Federico terminó de huronear su Analia´s Story. Dejó marcadas las hojas donde figuran las anotaciones más relevantes de los intríngulis conyugales de Papá. Sus devaneos comienzan en la primera página de estos “Cuadernos para ser Feliz”. ¡Qué paradoja! Yo me enfrasqué en la otra historia, hasta que asumió la impotencia de recuperar a sus hijos. Cuando comenzaron sus cavilaciones acerca de continuar o no su expatriación voluntaria, seguí mis recordaciones marineras a lo largo de la Côte Beige charrúa. Federico, de tanto en tanto, perturbaba con chismorreos. Le pedí limitarse a ubicar las páginas imperdibles, para ojearlas cuando pudiese. Había superado mi ansiedad de examinar estos cuadernos, iniciados el mismo día de cumplir cincuenta años. Tuvieron un destino impensable en aquel momento. Acumulé varias carpetas con documentos, ordené el caos de los papeles encontrados, hice anotaciones en mis libretas. Algún día escribiré el libro con sus memorias. Empezaré de a ratos, zambulléndome de cabeza cuando termine mis estudios. No tengo aún resuelto el título, barajo algunas alternativas.
Suspendo las evocaciones náuticas para enfrascarme en las tribulaciones conyugales de Papá. Son las últimas páginas del primer cuaderno, escrito en San Pablo, adonde pretendió llevar a su segunda familia para refundar su hogar,
por aquellos días yo cumplía el primer año de análisis con Alba. Estábamos investigando al juez que llevo adentro. Cómo me juzgo y cómo juzgo a los demás. Alba trabajaba la idea de comprender, evitando juzgar. En mi familia materna era habitual el permanente reproche de nuestras conductas. Críticas despiadadas movilizaban constantes agresiones. La terapia me permitió corregir mis estructuras mentales, ser más tolerante y comprensivo. Comprender debe ser algo natural, no el producto de arduas reflexiones. Así no sirve. En algún momento estallará la bronca.
Rubrica,
¡Peace, please!
(23 de julio de 1975)
Resumo: el año 75 transcurrió con las mismas idas y vueltas, rupturas y reconciliaciones, del año anterior. El encuentro con Analía, cuando ella le comunicó que no viviría en Brasil, quedó asentado de esta manera,
el 13 de agosto, en el departamento de Arce, me dijo que no iba. Fue al finalizar un diálogo sereno, sin tensiones. Sentada en el pequeño sofá de dos plazas, yo sobre la alfombra, frente a sus rodillas, comenzó un lento hablar de otras cosas. Soslayaba el motivo central del encuentro. Yo miraba esa cara de perdurable belleza, que durante tantos años compartió mi almohada, un rostro juvenil resistente a la depredación del tiempo. Mientras hablaba, yo soportaba como siempre sus incoherencias, y recorría con mis ojos el delgado cuerpo, deteniéndome por unos instantes en sus pechos redondos, que encendían mi libido como en el primer día; observaba el vientre apretado por ajustados blue-jeans, el detalle de sus manos de huesos grandes pobladas de baratijas; y esa boca, la única parte de su cuerpo que denunciaba un imperceptible rictus de contenida tensión.
Me dijo: Ayudame.
Le dije: ¡Fuerza, carajo!
Traté de provocar el desbloqueo que reclamaba. Luego agregué: Estoy preparado para las dos respuestas: la que espero y la que no quisiera.
Fue entonces cuando, de modo muy natural, anunció:
-No voy.
No sé si era la respuesta que yo esperaba, mucho menos si era la que deseaba.
(27 de agosto de 1975)
Analía desaparece del escenario por más de dos meses. Sobre su atribulada relación conyugal, anota:
Nuestro amor sobrevive a los intentos
Que hemos hecho los dos por destruirlo.
(7 de noviembre de 1975)
Dos endecasílabos, acentuados en la sexta sílaba. ¿Proyecto de un soneto? Me hubiera gustado hablarlo con él.
Así voy llegando al final del primer cuaderno, el primer tomo de su vida, según Papá. Falta un “happy end”, como en los cuentos de hadas o en las buenas -¿o malas?- películas. ¡Ay, viejito, no haber leído este primer tomo antes de nuestro viaje!
Sigo leyendo, ya termino,
hace un mes, escribí cosas impensadas. ¿Yo soy yo? Inconstante, como el tiempo, a veces tan largo, otras tan corto. El mismo lapso calendario, puede ser un instante o la eternidad. Aquél yo, no soy éste yo. Hace un mes, ¿o un año?, fue el último reventón. El otro día seguí mi impulso y llamé a Analía. Tiré por la borda mis reflexiones y lo que decidí como definitivo lo borré con siete giros del disco telefónico. Conversando con ella tuve una gran alegría y una paz inesperada. Prometió venir. Hoy el silencio se prolonga y enfrento a mi ángel exterminado. Volví a llamarla. Otra vez su voz me llenó de plenitud. Hice bien. Ahora sé que viene. Cuidaré nuestro amor con una fuerza semejante a la que antes usé para destruirlo. Al escribir las últimas hojas de este “Cuaderno para ser Feliz”, a dos años de iniciados, después de tanta lucha, creo haber logrado el objetivo que me propuse cuando escribí: “quiero emprender la obra más importante de mi vida...la de ser feliz.” Repito las mismas palabras: Mi felicidad será la nuestra, estaré junto a vos siempre, Analía. Ahora sé que es posible. Te espero.
(8 de diciembre de 1975)
¡Al pobre poeta le hicieron otra vez el verso! Qué ingenuo, por no decir en otra cosa por respeto filial. No vaya a ser que ande escondido por estos ámbitos y que ruja el ogro. Ahora que lo conocí mejor no me asustaría, me convenció: no soy un lobo con piel de oveja, soy una oveja con piel de lobo.
Si el cuaderno “termina bien” es porque Papá cortó las dos últimas páginas. Censura definitiva excluida con su navaja. Jamás sabremos qué decían. Las anteriores a esta mutilación, están cruzadas por una raya. Papá se arrepintió y las tachó sin destruirlas. Podría ignorarlas, respetar su testado. Pero no debo hacerlo. Me propuse no guardar secretos. Por lo tanto, las revelo. Cruzado con una línea en diagonal puede leerse,
más de dos meses sin volver a los cuadernos. Estaba bien terminar así. Qué mejor cierre para este primer volumen de mi autobiografía. Qué otro honroso final para estos dos últimos años tumultuosos, inciertos. Autobiografía, así nombra, por primera vez, a sus cuadernos.
el 18 de diciembre volví de Brasil para pasar las Navidades en la quinta y despedir el año 1975 junto a mi familia, con los chicos, Analía... y su comitiva. Yo esperaba un festejo en la intimidad del hogar, una fiesta familiar. Después de tanto tiempo volvíamos a convivir en nuestra vieja residencia del Tigre. Esperaba la comprensión de Analía, el reconocimiento de la importancia de pasar estos momentos en la privacidad de nuestro hogar. ¿Privacidad? Compartí las fiestas rodeado de un montón de personajes de la farándula, frecuentadores habituales de la quinta, amigotes y amigotas de Analía llenaban sillones y camas. Los toleré a regañadientes. Sospeché que serían compensaciones por sus recientes soledades y presumí una despedida por su próxima partida para vivir conmigo en Brasil.
La onda ilusoria se le había pegado como un moco neurótico,
fueron unos días muy buenos, reavivaron mi esperanza de salvar nuestra relación. Ella prometió partir pronto con los chicos, y rearmar la familia aquí. Mientras tanto, redondearé mi terapia con Alba.
Llegué a conocer muy bien a Papá. Más su personalidad que sus historias personales, inaccesibles y enigmáticas. Mantengo inalterado el mismo concepto que me formé de él como padre. Y llegué a quererlo más después de leer las últimas páginas que pretendía culminar con un “happy end” cinematográfico. Cruzado por la línea de la censura leo,
volví a San Pablo con esperanzas, me sentía feliz. Vine con Juan, me acompañó como hijo y como amigo. Ambos esperábamos el momento dichoso de que se reuniera toda la familia. El 14 de enero, después del cumpleaños de Analía, llegaron Mara...
Fin por ablación. En la retiración de la contratapa vuelve a las andadas. Con tinta negra y letra grande,
testo las dos últimas páginas y corto las siguientes. Este cuaderno merece el final del 8 de diciembre de 1975. Me equivocaba. El cuaderno era para construir ilusiones, aunque después la realidad las derrumbara. Hoy a las 16,15, llega finalmente Analía.
(San Pablo, 2 de febrero de 1976)
Los chicos llegaron primero, después Analía. En tren de conjeturas imagino tres escalas, mostrando una vez más la eterna vacilación. Las páginas testadas trasmiten una dudosa esperanza, las arrancadas demolían un castillo de naipes y, en la retiración de la contratapa, vuelve el reflujo de siempre.
Voy comprendiendo cada vez más el tono irónico y misterioso empleado por Papá las mil veces que me repitió la coexistencia de una historia y una historieta. Nunca profundizamos. Mis intentos por aclarar las cosas fueron respondidos siempre con un ya verás, un tal vez, o algún día. Ahora lo sé. Lo que él insistía en llamar la historieta, avanza unas páginas sobre el segundo de los cuadernos,
siento una tremenda opresión y la angustia me duele como una úlcera... Hace casi dos semanas que se fueron. Ahora sé lo que es extrañar. Sé lo que es necesitar una familia. ¿Si un hombre que nunca la tuvo añora tenerla, qué puedo sentir yo después de formar dos, de tener seis hijos y dos nietos, y una mujer, que quiero y me quiere; cómo soportar mi estadía, en un país extranjero, la incomprensión en mi trabajo, la frustración de no haber podido conservar lo que amo y la duda de haber elegido mal este destino?... Estoy esperando la respuesta de Analía. Se fue hace un mes y prometió escribirme... ¡después de reflexionar con su analista! Está pensando demasiado, le da vueltas y vueltas al tema. Realmente no aguanto más... Mis trabajos con Alba me han dado fortaleza para poder seguir. Estoy expuesto a prenderme de la primera mano cálida que encuentre... Son las once de la noche. Mi corazón es de plomo. En el páramo de mi departamento, “La Pasión según San Mateo” rebota en las paredes. Lleno con Bach todos los vacíos... Ayer lloré, ¿pero a quién le importa?... “Estoy construyendo un muro en torno a mis sentimientos”, le escribí a Analía. ¡Qué frío!
(San Pablo, 15 de marzo de 1976)
¡Ay, esa brújula desquiciada...! Fue comenzar a despedirse de Analía, volver a San Pablo, y la aguja comenzó a girar nuevamente. ¿O debería decir que la aguja enloqueció?,
pasaron casi dos meses de mi último encuentro con este cuaderno. Y también pasaron muchas cosas. Vino otra vez Analía, después de escribirle que me ayudara a desprenderme. “Chau, querida Analía, le decía”. No le pedía que volviera, pero ella volvió....
Dice que lo pasaron bien. Hicieron un viaje por el interior paulista y conversaron mucho Volvieron juntos a Buenos Aires y, cuando regresó a San Pablo, Analía lo acompañó... hasta el aeropuerto,
nos despedimos dulcemente, como sabiendo que algo importante estaba pasando entre nosotros... Aún la veo a los saltitos despidiéndome detrás de las puertas de vidrio... Anoche no pude más y la llamé. Escuché su voz y hablé con los varones. Fabián me dijo: “Papá, yo por vos puedo llegar a morirme”. Juan me preguntó por la bolita que me había dado en Buenos Aires diciéndome: “tomala, ésta es mi bolita ganadora”.
(San Pablo, 3 de mayo de 1976)
La contra ola se aleja de su playa. Escribe un día antes del secuestro de José,
Ya comienzan a aflojarse algunas amarras ¿Habrá llegado el momento de comenzar a navegar?
(28 de mayo de 1976)
Veinte días antes de recibir el llamado que lo ingresa al túnel del horror anota,
¡Hacéla fácil, piba!
(13 de julio de 1976)
Estallaba la tragedia, en pleno conflicto matrimonial. Nunca entenderé cómo pudo soportar simultáneamente ambos trances al mismo tiempo. Me opongo a trivializar su largo conflicto matrimonial. Se le desmoronaba su familia actual y arrastraba en la catástrofe otros tres hijos. Quedaba más solo que una boya a la deriva. En algún momento pensaré por qué le paso esto. ¿Por un mero azar de la fortuna? El azar se filtra por las grietas del destino que uno construye. El arquitecto fui de mi propio destino, repetía, citando a Amado Nervo, el admirado poeta de su juventud. En la biblioteca encontré las obras completas, subrayadas y comentadas en los márgenes.
-¿Cómo se llamará tu libro? Mis lecturas me han despertado curiosidad, dispara Federico.
-Creo que lo llamaré MEMORIA DE PAPÁ.
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