martes, 17 de septiembre de 2013

CAPÍTULO XXVIII - TODA LA VERDAD

Carmelo Bruzzone era un buen vecino de la quinta del Tigre que acompañó a Papá en el deambular de esos días, después del llamado de José aquel 21 de mayo de 1977. Cuando José preguntó si había hablado Valeria estalló un nuevo escenario. La tensión por la militancia clandestina de sus hijos mayores mutó a la angustia por el destino de Valeria -¿capturada?, ¿muerta?- y a la zozobra por José, pisado en los talones por las botas represoras. Carmelo, era el padre del mejor amigo de Juan. Vivía con su familia en la casa de enfrente y le ofreció un refugio alternativo en un chalecito ubicado a pocas cuadras, para evitarle sumar al vía crucis cotidiano de esos días las tensiones de su crisis matrimonial.
La botella de champagne quedó sin abrir. No hubo festejo. Era pasada la medianoche. Corrió por la oscuridad del parque hasta ganar la calle, huyendo de la locura vivida en el viejo caserón y de la música rockera de la fiestita. Caminó a paso firme por las solitarias calles de la noche tigrense, acompañado por los perros. Los que vagabundeaban en la calle y los que ladraban tras las rejas de las casitas del barrio. Llegó postrado al albergue ofrecido por su amigo, preocupado por la conversación pendiente con los padres de Pinky, la compañera de José. En ese encuentro Carla y Augusto iban a informarle los sucesos de los últimos días. El llamado de Valeria obligaba a barajar y dar de nuevo, era necesaria una reunión diferente y más amplia; congregar a los miembros de ambas familias.
Papá organizó un encuentro inmediato sumando a Beto, el marido de Matilde recién llegado de París, donde residían desde el secuestro de Martín. Era un encuentro trascendentalísimo para reconocer el nuevo panorama y coordinar futuros pasos. Qué decirle a José cuando llamara a la una de la tarde. ¿Contarle todo, parte, o nada, sobre los llamados de Valeria? Ese sería el tema principal. Resolverlo no era fácil. Existían tremendos riesgos para José, Pinky, y el pequeño Toti, era necesaria una acción coordinada y compartida. El encuentro fue a la mañana siguiente en una confitería del centro de Buenos Aires. Carla no fue. Papá informa con amplitud a Augusto y a Beto los sucesos de la noche anterior. ¿Era Valeria, estás seguro? Era su voz, no tengo otras certezas. La primera conclusión fue unánime: es un ardid para atrapar a José, así no fuera la voz viva de Valeria. Hubo coincidencia en que ella confiaría que entendieran que estaba forzada a pasar ese mensaje. “No puedo escucharte, no me digas nada”, era la obvia señal de que hablaba una prisionera. Además, no llamaría espontáneamente a la quinta, a un teléfono intervenido, pidiendo encontrar a su hermano. Tampoco lo haría a esa hora de la noche, la organización no lo permitía. Se discutió el camino a seguir: ¿Ocultar, no decirle toda la verdad, ponerlo al tanto de todo, de su visión completa? Tomó un buen tiempo de discusiones. Había que resolverlo ya y lograr una opinión acordada. A la una llamaría José y había que estar al pié del teléfono convenido Era ya mediodía. Finalmente se resolvió informarlo minuciosamente y anticipar la convicción unánime del grupo de que se trataba de una maniobra para capturarlo. Papá tuvo la voz cantante. Creía firmemente que no debía ocultársele absolutamente nada. Sólo él, José, estaba en condiciones de manejar todos los datos para resolver lo más conveniente,
¿Engañarlo para preservar su vida? ¿Habría seguridad de que así fuera? ¿Teníamos derecho a hacerlo? ¿Y si sucediera lo contrario? ¿Si cayera por desconocer los hechos? Hubo acuerdo. Teníamos la obligación moral y práctica de contarle todo, de colocarle todas las cartas sobre la mesa.

No hay comentarios:

Publicar un comentario