El día 27 de mayo, según lo concertado, José llama a Papá al departamento prestado por su sobrina, “la gorda”. Como siempre, lo hace puntualmente. José recibe una detallada información de las gestiones hechas para tratar de ubicar a Valeria. Él confirma que está preparando documentación para salir del país. Cumplirá su promesa. Convienen un nuevo contacto para el domingo 29 de mayo, al mediodía, en la inmobiliaria de una hermana de Papá, un número muy fácil de recordar y ubicada en una zona tranquila, casi deshabitada en un mediodía dominical. Mientras tanto papá vuelve a lugares donde suponía poder encontrar la punta del hilo que lo llevaría al episodio de la captura de Valeria, o del supuesto enfrentamiento armado, según una de las versiones que le trasmitieron. Recorre la periferia del barrio de la comisaría donde entregaron a Tamara, más iglesias, más comisarías, más hospitales, más clínicas, más salas de primeros auxilios. Pregunta en comercios, kioscos, y aprieta algunos timbres. Ninguna noticia concreta recibe sobre hecho alguno que hubiera sucedido en fecha cercana al 13 de mayo.
El sábado 28, al promediar la tarde, desde un bar lejano del oeste de la Capital, llama a la quinta del Tigre para pedir novedades. Juanita, la empleada, había quedado de guardia por pedido de Papá, acompañada por Betty, ayudante los fines de semana. Analía había dicho que ella no estaría, y que los chicos llegarían a última hora de la tarde con unos amigos para la fiesta de esa noche. Papá planteó que no eran momentos para fiestas. No le hicieron caso. No insistió.
Escribe,
¿Quién soy yo, radicado en Brasil, para imponer mi autoridad en este territorio, alterando la rutina de sus vidas?
Prosigue,
el teléfono de la quinta era el único medio para recibir noticias de mis hijos acorralados por la represión, en él podía recibir alguna luz en las tinieblas. A esto no renunciaré jamás. Alguien estará siempre al lado de ese teléfono.
Juanita atiende el llamado de Papá
-¡Llamó Valeria! ¡Dos veces llamó Valeria!
-¿Valeria?, ¿mi hija?, ¿cómo que llamó?, ¿cuándo?, ¿desde dónde?
-Por la tarde, llamó. Primero atendió la Betty , la segunda vez yo, hace menos de una hora, señor. Yo atendí, sollozó Juanita.
-Pero, ¿dónde estaba?, ¡por Dios! ¿Te dijo dónde estaba?, ¿desde dónde llamaba?
-No dijo. Preguntó por usted, insistiendo varias veces. Necesitaba hablarlo con urgencia. Quería saber a qué hora lo podría encontrar. Le dije que a las nueve de la noche. Y cortó.
-Voy volando, espérenme.
Había convenido un encuentro a las ocho y media de la noche con Carla y Augusto, los suegros de José, en una confitería del centro. No los conocía. Estaba pendiente desde que llegó del Brasil para recibir una información completa de los acontecimientos. Faltaba menos de una hora para las nueve de la noche. Era imposible cumplir con los objetivos de la cita y llegar a tiempo par atender el nuevo llamado.
Y voló. Manejó como un autómata. Vibraban sus nervios. Sus ojos, húmedos alteraban su visión. Un inquieto corazón le golpeaba el pecho. Entonces está viva. Si llama, hay esperanzas. Sus captores podrían haberla liberado. ¿Habrá logrado fugar? Quince días pasaron desde la entrega de Tamara. Ahora llama, ergo vive. Estos pensamientos revolotearían por la cabeza de Papá. ¿Pero?,
tengo que llegar. Tengo que llegar antes de las nueve de la noche. ¡Cómo avanzar por esta calle Rivadavia, casi en penumbras por la crisis energética, entre el desordenado tránsito de mil automóviles y centenas de colectivos cumpliendo la rutina de infringir normas y señales, cuando no se habían robado el semáforo.
Llega. Abraza y besa a Juanita y a Betty. Los tres se estrechan en un solo abrazo fuerte.
-Vamos a destapar una botellita de champagne que conservé desde las navidades pasadas.
Un rito, una ceremonia, para festejar la noticia alentadora con sus dos colaboradoras, dos amigas, los tres únicos que estaban pendientes en la casa de esa brisa que parecía llegar con aire esperanzador. Lo demás, alegres muchachos en una fiesta, un parque oscuro, un teléfono silencioso. Ellos preparaban en la mesa de la cocina las copas y unos sándwiches para celebrar la vida, el estar viva de Valeria. Había un dato concreto, sin considerar otros detalles superfluos frente a esa realidad. ¡Está viva! En aquellos días, cuando todavía no había trascendido cómo accionaba la represión, ni había testimonios de sobrevivientes, quince días sin noticias era un certificado de muerte segura. Pocos días antes un sabelotodo lenguaraz, le informó que Valeria había sido muerta al resistirse frente a su casa. Le habían indicado que lo viera en una secretaría de tribunales. Era un sobrino del último presidente peronista Ïtalo Luder, y le dijeron a Papá, quien sabe con qué intenciones, o respondiendo a qué designios, que era un abogado joven, muy bien informado. La voz de Valeria, presumía Papá, malogró una probable maniobra de este sujeto para confundirlo o paralizar sus movimientos,
-antes de descorchar díganme, ¿Están absolutamente seguras de que era Valeria? ¿No será una trampa? ¿Alguien imitándola? ¿Algún chiste macabro? ¿No será una maniobra para distraernos, para aplacarnos?
La respuesta fue concreta y unánime: Era la voz de Valeria y su manera de hablar. Juanita lo confirmó: A mí me dijo: “Ché Juanita, soy Vale”, típica expresión de ella,
había en la casa una barahúnda fenomenal. La fiestita organizada convocó a una buena cantidad de chicos, la casa se venía abajo con el barullo del rock. No disuadieron a Juancito para postergar la fiesta, como yo había pedido. No le hacía ningún cargo. Era un adolescente, vivía en otro mundo. Poco sabría del horror que vivíamos. El no era el responsable de ese desprecio inhumano por mis sentimientos. Quedé encerrado, pegado al teléfono en lo que había sido mi escritorio ahora vacío de libros, esperando el llamado, mientras las paredes se estremecían con la música. Sonó el teléfono. Le pedí a Juan que bajara el volumen. Concentrado en la ansiedad de escuchar la voz de Valeria, respondí: ¡Querida, mi amor, ¿como estás ?, y comencé a contarle que había visto a Tamara, que estaba muy bien. Del otro lado del teléfono la voz me interrumpió. “¡Soy Mara, Papá!”. Yo seguía oyendo una voz, dos o tres veces que decía ¡Soy Vale! “¡Soy Mara!”, insistía. ¡Soy Vale!, entendía. Hasta que me di cuenta y le pedí a Mara que cortara la comunicación, que imperiosamente necesitaba liberar el teléfono. Después le explicaría. Este episodio aclara las dudas que tuve al principio sobre la autenticidad del llamado, y señala cómo actúa la sugestión, cómo puede ser aprovechada por los servicios.
Pasaba el tiempo y Valeria no se comunicaba. La fiesta seguía en la sala de al lado. Eran casi las once de la noche. Pensé que era difícil que Valeria llamara a esa hora. Pero el teléfono sonó a las once en punto de la noche. La voz dijo: “Hola papi, soy Valeria, escuchame, no me interrumpas. Yo no puedo oírte, es inútil que me digas nada. No tengo fuerzas, ni tiempo para hablar mucho...” Al sentir su voz no pude contenerme. No le hice caso, le dije: Querida, mi querida, oírte me parece un milagro, y frases similares. Ella, sin detenerse, siguió: “Tuve un accidente y perdí a la chiquita. Sufrí mucho pero ahora estoy mejor”. Ansioso, la interrumpí nuevamente para contarle que su hijita estaba bien, con la abuela Ada. Ella continuaba hablando como si no me oyera. “Tengo que encontrarme con José. Necesito hablar con él, contarle algunas cosas y pedirle dinero. Decile que me encuentre en la heladería grande, la de siempre, el lunes, el miércoles o el viernes, a las cuatro de la tarde. Te volveré a llamar.” Y cortó. Quedé petrificado. ¿Era la voz de Valeria? Sí, era. Y también su entonación, su manera de hablar. Podría ser una composición magnetofónica, aventuré. La imposibilidad de mantener un diálogo alentaba esa hipótesis. Podría ser alguien que imitara su modo severo, enérgico, entrecortado. Quedé convencido de que era su voz, su voz inconfundible. Imaginé una alternativa: Podría haberse salvado y, si bien herida, ya recuperada avisaba lo sucedido y la pérdida de su hijita. En este caso, era difícil de entender por qué evitó el diálogo. O estaba viva y en cautiverio. Tampoco podía descartarse que fuera una grabación de ella ya muerta por sus captores, una estratagema para capturar a José. ¿Valdrá la pena seguir elaborando hipótesis? En cualquier caso, debo continuar. Ahora con un nuevo dato que necesariamente deberé procesar y consultar con Carla y Augusto, Ada, su hijo y los pocos amigos y familiares que me acompañan. Desde el primer momento tuve la certeza de que todo era una artimaña para capturar a José. Salí disparando. Atrás quedaba la locura, la estridente música del rock, varios chicos y chicas bailando. Y dos rostros criollos dulces, sonrientes, despidiéndome con ternura.
(30 de agosto de 1977)
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