Termino el sobrevuelo y caigo sobre mi objetivo: finalizar la historia de Martín y Cristina. La armo, entresacada de páginas escritas por Papá con una letra que denuncia que le temblaba el alma. Al día siguiente de la fecha del secuestro, el 27 de julio de 1976, Martín cumplía veinte años. Vivían en una modesta vivienda, en la parte trasera de otra ubicada muy cerca de Puerta 8, una de las entradas a los cuarteles de Campo de Mayo. Cuando Papá fue a la casa encontró destrozados los muebles, desparramados por el suelo libros, ropa, papeles, retazos de géneros, los colchones abiertos a cuchillo y absolutamente nada más que vacío y desolación. Habló con los dueños de casa y con vecinos. Todos expresaron gran cariño por esa pareja de jóvenes, “que eran tranquilos y parecían tan felices”. Dijeron: nunca advertimos que allí se celebraran reuniones o viniera otra gente. Ni siquiera les conocíamos amigos. A veces los escuchábamos cantar y tocar la guitarra. Agregaron que esa tarde, estando ausentes, vinieron en camiones del ejército militares uniformados. Rodearon la manzana, destrozaron la puerta y ocuparon la casa. Los esperaron adentro y, cuando llegaron, a la nochecita, los capturaron a los golpes y a los gritos. El ruido fue infernal, salieron milicos por todos lados. Ninguno de nosotros pudo advertir a los chicos lo que pasaba. Nos habían dicho que al que salía de su casa lo mataban. Contó un viejito haber visto, tras el postigo, cuando los metieron adentro de un Ford Falcon verde. “Al que habla le pasa lo mismo”, gritaron antes de partir.
No puedo dejar de señalar extrañas coincidencias: El mismo día que lo secuestran, 26 de julio de 1976, Martín le envía a Papá una carta contándole orgulloso que iba a ser padre. Yendo al correo a despacharla, por casualidad encuentra en el camino a José. Martín alcanza a decirle rápidamente, porque el partido no permitía encuentros callejeros, “voy a despachar la carta en la que le cuento al viejo que esperamos un hijo”. Al día siguiente -es obvio que sin conocer ni la carta ni el episodio- Papá escribe el poema LA ANGUSTIA.
Sobre cómo influyó la muerte de Martín en sus hermanos, recuerdo lo que hablamos una noche oscura, serena, estrellada, con una suave brisa del norte que nos desplazaba a tres o cuatro nudos muy cerca de la costa uruguaya. El diálogo fue,
- Que Martín haya sido el primero en caer, siendo el último en comprometerse, sin estar siquiera en la clandestinidad, ¿fue una fatalidad, no es cierto, Papá?
- Así es. Es una observación inteligente. Creo que él no quiso mantenerse al margen, estando sus dos hermanos tan comprometidos. Yo no estoy seguro de que haya querido “meterse”. Sí, darle una mano a los hermanos, sin tener en cuenta el riesgo que corría. Así es la juventud.
- Creo que sus hermanos tampoco lo tuvieron en cuenta. ¡Qué inconciencia!
-Tenés razón. Operar un trasmisor desde las puertas mismas de los cuarteles de Campo de Mayo era más que un riesgo. Era una temeridad. Ni siquiera había dejado el trabajo. Había que tener coraje.
- ¿La empresa donde trabajaba era una fábrica de artefactos de radio y de comunicación, no?
- Sí. Por eso siguió en el trabajo. Conseguía los aparatos con los que operaba y alguna otra ventaja técnica, probablemente.
- Los hermanos se habrán sentido muy culpables, seguramente.
- Yo creo que por eso siguieron la lucha “a muerte”. Ellos no podían sobrevivir al hermano. Cuando cayeron, más de un año después, estaba claro que era el fin. Hasta sus líderes estaban muertos o habían salido del país. José, que fue el primer militante de ellos y el último en caer -nunca lo he dicho hasta ahora- a pesar de haberme prometido abandonar el país, se las arregló para seguir la misma suerte.
- Algún día me gustaría profundizar esa historia.
- Podrás hacerlo cuando yo no esté. Está en mis Cuadernos.
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