viernes, 13 de septiembre de 2013

CAPÍTULO XXXII - CON FEDERICO


Hasta aquí llego. Planto. Tengo material suficiente para analizar con Federico que me está sacando el cuerpo, o yo lo supongo. Pretendo que me escuche, que medie entre el texto y yo, que modere el conflicto entre narrador y autor en lucha permanente por el papel que les otorga la literatura. Federico cayó de improviso con sus amigotes a buscarme en el hotel. Por lo que vi a primera vista no tuvieron una pesca exitosa, forzaban sonrisas, disimulaban el fracaso. De la caja de la camioneta emergían varios equipos de cañas. Busqué con curiosidad entre bicheros, carretes, tanzas, anzuelos, cajas metálicas y bolsas de lona, y sólo reconocí un tiburón; el cuerpo de un tiburón al que le habían extirpado la mandíbula. Cuando subí uno comentó: no es muy grande, no llega a metro y medio; otro: pero dio trabajo; otro: luchó mas de tres horas. Y Federico: saldrán buenos bifes de ese lomo, Marcos los hará al disco, o a la parrilla. Esperaré a que hagan la digestión y propondré el retorno. No sé cómo obviar la mala educación de tener que despedir a sus amigos, pero necesito ya hacer mi propia digestión con Federico. Además, tengo pendiente un demorado emilio para madre.
-Ahora me escucharás.
-¿Te sentiste abandonada?
-Fue de común acuerdo. Busqué la soledad. No me equivoqué. Imposible leer juntos el material de estos días.
-Me gustaría seguir con los líos matrimoniales de tu padre. Qué cosa, ¡además de su tragedia tener que padecer el drama matrimonial!
-Antes te esperan páginas muy amargas.
-En algún momento pediré un respiro.
-Es razonable, aunque quizás merezcas más que un respiro después de descender a los infiernos de Papá.
Por la noche le conté a Federico lo leído durante la semana que él se entretuvo con los tiburones. A partir del día siguiente, durante seis largas mañanas y un rato a las tarde, entre siesta y mate, trabajamos con los cuadernos de Papá. Cambiamos ideas. Me ayudó a tomar notas. Sus preguntas, a veces ingenuas, eran para mí otra manera de encarar las cosas. Me daban el beneficio de otra mirada, un punto de vista desde un territorio ajeno, neutral. Para Federico el terror de hace cincuenta años fue un episodio más de la tenebrosa historia argentina salpicada de enfrentamientos desde que la alumbró aquel sol de mayo.
En los tiempos libres arreglé los canteros del parque, avisté los pájaros que merodean por aquí -hasta hemos visto algún faisán-. Y tangos al anochecer, los preferidos de Papá: Amurado, Hotel Victoria, El Pollito, Canaro en París. Y La Cumparsitasiempre, alguna de las cien versiones que tenía Papá. Ambientarme era parte de mi trabajo. Y para Federico una curiosidad. Para complacerlo también puse algo del rock de su discoteca, créase o no: Pink Floyd, Deap Purple, Rollling Stones, y Los Beatles, no faltaba más. Por la noche, adormecíamos con los noticieros pulseando con Federico. Él prefería CNN y yo Econeco Informa. Discusión inútil la mayor parte de las veces ya que nos quedábamos dormidos a poco de transar sobre el canal.
Después de la tercera jornada Federico pidió recreo y yo necesité descanso. Fue el momento de acompañar a Marcos en el inicio de la siembra del trigo. En el afán de meterme en cualquier coto para cazar recuerdos, se me ocurrió palpitar emociones similares y ocupé el lugar de Papá en el tractor, junto a Marcos. Conversamos despreocupados, tan cómodos en la cabina del monstruo de 500 caballos como en el living de San Isidro, arrastrando la sembradora de sesenta surcos. Federico quedó en la casa, chismorreando los conflictos matrimoniales de Papá. Cuando volví quiso oír unos tangos. Yo trabajé en la escritura de las historias que le oí contar en Colonia.


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