la sangre de nuestros hermanos y amigos. En nuestra diaria, dura y difícil convivencia con el horror y la muerte. También, finalmente, sabemos que el Revolucionario es optimista y tiene una inmensa fe en el hombre y en el futuro. Porque sólo ese optimismo histórico, esa confianza en el hombre, nos alimenta para sobrellevar las más duras pruebas...Históricamente, LA VICTORIA ESNUESTRA”.

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