domingo, 15 de septiembre de 2013

CAPÍTULO XXX - LA TORRE


Caminábamos por Colonia una espesa mañana, cálida, calma. Algunos veleros arribaban con las velas flácidas, o arriadas, apurando sus motores. Venían de una larga noche con destellos amenazantes en el horizonte, buscando abrigo en el puerto. No había amarras disponibles, nadie zarpó esa mañana. Conversábamos con Papá cuando de pronto se detuvo, olfateó el aire, inquieto, como si percibiera algo. Propuso que fuéramos hacia el río, subiendo la misma calle empedrada que ayer descendimos para llegar a la vera del puerto. Llegamos a un murallón de piedra sobre el que se apoyó, mirando a lo lejos, en dirección a Buenos Aires, escondida detrás de una mácula gris a lo largo del horizonte. Inclinado sobre la balaustrada de piedra Papá parecía rezar, mientras yo observaba hacia el sudoeste el ancho río. Vi oscurecerse el cielo y avanzar un nubarrón negro,
Es el cigarro, no el humo de un cigarro. Es el cigarro mismo, inmenso, descomunal. Viene rolando desde lejos y arrasa con lo que encuentre, siempre desde el tercer cuadrante de la Rosa de los Vientos. Es el Pampero. En pocos minutos lo tendremos aquí. Es bueno que nos sorprenda en tierra firme y no en medio del río. Ya nos tocará alguna vez. Cuando veas que el río se encalma y a lo lejos el agua encresparse, el pampero está encima. En pocos minutos volará todo y la temperatura bajará diez o más grados. Primero habrá silencio. Un instante después se oscurecerá el día y dejaremos de ver el faro Farallón. Envuelto en la nube pampeana, la avanzada de polvo abre paso al aire frío y el espacio se llena de un olor excitante, un tufillo a tierra húmeda que viene cruzando el río. Ese olor me emborracha.
Hinchó varias veces los pulmones y me pidió que hiciera lo mismo. Continuó:
Vayamos a La Torre, el mejor atalaya para el espectáculo que se viene. Después seguiré con mis añoranzas. Hay una confitería construida en lo alto de una torre de piedra, abandonada por muchos años. Alguna vez imaginé tener allí mi torre de marfil. Una biblioteca circular a lo largo de la escalera de dos pisos, donde tendría los libros leídos. En el tope, una gran mesa redonda cubierta con los que esperaban mi lectura ávida. Los ventanales a todo horizonte -la torre simulaba ser un faro- permitirían levantar la vista, en las pausas, hacia el río abierto, ancho y angosto para Onetti, hacia las islas, hacia las playas de arena blanca, hacia la extensión ondulada del campo uruguayo. Al alcance de mi mano, estarían La Divina Comedia, Ulysses, Crimen y Castigo, La Guerra y la Paz, La Condición Humana, En Busca del Tiempo Perdido, 2666, y otros libros que me avergonzaba no haber leído aún. Eran tiempos de soledad y frustración. Era un ermitaño al borde de la locura, un lobo estepario. Ahora hay aquí una confitería; por razones de tiempo últimamente no he subido. Por razones del tiempo que he vivido, que debilitó mis rodillas. Hoy lo haremos, con el auxilio de tu hombro.
Desde ese lugar privilegiado, hacia el noroeste, vimos las islas que habíamos cruzado, la costa de la bahía, sus barrancas, sus casitas en lo alto, las arboledas y la vieja estructura de la Plaza de Toros. En pocos minutos el pampero estuvo sobre nosotros confirmando la profecía de Papá. La oscuridad borró la escena con furia de nubes de tierra y golpes de agua, chispas inmensas nos ensordecieron y los altos cúmulus descargaron destellos zigzagueantes a lo largo del horizonte, en busca del polo contrario. Primero el viento invadió la calma, luego azotaron las gruesas gotas y finalmente se descargó el granizo y vibraron los ventanales. Veinte minutos después salió el sol entre las nubes del Oeste. Todo duró casi tanto como el café fuerte y sabroso de nuestros pocillos de vidrio, doble propósito; para café o grapa, a la uruguaya. Los uruguayos toman café tinto, los yankees café clarete. Ideas de Papá.
Volvimos al Huayra y en la cabina encendimos el horno, recurso práctico para levantar temperatura en pocos minutos. Nunca me explicó por qué en materia de confort a bordo jamás aceptó modernizarse. Nos acompañó Pink Floyd, con suave música de fondo.
Ahora sí, una caña de durazno, para entonarse.

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