miércoles, 11 de septiembre de 2013

CAPÍTULO XXXIV - EL VITO


-Para salir al macadán hacelo por la tranquera de atrás. Hacia la izquierda te va llevando un entoscado; lo seguís, pega varias curvas; cuando se tapa, doblás a la izquierda y cruzás el puente del Quequén; cuando se tapa, doblás otra vez a la izquierda y te lleva derecho al macadán; allí hacés como cinco leguas en dirección a Juárez, hasta otro puente sobre el mismo Quequén; a la derecha, verás un flor de balneario y a la izquierda montes de eucaliptus; ni bien lo cruzás, a la izquierda, hay un cartel que dice “La Dulce”; un asfalto te lleva a lo que queda de la vieja estación; cruzás las vías que están sobre la mano derecha; seguís por un camino de tierra derechito, bueno, con algunas curvitas, hasta un lugar donde de nuevo se tapa; allí hay dos pinos altísimos y una balanza sobre la mano derecha; seguís por ese camino hasta encontrar, sobre la izquierda, una tranquera y un cartel que debería decir, si pudiera leerse, “Club Danevirque”, o algo así; al lado, uno más nuevo dice “Asilo Dinamarqués de Ancianos”; hay un camino entre plátanos y al fondo los restos de una casona en un parque abandonado, que supo ser un hermoso jardín. Al costado, la laguna donde el Vito y sus primos, dueños de esos campos, hacían güinserf; si seguís un poco más, sobre la derecha del camino, frente a la laguna, está “La Orientala”, el campo que fue de tu papá. Pero no sigas, entrá al Danevirque y preguntá por Vito. ¿Me seguiste, no?
-Te seguí, Marcos, pero llegué mareada. Faltó que agregaras ahicito nomás. ¿Podrías anotármelo y dibujarme un mapita? ¿Qué distancia es cinco leguas y qué es eso de cuando se tapa?
-Cinco leguas son veinticinco kilómetros y acá decimos “cuando se tapa” al cruzarse otro camino, porque no podés seguir. Estás obligada a doblar a la derecha o a la izquierda. Hacerte un mapa me parece medio complicado, mejor te lo anoto.
-Mañana voy, despertame temprano.

Llegar al Dannenvirke, el Club dinamarqués, fue una proeza. Después de mil idas y vueltas, finalmente llegué. El portón estaba abierto, y entré nomás. Algunos perros salieron a torearme. Bajé de la camioneta cuando se acercó un hombrón alto, erguido como una palmera, despeinados los mechones canos, ensortijados, caídos sobre los hombros, enmarcando una cara roja y curtida, salvo la frente que conservaba la blancura de la niñez -éste hasta dormía con la boina puesta, imaginé-. La nariz, más bien tosca, surcada por venitas violetas, denunciaba cierta afición por el vino tinto. Los ojos miraban firmes cuando me preguntó:
-¿Usted, qué quiere?
-Soy la hija del que fue el dueño del campo de enfrente.
La dureza que irradiaba se desvaneció. Un aura de dulzura lo envolvía cuando apoyó sus manazas sobre mis hombros antes de abrazarme un largo rato, sin pronunciar palabra.
-¡La hija de don Rafa, el patrón de Marcos, el capitán del Huayra! –exclamó al apartarme–. Me tomó la cara entre sus manos y me estampó un beso en la frente y en ambas mejillas. Un olor a estiércol se desprendía de la aspereza de sus palmas.
-Seguime.

Me llevó hacia una larga galería con vista a la laguna. Nos sentamos en unos sillones de mimbre. Otros ancianos deambulaban por allí.
-Mi Papá me habló mucho de usted, don Vito.
-¿Murió tu papá?
-Sí.
-No era inmortal, como decía.
-Tenía esas cosas.
-¿Cuándo?
-Hace cinco años.
-¿Qué te trae?
-Busco recuerdos.
-No me faltan.
-Cuénteme.
-Apareció por aquí, a fines de los ochenta. Me acuerdo, porque dijo ser alfonsinista y por acá no lo queríamos a Don Raúl, presidente en ese entonces. Compró el campo de enfrente, es cierto. Mi padre que era medio bruto para decir las cosas, así somos los dinamarqueses, le preguntó por qué se había llegado hasta aquí para comprar un campo tan malo. Quedó medio cortado tu viejo, me contó el mío. La respuesta fue más sorprendente. Le dijo que buscaba buenos vecinos y sabía que en estas colonias dinamarquesas había gente muy buena y agricultores de primera, opinión que no todos nosotros compartíamos. Además, porque a tu mamá le pareció ese campo muy entretenido, con el Club de enfrente y la laguna. Con este último comentario mi padre casi se desmayó. Para él un campo debía elegirse por la calidad de la tierra y la conveniencia del precio, como es lógico. Bueno, el tuyo se incorporó al grupo y le dio empuje. Yo no sé nada y eso es bueno, decía, pensamiento lateral es lo que hace falta. Después supimos lo que quería decir con eso. Fue el primero por aquí en impulsar la siembra directa. Sembrar sin arar la tierra, sabrás. Nos ayudó a romper rutinas y preconceptos. Los chacareros cambiamos poco y de a poco. Espiamos tras los alambrados mirando lo que hacen los vecinos. Si vemos buenos resultados, los copiamos. ¿Sabés qué nos decía tu viejo?
-Siempre decía cosas...
-Nos decía: La tierra hay que trabajarla teniendo en cuenta que es un bien escaso y con la esperanza de que uno sea inmortal.
-Qué bueno que lo recuerde. Sabe don Vito, Papá lo apreciaba mucho, decía que usted era una persona muy culta y también muy religiosa, ministro de la iglesia anglicana, tal vez.
-Y ahora cuido chanchos, mirá vos. Bueno, vamos por partes. Yo fui un gran lector, es cierto. Como nunca me casé, el tiempo que otros pierden con sus mujeres, me lo pasé leyendo libros. Y también por ser soltero y religioso me hice fama de pastor. Y yo la dejé correr. ¡Minga!
-Hay tres temas que quisiera preguntarle, Don Vito. Uno es sobre una cita bíblica que usted mencionó cuando hablaron de mis hermanos desaparecidos, los tres hijos del primer matrimonio de Papá; otro, se refiere al Infierno del Dante, y al que vivía mi padre en esos años; y el tercero es sobre el Moby Dick de Melville, que usted sacó a relucir cuando Papá habló de los muertos sin tumba, después de entonar: “Mi tumba no anden buscando porque no la encontrarán”. Por último, quisiera que me cuente aquél cruce que hicieron en el Huayra desde la costa uruguaya, cuando se despertó el vikingo que usted lleva en su sangre y a Papá el vasco de sus ancestros.
-Vamos por partes:
Primero, la cita bíblica. Yo de eso me acuerdo perfectamente; me olvidé de muchas cosas, pero no de ésta. Hablábamos sobre esos chicos entregados con fanatismo a una lucha política, idealista. A muerte, porque sabían que iban a morir. Mataban y morían para apurar la historia, sostenía tu papá. Hablábamos sobre heroísmos y martirios. Acá poco sabíamos, o poco queríamos saber. Nuestra comunidad vivía en el campo, en las casas construidas por nuestros padres o abuelos, casas dinamarquesas, jardines como los de allá. La mayoría ignoraba lo que pasaba. Cuando alguien nos contaba esas historias respondíamos, “por algo será”. Yo no leía los diarios, pero sí diariamente la Biblia. Así fue que le comenté a tu papá unos versículos que están en el libro de Daniel, Daniel 4, donde cuenta el secuestro de jóvenes hijos de Israel, mandados apresar por el rey de los Babilonios, Nabucodonosor. Nabucodonosor se dio cuenta de que la única manera de derrotar a Israel era utilizando la inteligencia y la sabiduría de esos jóvenes. Eran la elite del enemigo. Le mencioné estas palabras de la Biblia: “Debían ser niños en los cuales no hubiera ningún defecto, que fueran buenos de apariencia y tuvieran perspicacia en toda sabiduría y familiarizados con el conocimiento y discernimiento de lo que se sabe”. Tu papá me respondió, palabras más, palabras menos: Los reyezuelos de aquí, en cambio, temieron la inteligencia del enemigo y decidieron que desaparecieran de la faz de la tierra todos, hasta adolescentes de catorce años, o menos. Algunos, como Massera, se sintieron nabucodonosores y trataron de usar al enemigo secuestrado para sus propios planes. Esta alegoría bíblica fue motivo de una interesante conversación con tu padre. Así fue que me enteré, por boca de él, de cómo era esa juventud que nosotros aquí, enterrados vivos en nuestras tierras, desconocíamos, salvo que algo estaba pasando. Eso es lo que recuerdo, desdibujado y fragmentado, pero tengo muy clara la idea central.
Segundo, el Infierno del Dante. Cierta vez le dije que el suyo había sido como el peor de todos los infiernos visitados por el Dante de la mano de Virgilio, el del Séptimo Círculo, custodiado por el Minotauro. Allí se castigan las maldades humanas dirigidas a joder a otro ser humano. En el Primer Recinto del Séptimo Círculo, están condenados los violentos, rodeados por un río de sangre. Él rechazó mi generalización, eso justifica la teoría de los dos demonios. Discutimos. Le costó entender que yo solamente hacía una descripción objetiva de un texto genial. Le aseguré que la idea más aterradora del Infierno del Dante era la de ser un lugar sin esperanzas. Tu Papá me interrumpió,
lo mío fue peor, había esperanzas que nunca llegaban, manejadas por demonios para cumplir mejor sus designios. Hubiera preferido la eternidad sin esperanzas del infierno dantesco, y no la mía, esa eternidad menos un día que nunca llegaba. Una espera eterna es peor que no tener esperanzas.
Me habló de un libro, o un cuento, de un español. No recuerdo su nombre, ni me interesa, porque para mí lo importante son los conceptos discutidos. Fue un diálogo profundo y doloroso. Para él y para mí. Él enfrentaba un personaje de ficción, encarnado por mí; yo tenía en frente de mí a un condenado en carne y hueso. Parece un juego de palabras, lo pensé muchas noches. Tu viejo no tenía razón. Nunca se lo dije.
Tercero, Hermann Melville, Capítulo VII, La Capilla. Una capilla de balleneros, con varias lápidas de mármol en la pared a ambos lados del púlpito, en memoria de quienes se perdieron en el mar. O fueron arrastrados por una ballena lejos de la costa y nunca volvieron. O fueron muertos por cachalotes. Recordaciones de camaradas, hermanas y viudas. En ese entonces yo lo recitaba de memoria, ya no. Quisiera leértelo, esperame unos minutos mientras busco el libro.
Aproveché para mirar la laguna, un espejo de agua que multiplicaba los juncos y se teñía de rosa con la infinidad de flamencos inmóviles, parados sobre una pata, que de vez en cuando picoteaban la superficie para pescar algún pejerrey. Como respondiendo a alguna oculta señal, súbitamente levantaban vuelo y se perdían en el horizonte para regresar del paseo en pocos minutos. Cuando volvió el Vito con el libro, forrado en papel, me dijo:
-Este ejemplar es una joya, primera edición, con una excelente traducción de Enrique Pezzoni y un formidable prólogo de Jaime Rest. Te leo, está en la página 88: “¡Ah! ¡Tú, que tienes a tus muertos enterrados bajo la verde hierba, tú, que de pie entre flores, puedes decir: ‘aquí yace mi bien amado’, tú no conoces el dolor que anida en pechos como éstos! ¡Qué amargo vacío tras esos mármoles orlados de negro que no cubren cenizas! ¡Qué desesperación en esas descripciones inalterables! ¡Qué ausencias mortales, qué inconfesada incredulidad en esas líneas que parecen recorrer toda Fe y negar la resurrección a seres que, privados de toda morada, han muerto sin tumba! Esas lápidas podrían haber estado tanto en Elefanta como aquí”. Aquí, en la Argentina, acotó tu padre cuando terminé el recitado. Eso fue lo medular de aquella charla que, por lo que me decís, quedo bien grabada también en la mente de tu papá y lo ayudó a revisar sus propias ideas sobre el entierro de los muertos. Medio disparatadas, respetando su memoria.
Y por último, el crucero: Fue una experiencia única, impensada. Cruzamos a Colonia, tu padre al timón. Volvimos con un viento del sudeste, bastante fuerte, casi de popa. Lo que no se le ocurrió a la ida, con vientos calmos, me lo propuso a la vuelta: confiarme el timón. Tené cuidado de no cruzarle la popa al viento, fue toda su indicación. Desde el primer instante me sentí poseído, reencarnado en el vikingo de mi árbol genealógico, ginecológico, decía tu viejo, y timoneé como un experto. Tu papá no podía creerlo, aunque me dijo estar convencido de que hay una memoria celular, en los cromosomas, o algo así, que lo hace a uno conservar remotas habilidades de los ancestros. Esa tarde me dijo que escribiría un artículo sobre “los vikingos de tractor” en una revista que él editaba para la empresa donde trabajaba, Temas y Fotos, la tengo en mi casa.
-Podría seguir hablando varios días, pero creo haber cumplido tu pedido.
Con su permiso copié el párrafo que me leyó del Mobby Dick y los datos de la edición que él tenía. 
-Volveré otro día don Vito, si no le parece mal. Pero me quedó picando algo que usted mencionó: ¿Por qué dijo que ustedes  “eran muertos enterrados vivos en sus tierras?”
-Trabajar la tierra de nuestros mayores fue para nosotros un mandato ineludible. La tierra no la vendíamos, aunque nos fundiéramos año tras año, ya que su fertilidad estaba agotada y las extensiones se reducían por la ley de la herencia. Era al pedo hacerla rentable, ni en los mejores años. Nos azotaban prolongadas sequías. El viento quemaba los campos. Cuando soplaba del norte el cielo se oscurecía con la tierra volada. “Y el viento se hizo sentir sobre la tierra, removió el polvo y se lo llevó”. Palabras de John Steinbeck, nosotros también tuvimos nuestras “Viñas de Ira”. Empobrecidos y envejecidos, seguíamos cumpliendo la voluntad de nuestros antepasados. La tierra era un bien común de todos, vivos y muertos. Estábamos atrapados por la tierra, éramos los "Prisioneros de la Tierra”, como ese título de una vieja película argentina. Nos liquidaron en una época nefasta, cuando gobernaba un presidente al que muchos se referían como “el innombrable” y para otros era “el gorila musulmán”. Así lo llamábamos aquí, cruzando los dedos. Los dinamarqueses no tenemos pelos en la lengua, no nos iban a correr con esa acusación de que éramos racistas. Los bancos recuperaban sus créditos impagables ejecutando sus hipotecas, quedándose con nuestras tierras. Fuimos despojados miserablemente de nuestras propiedades. Muchos murieron. Otros, se volvieron a Dinamarca. Yo y algunos primos nos quedamos aquí, defendiendo nuestro lugar. Antes de pegar la vuelta, te alcanzaré un lechoncito, algunos pollos y varias docenas de huevos para Marcos y su mujer, que antes de trabajar para tu padre, cuando eran muy jóvenes, trabajaron conmigo. Volvé cuando quieras. Yo no pienso morirme, lo aprendí de tu papá.
-Volveré don Vito, queda mucho paño para cortar.
No volví.

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