domingo, 1 de septiembre de 2013

CAPÍTULO XLIV - DEMENCIA DE UN CORONEL


Muchos episodios vividos por Papá son relevantes del clima demencial de la Argentina de esos años. Como la historia de milicos, prometida y postergada siempre, quizá por descabellada, cuando indagaba el destino de sus hijos. Finalmente la largó. Ilustra el estado de desesperación y orfandad en que Papá se debatía en aquellos años,
me tenía que jugar. ¿Qué podía perder? Había decidido permanecer en la empresa el tiempo necesario para aprovechar los “contactos” que deambulaban por esos pasillos. Supe de varios influyentes personajes. Decidí pedirle directamente a Bill King que me presentara al general Pajarito. ¿Puedo tener la esperanza de recuperar a mis hijos con vida?, le preguntaría.
Estábamos en una cantina frente al riomar uruguayo. Las olas cubrían sin descanso el lomo de las rocas. En más de sesenta años no había faltado jamás, para deleitarse con  brótolas inhallables, preparadas y servidas por los propios pescadores. Le brillaban los ojos y la cara se le encendió cuando me narró la vez que vio desde aquí las peripecias de un velero tratando de enfrentar un feroz pampero para llegar al puerto, ahí no más. Las velas rifadas, ayudado por el motor, varias veces estuvo tan cerca de las rocas que parecía montarse sobre ellas. Viraba con lo justo. Alcanzó a ver la aterrorizada cara de los dos tripulantes, a no más de cincuenta metros. Finalmente desapareció detrás de la escollera y logró hacer puerto. Espero que no nos pase lo mismo, comentó con más seriedad de la que yo hubiera deseado,
dame unos días, pidió King. No es un tema fácil, pero lo intentaré. La respuesta, bastante tiempo después, fue que me recibiría en los cuarteles de Palermo el coronel Roberto Roualdez. Él me daría las noticias que yo esperaba. Fui. La entrada a esos patios poblados por uniformados flechándome con mirada fiera, me retorcía las tripas. El ambiente era más alocado y siniestro que la última vez, cuando estuve allí preguntando por Martín. Me hicieron pasar a un primer piso, escoltado por dos soldaditos. Indicaron que me sentara en el largo banco de un corredor, al que daban una docena de puertas. En el banco acompañé a varias personas con rostros tristes, o tensos. Por las puertas entraban y salían tipos dando gritos. Algunos de uniforme, o medio uniformados, con jeans y chaqueta militar, o largos sobretodos oscuros. Otros de civil, barbados, melenudos. Un grupo pasó hablando en voz alta. Venían de un operativo. “Bajamos a dos en Azcuénaga y Paraguay”, comentó uno de ellos. Un petiso rubio, o teñido, chistando, le indicó que se callara. Tendré que esperar, pensaba yo. La mañana se iba. De pronto, la puerta de enfrente dio paso a un sargento bigotudo, que me señaló con el índice una puerta y me dijo: “Usted, pase”. La experiencia que viví fue, otra vez, digna del mismísimo infierno dantesco. La del primer recinto del séptimo círculo, o del octavo. ¡Qué se yo! Bullía por todas partes una bestialidad demencial. Detrás de un escritorio, gran retrato de San Martín de fondo, encontré una figura animal, medio calva, de anteojos, más bien morochona, seria, cara de culo. Con un gesto me invitó a sentarme. Al alcance de su mano derecha, reposaba un arma de calibre grueso. Una Magnum, supuse. Del otro lado, más cerca de mí, un mástil plateado con la bandera argentina. Creo recordar de manera bastante aproximada el diálogo:
-¿Qué quiere saber usted?
-Quiero saber si mis hijos viven.
-Yo también perdí dos hijos, ¿sabe?
-¿Usted? ¿Tiene hijos desaparecidos?
-Muertos.
-¡Caramba!, ¿se metieron en el baile? No sé si se lo dije con maldad, o más bien de ingenuo.
-Uno se mató en la montaña, el otro saltando a caballo.
Por un momento, vacilé. Recordé el comentario de alguien que deambulaba por los  pasillos de la empresa, que me alentó diciéndome algo así como, “ese tipo te va a entender”, tan esotérico que no le di importancia.
-Coronel, mi caso es distinto. Tengo un hijo desaparecido y me han asegurado que lo mataron. Busco otros dos.
-¿Qué sabe? ¿Cómo puede saber? ¿Quién se lo dijo?
-Fuentes eclesiásticas y militares me dijeron, “ha emprendido un largo viaje”. Sé lo que significa.
-Significa que puede estar en el exterior con otros compinches.
-Vengo por los otros dos, por mis hijos Valeria y José. Desaparecieron hace varias semanas.
-Estarán escondidos. O capturados por sus propios compañeros. O ajusticiados por ellos. Para eso no les tiembla la mano.
-¡Qué me dice! ¿Se cree que soy idiota? ¿Para decirme esas estupideces me recibió?
En ese momento el hombre se pone de pie, levanta la chaqueta militar y exhibe una especie de coraza con paquetitos adosados con cintas plásticas. Con los ojos fuera de órbita me dice:
-¡No se haga el loco! ¡Si me dispara volamos todos! Esto que ve son explosivos!
Simultáneamente entra un coronel de espesos bigotes y una cara de perro rabioso que inspiraba terror. Me presenta.
-El coronel Ferro. Dígale coronel qué pasa con esos chicos que no aparecen.
-Algunos están afuera, otros los mataron sus propios compañeros...
Me levanté. Dije:
-Está bien, está bien.
Me fui sin darme vuelta, atemorizado. Esperaba algún manotazo. Cuando llegué a la puerta, Ferro me alcanzo en tres zancadas y la abrió.
-A éste me lo escoltás hasta la salida.
El cabo golpeó los tacos e hizo la venia. Se puso a mi lado y me pidió que lo siguiera.
Pasé por un correo antes de volver a mi domicilio. Envié un telegrama colacionado renunciando a la empresa.
Nunca intento interrumpir los largos monólogos de Papá. Yo sé lo que le cuesta volver a empezar. A veces cambia de tema o entra en vía muerta. Me quedé mirando el mar, como esperando que continuara. Pasaron varios minutos. El silencio me impulsó a observarlo. Estaba con el mentón apoyado en las dos manos cruzadas, miraba el mar. Quedamos en silencio hasta que vino el mozo para avisarnos que cerraban. Caminamos hasta el puerto. Yo lo llevaba del brazo. Me asombraba el aguante del viejo. Todavía era capaz de caminar veinte cuadras sin chistar. Cuando llegamos al puerto, sólo pronunció unas pocas palabras.
-Está bajando mucho la presión de la atmósfera, y mañana nos vamos.
Acomodamos el barco. Papá durmió una siesta. Por la tarde compramos las habituales vituallas. No faltó el queso Colonia, ni un par de botellitas de tinto tanat, ni verdura “de la planta”, como los uruguayos llaman a todo lo que esta muy bien, aunque no pertenezca al reino vegetal. Los tomates y la lechuga de por aquí son únicos. Después disfrutamos la más estupenda puesta de sol que pueda verse en estas latitudes. Papá habló poco. Cuando dejamos la Rambla dijo, comeremos en el Huayra, y te contaré cómo terminó mi relación con Roualdez. En aquel momento no le hice explotar las bombas, pero años después me vengué, sin arma alguna. Con el poder de mi mente. Dominé mi intriga. 

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