Surqué las hojas del primer cuaderno, ahora prosigo mi navegación en el Huayra. Buceo, el puerto deportivo de Montevideo, es nuestro próximo destino. Allí decidiremos si avanzar hacia el Este o emprender nuestro regreso a Buenos Aires. La bandera uruguaya lucía sus franjas horizontales en el obenque alto, sostenidas por el viento del Este. Papá señaló en el horizonte una montaña de algodón y un tropel de copos salpicando el azul del cielo. Son cúmulus, señal de buen tiempo. Esta noche zarpamos.
-Me estás haciendo noctámbula.
-Noctámbulos son los que pierden tiempo en la noche, los que la malgastan.
-Lo digo con orgullo, Papá. En vez de sacudir caderas en un boliche, trasnocho con mi padre. Estas noches son más que una fiestita para nosotros, son un festival.
Ojalá timonees el Huayra muchos años, y que tus hijos lo disfruten. Amarrado en Portobello, volviendo de Río, se me quejó. El viento soplaba con fuerza. Era un “carpinteiro” de aquellos. Los cabos se tesaban y cedían en las bitas con los corcovos del barco montando el olaje que invadía la bahía. Los gemidos me impedían dormir. Los tripulantes “pulaban” en algún “zambăo”. Esa noche, escuché la voz del Huayra preguntándome por qué no navegaba con mis hijos, ni con mis nietos. ¿Por qué lo hicieron en el Cabochard?, reclamó. Le respondí: Me faltaba saberte celoso, te quiero un poco más. Solíamos dialogar.
Esa noche se aferró al timón. Se lo reclamé tres horas después de soltar amarras, esta noche se la debo al Huayra, tirate en tu cucheta y descansá.
Quedé junto a él. No me moví de su lado. Callados, avanzamos pegaditos a la costa, en un río manso de ondas amplias. Me señaló las boyas que dejábamos a babor y las luces, las pocas luces que destellaban entre las cortinas de pinos, o en lo alto de las antenas. Punta Artilleros, Punta Yeguas, Punta Tigre, enunció Papá a medida que avanzábamos hacia Montevideo.
-¿ ¡Monte vide eu! fue el grito de un portugués cuando avistó el cerro donde hoy destella el faro?
-Es una leyenda. Se debió a la anotación “Monte VI de E.O.”, “Monte sexto de Este a Oeste”, registrada en el libro de bitácora por un navegante. Era el sexto cerro después de virar a estribor para adentrarse en el estuario.
-Me gusta más esta versión. Será otro invento, pero es más racional.
A la madrugada, Papá se apiadó de mí y me pasó la caña un par de horas. Entramos al puerto de Buceo pasado el mediodía. Decidimos almorzar tallarines, con salsa de tomate. Cocinó Papá, como siempre; no aceptaba que lo reemplace. Vos sólo servís para hervir los huevos. Un chispazo pícaro brilló en sus ojos. Amortizamos la vigilia nocturna con una larga siesta. Decidimos cenar en el Club y acostarnos temprano.
La siesta le cargó las pilas al viejo. Se le ocurrió una travesura: recorrer Montevideo en bicicleta. ¿Estaba sobreactuando sus energías? No sería la primera vez. Me preocupaba. ¿No estará quemando los últimos cartuchos? Yo misma me contesté. No, tiene tiroteo para rato. No es el canto del cisne.
No pude disuadirlo. El viento del Este impide pedalear hacia Carrasco; el tráfico de la Rambla es peligroso; las lomas; la gente con termos y mates obstruyendo la explanada. Nada fue suficiente. Alquilamos las bicis y llegamos a Malvín, el barrio donde nació madre. No dio para seguir a Carrasco, tuve razón. Volvimos deslizándonos viento en popa y a toda espalda.
Desistimos de la cena en el club y comimos unos “chivitos” en la “La Pasiva ”. Las cervezas alentaron a Papá para encarar la postergada historia,
empiezo por el primer milico. Cuando me hice cargo de mis tareas en la empresa de turismo, al volver de Brasil, ocupé un lugar provisorio en las oficinas centrales del grupo. Me adjudicaron una “pecera”, así las llamaban. Estábamos expuesto a la vista de quien pasara por el corredor, entre la doble hilera vidriada. Al segundo o tercer día, desfiló un señor solemne, con cara conocida. Pregunté quién era. Me dijeron: “Suárez Mason”. Tragué saliva. Apreté los puños. ¿“Parito, el general? ¿Qué hace aquí? “Es director de la empresa”. ¡Carajo! Exploté. Comenzaban a destaparse las atrocidades de la represión. Yo sabía más. Sabía que Suárez Mason fue Comandante en Jefe del Cuerpo I, cuando mis hijos desaparecieron. Era el principal responsable de lo que pudiera haber pasado. La voz de José cuando le comenté el ofrecimiento de Bill para sacarlo del país: ¿Papá, te parece que voy a transar con el enemigo?, retumbó en mi cabeza. Reviví la escena del Cuerpo I del Ejército cuando fui a buscar información con mi amigo el Dr. Galarce. Mi primera reacción fue alegar una indisposición y retirarme. Deambulé por la calle Florida. ¿Qué hacer? Una vez más debía encontrar respuesta a la misma pregunta. Era un viernes. Disponía de casi tres días para resolver el conflicto. Decidí no apurarme, pedir que me trasladaran de inmediato al local de la empresa de turismo, lejos de la zona central. ¿Por qué me ubicaron allí? Comencé a oler a podrido. No había razón alguna para estar en las oficinas centrales, si mi trabajo era en otra parte. ¿Cruzarme con Suárez Mason por los pasillos? ¡Que locura! Si no me daban el traslado, desistiría. Mi fantasía era conseguir informaciones y quizás una influencia para salvar la vida de mis hijos. Codearme con ese crápula era un costo impagable.
-¿Te quedaste trabajando en el mismo grupo? Vi la mueca de Papá.
-Dura, tu pregunta. La desesperación tiene cara de hereje. No iba a estar allí mucho tiempo. Solo el suficiente para intentar hacer algo por mis hijos. Hoy la pretensión suena ingenua. Resulta incomprensible, inaceptable. Me angustian estos recuerdos. Me ahogan, no puedo seguir. Sigamos la conversación en otra oportunidad.
Hubo un silencio prolongado. Papá pidió otra cerveza. Yo perdí mi vista en el barullo del tráfico, de la gente, del mar color de río. Guardamos silencio, pero mi mente no estaba en blanco. La agitaban la consternación de Papá y varias preguntas sin respuesta.
-Vamos.
-Vamos.
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