Tengo un par de días -confieso que perdí la noción del tiempo- para continuar la lectura antes de que vuelva Federico con sus amigos y los tiburones. Solo he bajado de mi nido en el cielo para comprar comestibles en la despensa, frecuente pretexto para ventilarme a nivel del mar y cruzar algunas palabras con el prójimo. Desde mi atalaya disfruto de la inmensa soledad del océano y de la ventosa placidez de estas playas desérticas. Contemplarlas desde las alturas del Ecos del Mar es un descanso visual y mental. Así avanzo. Quebrar la soledad, tener presente cada tanto que el mundo existe, no me viene mal. Pedí que no me pasen llamadas e ignoré la existencia de internet. Mi celular, apagado. Verifico mensajes al mediodía y al atardecer. Por fortuna nadie se acordó de mí. Todo bien, entonces. Madre debe estar esperando un nuevo emilio. La tengo abandonada. Escribirle, será lo primero que haga cuando vuelva al campo. Sigo zambullida de cabeza en los cuadernos de Papá, no sea que mi tarea quede inconclusa y él desternillándose en el otro mundo. Él solía referirse a el otro lado de la tranquera, no creía en el más allá. Yo, no sé, lo estoy pensando. Cavilo. Hay cierta permanencia en los recuerdos, en las emociones, en los sentimientos, que siguen ligando a las personas allende la vida y de la muerte. Por eso dudo. Buen tema para hablar con Federico en estos días. O más bien con madre, cuando vuelva.
Continúo con la historia, siempre temerosa de perderme en el desorden de estos cuadernos, en el laberinto de lugares y fechas que entorpecen una ordenada cronología. Papá anotaba sin método, al toque, a medida que necesitaba descargar bagayos, despreocupado de una escritura lineal, fluida, adecuada al transcurso natural del tiempo, salpicada siempre con ocurrencias y citas. Yo debo ser más cuidadosa. Evitar el formato fragmentado de los cuadernos. No es que deteste la narración fragmentada, es un recurso retórico y una virtud literaria. Pero la historia –y qué es lo que me ocupa sino una historia- no es una danza de saltos acrobáticos. Debo evitar confusiones. Trataré. Es difícil.
Analía lo acompañó unos días en San Pablo, quizá por eso Papá, por un tiempo, no escribió nada. Cuando ella volvió a Buenos Aires abordó nuevamente sus cuadernos,
la historia sobre Valeria la interrumpí el 30 de junio, cuando anoté a vuelo de pluma mi primer encuentro con Ada. Estaba con Analía en San Pablo. Habíamos convenido pasar juntos unos días y, por su presencia y por el dolor de anotar aquellos recuerdos, interrumpí mi relato. A partir del 5 de Julio comencé con la otra historia, la de José; y me concentré en ella. Ahora estoy en una fazenda, en Bragança Paulista, invitado por Isa. Es un día de sol brillante. Traje un sillón hamaca de la casa y escribo en la veranda frente al paisaje ondulado, verde y rojo, de estas tierras. Vuelvo al día en que le pedí a Ada que me acompañara a recorrer la zona donde encontraron a Tamara. Voy a rememorar y a reescribir mis anotaciones: Volvimos a la comisaría que entregó a Tamara. El oficial que nos atendió repitió la versión de que habían encontrado a la niña abandonada en la calle, con un número de teléfono prendido en el pecho. Allí llamaron, nada más podían decirnos. Pregunté cómo era posible que mencionaran a “la hija de Valeria”, si en su pecho solo figuraba un número telefónico. “Es todo lo que puedo decirles”, remató. Entonces nos retiramos. Preguntamos a una señora que atendía en la esquina un puesto de diarios. Nada. A varios vecinos. Nada. Se nos fue el día. Solo tres palabras recibimos como única respuesta: No sabemos nada. Volví en los días siguientes solo, buscando noticias que pudieran orientarme. Nada. Recordé que Juanita, la noche del llamado de Valeria, me comentó que vivía cerca de ella. Se enteró al encontrarla en el tren. ¿Casualidad? Fui entonces al distrito General San Martín, barrio Matera, donde Juanita tenía su vivienda entre modestas construcciones de clase obrera próximas a la estación Merlo. Visité la capilla, hablé con los curas. Nada. Fui a la oficina de Asistencia Social del Hospital de la zona. Nada. Entrevisté al párroco de la iglesia. Nada. Mi amigo el Dr. Galarce trataba de obtener informaciones entre militares conocidos. Nada. El General Dutra le había confirmado el año pasado que Martín y Cristina estaban muertos, afirmación que me dejó, en aquel momento, un amplio margen de dudas. Pero esta vez, nada. Ningún informe de origen militar. Salvo un extraño episodio protagonizado por uno de esos camanduleros que nunca falta, fraguadores de informes intencionados, vendedores de pescado podrido, obedientes soplones de los represores. Un joven abogado, el Dr. Fabrizio, me citó a un juzgado para darme una noticia muy reservada: “Valeria fue muerta al resistirse con una ametralladora en la puerta de su casa”. Yo no le creí. El informante aquél, estaba casado con una prima de Matilde, era funcionario de tribunales, y sobrino del Dr. Ítalo Luder, fugaz presidente peronista conocido por familiares de Pepe. ¿Por qué y para qué largó esa bolada?
(Bragança Paulista, 7/8/77)
La noticia era falsa, quedó en claro cuando poco después se tuvo la certeza del secuestro de Valeria en la escalofriante historia que le tocó vivir a Papá a partir del llamado telefónico. Soportó varias veces este tipo de informaciones descabelladas. Delirios, maldades, estupideces, órdenes siniestras, mensajes al servicio de los servicios. Éste fue un claro ejemplo de las vejaciones soportadas.
*
José cumplía veintitrés años el lunes 30 de mayo de 1977. Planearon volver a reunirse con Augusto y Beto en la confitería de Santa Fe y Callao, ese mismo día, a las ocho de la noche. Augusto traería la información del encuentro de José con el emisario. Hasta ese momento, siempre había mencionado la existencia de un “emisario”. Nunca dijo que sería él, en persona. Papá le había entregado trescientos dólares y quinientos cruceiros para los gastos de José cuando viajara a San Pablo. Papá llegó puntualmente. Augusto ya estaba, pero no Beto, que envió a alguien de su amistad, Clarisa Saslavski. No le pareció bien a Papá meter en el baile a otra gente, fuera de la familia íntima. ¿Para qué? Beto se justificó alegando que era de la más absoluta confianza de él y de Matilde. Papá recalcó que la situación exigía cumplimiento formal, absoluto y exacto de lo acordado. Cuando Augusto dijo que fue él quien se encontró con José, Papá no abrió la boca, para evitar en ese momento un conflicto. Escuchó. Dijo Augusto: la espontánea reacción de José fue afirmar que era una trampa del enemigo, que no iría. Valeria tiene otros medios para hacerme llegar un mensaje de esa naturaleza, al último lugar que llamaría es a la quinta. Y jamás a esa hora de la noche. Coincidió plenamente con las conclusiones que le trasmití. Convine no volver a encontrarme y cortar toda comunicación. José se encargará de contactarme, si fuera necesario. Más de una preocupación quedó en el ánimo de Papá. Entre otras, si José cumpliría su promesa de salir del país. Estaba en eso, arreglando los documentos. No necesitaba ayuda de afuera, afirmó Augusto. Dijo que le había entregado el dinero. No sabía si el cruce lo haría por la frontera fluvial o por vía aérea, ni si lo acompañarían Pinky y Toti,
confieso que quedé estupefacto. El mensaje había sido entregado. Pero como estaban las cosas en Buenos Aires sorprendía que Augusto tuviera contactos personales con José, por más precauciones que tomaran. Muy imprudente. Sabíamos que los métodos de inteligencia de las fuerzas represoras eran eficientes y eficaces. No se andaban con chiquitas. El seguimiento de familiares fue una de las formas para atrapar gente. La oportunidad no podría haber sido peor, porque José ese día cumplía años y en los cumpleaños se intensificaba la vigilancia. Pasó con Martincito. Conocíamos otros casos. Me sorprendí más cuando me enteré de la frecuencia de los contactos. Supe que el 13 de mayo, allanada su casa, Pinky fue al domicilio de sus padres, se bañó, dejó a Toti y permaneció un buen rato.
(3 de junio de 1977)
Tenía razón Papá. José cayó el día de su cumpleaños, el 30 de mayo de 1977. Retomemos la historia. Desconectado por completo, Papá continuó unos días tratando de lograr información sobre Valeria, mientas esperaba el nuevo llamado prometido por José. Pasados unos días sin noticias, confiando en su promesa de salir del país resuelta la situación de unos compañeros a su cargo, Papá decidió volver a San Pablo y esperarlo allí. Nada más podía hacer ya por Valeria. Lo acompañó Analía, que volvió casi enseguida. El 30 de junio escribe en los cuadernos la historia de Valeria. Y una semana después,
Riberao Preto, 5 de Julio de 1977, 0,30 horas. Recibo un llamado de Analía en el Hotel Bradesco. Me dijo sin vueltas: “apareció Toti”. Al principio no entiendo, estaba profundamente dormido. Después reacciono. ¿Qué pasó, por Dios? Analía me cuenta que al llegar ayer a Buenos Aires, Mara le dijo que habían llamado de una comisaría avisando que el Toti había sido entregado por un matrimonio que había aceptado cuidarlo una semana, bajo amenazas. Pasados quince días, como no vinieron a buscarlo, entregaron el niño en la comisaría. Según los policías, ahora estaba a cargo de una asistente social. Le pido a Analía que avise al otro abuelo, Augusto, dándole el teléfono. Le pido que lo haga de inmediato. Tomo un Valium 5 y logro dormir. La otra opción era enloquecer. O morir. Y tengo que vivir.
Decide volver a Buenos Aires. Tres días después, escribió a bordo del avión,
hace poco más de un mes volaba a Buenos Aires feliz de reencontrar a mi familia, con una reunión convenida para encontrarme con José y Valeria. Ahora, regreso nuevamente. ¡En qué poco tiempo transcurren tantas cosas! Hoy ya no sé si Valeria y José viven, o si en cautiverio sufren brutales tomentos. Mis nietos en casa de los otros abuelos, librados del infierno por manos asesinas, en circunstancias oscuras, de oscuridad definitiva. Habrá un profundo cambio en lo que me resta vivir. Intentaré seguir vivo, pero haré cambios. Fresco el relato de lo acontecido con Valeria comienza esta nueva historia sobre mi querido hijo José. Santo y carpintero, como el otro José. Después del llamado de Analía, tuve la confirmación de que Toti ya estaba con Carla y Augusto. Decido volver a Buenos Aires para continuar con la rutina de informarme, indagar, peticionar, golpear puertas, realizar tramitaciones. Por tercera vez emprenderé el calvario de buscar a un hijo “desaparecido”. Me cuesta adoptar la siniestra jerga de los militares. Sé que es penoso e inútil el esfuerzo. ¿Pero qué otra cosa puedo hacer? ¿Puedo no hacer? Frente a Analía y los chicos, definiré el futuro.
En el aeropuerto lo esperaba Augusto. En el auto, rumbo a la ciudad, la primera pregunta fue para saber si podía ser optimista y encontrar vivo a José. La entrega del Toti, como antes la de Tamara, ¿justificaba esperanzas? Augusto le dijo que era optimista.
Cuando llegaron a la casa de Augusto, Toti dormía. Abrazó a la abuela Carla, a quien conoció en ese momento. Unos mates, pocas palabras, conjeturas, tristeza. Augusto lo llevó después a la quinta del Tigre. No hay referencias del reencuentro con su familia.
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