jueves, 12 de septiembre de 2013

CAPÍTULO XXXIII - CABALGATA


¿Peor que el infierno? Papá llamaba a las cosas por su nombre. Ya registré su conversación con Alba, en San Pablo, cuando convinieron en que había algo peor que la eternidad del infierno: la eternidad menos un día. La espera de ese día que nunca llegaba, ni en el conflicto conyugal, ni en la tragedia de la desaparición de sus hijos. Me quedé meditando esas anotaciones de Papá, recordando cuando me habló de su infierno y de los infiernos de Dante. Y del peor, el del Séptimo Círculo. Me confesó que no había leído “La Divina Comedia”, una materia pendiente, pero aprendió bastante charlando con un personaje de por aquí, un dinamarqués llamado Vito. Lo iré a visitar en cualquier momento. Papá lo respetaba mucho, como persona, como agricultor, y como hombre de vasta cultura, experto en Dante, en Melville y en las Sagradas Escrituras. Era evangelista este “Vikingo del tractor”, así bautizó Papá a sus vecinos dinamarqueses que hacían windsurf en las lagunas cercanas saltando del tractor a las tablas en cuanto podían. Tipos extraños estos chacareros hijos de chacareros, nietos de los inmigrantes daneses que poblaron la zona, navegantes de laguna, vikingos del tractor.
Haré un alto para disfrutar de la naturaleza y de esta casa impregnada de Papá. La casa se ha templado. El olor rancio de la humedad de los primeros días ahora es un perfume de leñas quemadas para abrigarnos. Abrigarnos el cuerpo, nada podían hacer con la destemplanza de mi alma expuesta a las gélidas ráfagas de las páginas que leía. Saldré a recorrer el campo a caballo, con Marcos. Le pediré que me ensille la yegua hija de Sombra, la que montaba Papá. No tenía nombre, la habían ensillado poco y era mansa.
-¿No tiene nombre?
-Era potrillita la última vez que vino tu Papá.
-¿No se te ocurrió ninguno?
- Ponerles nombre a los caballos son cosas de los de la ciudad. –Percibí un dejo de menosprecio–. Acá los mencionamos por el pelaje. El mío es el Tobiano. A la tuya la podríamos llamar laRosilla.
-Soy de la ciudad, pongámosle Noname.
- Nombre raro, es la primera vez que lo oigo....
-Así se llamaba un velero que navegó Papá merodeando las islas de Tonga, en el Pacífico. Un recuerdo. Un homenaje. Ya te contaré.
Y salimos esa mañana soleada seguidos por los perros. Le pregunté por Vito. Una gran persona. Lo mismo opinaba Papá. ¿Vive? Trata. ¿Está muy enfermo? De vejez. ¿Sabes dónde encontrarlo? Sí, en el asilo de ancianos Danevirque, o algo parecido. Hace años fue el club dinamarqués. La comunidad lo bancó hasta donde pudieron. Ahora sus ruinas sostienen a varios de ellos. Vito cuida allí chanchos y gallinas, andará por los noventa. Iré a verlo para que me hable de Papá, ¿dónde queda? Es difícil llegar, en casa te explico y te lo anoto, le vas a dar una gran alegría. Al pasito y al galope corto se nos hizo el mediodía.
Después del almuerzo me junté con Federico. Andaba por ahí leyendo papeles, envuelto en el poncho de vicuña de mi viejo, bajo el alcornoque. Por la noche estudié un par de horas. No abandono la preparación de mi tesis. Después me prendí con los “Sonetos Compartidos” escritos por Papá a cuatro manos con un poeta marplatense. 

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