En los últimos meses nada supo de Valeria. Con esa congoja, hizo un nuevo viaje a Buenos Aires en la fecha comprometida la última vez. Imagino su cara iluminada por la esperanza al llegar a la quinta del Tigre con su proyectada restauración matrimonial en mente. Nadie lo recibió en Ezeiza; el destino volvió a jugarle una mala pasada. En su cuaderno registró estas líneas en Buenos Aires, antes de su regreso,
¡Qué distinto fue todo a lo imaginado! Qué trágicos y alienantes los días vividos aquí desde que llegué el 20 de mayo. Creo que tengo que registrarlos cronológicamente, porque serán historia. Son similares a los vividos por miles de padres en nuestra Argentina de hoy. Tiene que saberse. Mañana esta macabra historia será leída por mis hijos y por mis nietos. Y si las páginas de estos cuadernos fueran olvidadas como trastos viejos, quisiera que por lo menos perdurara mi testimonio de estos días. Si un mundo más justo, más digno y más honrado, surgiera de este dolor argentino, que sepan las generaciones futuras que hubo héroes sin nombres que abrieron el camino. Si pocos siguieran acumulando bienes producidos por muchos, volvería a llorar el inútil sacrificio, como lo hago hoy en mi impotencia, en silencio.
Cuando volvió a San Pablo, continuó,
El 20 de Mayo llegué a Buenos Aires. Ese día esperaba el llamado de José convenido en mi último viaje. Analía me recibió con la noticia de que el 12 de mayo Valeria había preguntado por mí, y que ella le informó la fecha. Pero ese 20 de mayo nadie me llamó. No lo hizo José, como habíamos convenido, ni Valeria, que conocía la fecha de mi arribo. Me enteré después que al día siguiente del inesperado y extraño llamado de Vale, ese 12 de mayo José preguntó por teléfono si sabíamos algo de ella. Y que cuando Analía le dijo “Ayer llamó Valeria preguntando por vos”, le imploró que si volviera a llamar le advirtiésemos que “el gordo la estaba pasando mal”. Analía me ocultó ese llamado del viernes 13 de mayo 1977, subrayo la crucial fecha. Ella no quería que José utilizara el teléfono de la quinta para dejar mensajes. Tampoco me dijo que al día siguiente no había atendido un nuevo llamado de José, mandándole a decir que no había novedades. Cuando me enteré tuvimos un altercado fenomenal. Le expliqué con mucha bronca, que algo muy grave estaría pasando para que José utilizara el teléfono de la quinta sin respetar los códigos de seguridad convenidos. La consigna era que solo confirmara mi llegada a Buenos Aires. Nada más. En el último encuentro marcábamos el próximo: lugar, fecha y hora. ¡Era tan obvio que un grave peligro amenazaba a Valeria si llamaba a la casa paterna para dejar un mensaje! ¡Ésta es mi casa, y ellos son mis hijos! vociferé. Le pedí a mi hermano que viniera y no se moviera del teléfono para recibir todas los comunicaciones mientras yo me movilizaba buscando información. Supe que José también telefoneó a dos tías preguntando por Valeria. Todo ésto me confirmó la gravedad de lo que sucedía. Le pedí comprensión a Analía, y que se dejara de joder. Que mis hijos llamaban allí porque estaban desesperados.
Nervioso, preocupado, Papá aguardó en la quinta, el sábado 21 de mayo, el llamado convenido con José para el día anterior. También, una inesperada nueva llamada de Valeria. Alternaron guardias con su hermano atentos al teléfono. Finalmente después del mediodía llamó José. El sol templaba la tarde de un otoño inclemente,
me preguntó si Valeria había vuelto a llamar. Le dije que no, quizás telefoneó a la tía Maria Ana, enlace previsto desde que Matilde y Beto se fueron a París. No, ya lo verifiqué, tampoco sabe nada. Luego de un largo silencio, me dijo: nada bueno podemos esperar, Papá. Ya es casi seguro que la petiza está sufriendo complicaciones; y prometió telefonear a las nueve de la noche para darme más noticias. Esperé desolado.
“No eran ni orgullosos ni locos, yo lo comprendía ahora. Eran hombres que querían cumplir su destino de hombres, eligiendo su vida y su muerte, hombres libres.
Simone de Beauvoir
Todos los hombres son mortales”
Llamó puntualmente a las nueve de la noche. Su voz era desesperada. Me preguntó nuevamente: Papá, ¿llamó Valeria? No, no llamó. ¿Tampoco habló a lo de las tías? Hasta hace media hora, no. Entonces ha pasado algo muy grave, empezá a movilizarte, Papá. ¿Qué hacer?, ¿por dónde empezar?, ni siquiera sé dónde viven. ¿Podés orientarme? Tratá de hablar con la madre de Pepe, el compañero de Valeria, quizás sepa algo. No la conozco, solo tuve vagas referencias la última vez que estuvieron en la quinta. Tenés que investigar, Papá, solo sé que vive en un departamento a unas tres cuadras de Las Heras y Pueyrredón. Cortó.
*
Para transcribir con mis palabras sus anotaciones, me valdré de un relato ficcional con datos de la realidad desenterrados de los cuadernos de Papá:
Papá se quedó sentado junto al teléfono, la mirada perdida más allá del ventanal donde la vieja araucaria se perdía en la noche, desdibujada por la luz del farol colonial del patio. Así de difusos eran sus recuerdos, desvanecidos en la penumbra de una noche, alumbrados cada tanto por resplandores que lo enceguecían. Destellos que lo ayudaban a avanzar cuando encendían esperanzas, como la de recomponer su matrimonio con Analía, imaginando ser feliz junto a ella y los chicos en el nuevo hogar de San Pablo. Fueron chispazos los pocos encuentros con sus hijos mayores en los dos últimos años. Y un efímero fulgor lo iluminó el día en que decidió volver a Buenos Aires. Y en la última y más oscura sombra de su noche, ahora espera un haz de luz para encontrar a su hija Valeria. ¿Dónde? ¿Cómo?
Entonces ocurrió aquel episodio que había comenzado a leer, suspendido a la espera de que Federico volviese de Buenos Aires. Él tampoco está ahora conmigo, como desearía, pero es el momento para completar el relato. Rememoro la anécdota: Papá le había preguntado a Valeria cómo se llamaba su compañero. Valeria respondió: Pepe. ¿Pepe qué? ¿Qué importa?, es mi compañero. Papá meneó la cabeza en señal de disgusto. Valeria advirtió el gesto y pronunció entre dientes el apellido. Dos años después Papá reconoció la importancia de recordar, vagamente, su acotación: “Pepe Montaña Blanca”, aludiendo al apellido. Y el asombro silencioso de ella.
Dos años después, preguntarle el apellido de su compañero me permitió recuperar una nieta. De algo me valió cursar la primaria en el Germania Schule. Jamás mis padres hubieran podido imaginar la importancia que tendría en mi vida.
Con esa vaga remembranza urdió la pesquisa. Sobre la mesa del teléfono, reposaba una maltrecha guía telefónica, junto al artefacto que en ese momento era el centro existencial de Papá. Era una de esas viejas guías a la que le faltan las últimas páginas, por tanto uso y mal uso. En la vaguedad del recuerdo, barajó apellidos: Vaisenberg, Veisberg, Waisenberg... El directorio se cortaba en la larga enumeración de los Vásquez, mutilados en la última página subsistente. Hasta allí, todos los llamados fueron respondidos negativamente. Papá preguntaba: ¿Vive allí la mamá de Pepe? Necesitaba un una guía completa, para seguir su investigación. Un vecino se la prestó. Agotadas las “V”, continuaron los frustrados llamados con las “W”, hasta encontrar una dirección que coincidía con la referencia de José: “a unas tres cuadras de la esquina de Las Heras y Pueyrredón”. Bulnes al 2200. ¿Podría hablar con la mamá de Pepe? ¿Y usted quién es? Yo soy el papá de Valeria. ¿Y cómo sé yo que usted es el papá de Valeria? Tiene una hijita llamada Tamara. ¿Usted sabe dónde está Matilde? Está en París. Entonces no hay duda, usted es el abuelo de Tamara. La chica está conmigo, me la entregaron hace unos días. No me pregunte nada por teléfono, venga ya mismo a mi casa. Algo tremendo ha pasado.
**
Partí como un loco. Me acompañó Carmelo, un vecino que me brindaba en esos días ayuda, solidaridad y compañía. “La chica está conmigo”. ¿Qué sabría de Valeria? Bulnes 2235. Hacia allí partimos
“A pesar de los muchos descalabros sufridos, la libertad ha ganado sus batallas. Muchos perecieron en ellas con la convicción de que era preferible morir en la lucha contra la opresión a vivir sin libertad. Esa muerte era la más alta afirmación de su individualidad.
Erich Fromm
El miedo a la libertad”
Cuando se abrió la puerta, me encontré con una señora de unos sesenta años. No bien me vio, exclamó: ¡No hace falta comprobar nada, su cara es la cara de Valeria, pase, por favor! Atrás la vi a Tamara, con sus enormes ojos redondos y sus ricitos rubios, tratando de caminar de la mano de la empleada. La señora me cuenta su historia: El 13 de mayo, un viernes, a eso de las siete de la noche, recibí un llamado: “Vengan a buscar a la hija de Valeria al Hospital de San Antonio de Padua”. Yo respondí: déjense de bromas, por favor, y corté la comunicación. Inmediatamente vuelven a llamar y la misma voz insiste: “Pasen a buscar a la hija de Valeria en esta dirección..., es el Hospital de San Antonio de Padua”. Ahora, quien llamaba, colgó. Me di cuenta de que no era broma y llamé a mi hijo para que me acompañara. Vino con su esposa y fuimos los tres hasta la dirección indicada. No era un hospital, era una pequeña clínica de maternidad, a la vuelta de la comisaría.
“Sólo vive verdaderamente el que reconoce que hay algo por lo que estaría dispuesto a sacrificar su vida.
Ignace Lepp
Psicoanális del amor”
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