Papá registra en San Pablo, antes de volver definitivamente a la Argentina , lo acontecido en Buenos Aires cuando estuvo tratando de localizar a Valeria después de de sus enigmáticos llamados a la quinta.
Desde hace un buen tiempo he tratado de soslayar, en lo posible, mis problemas matrimoniales. Mis anotaciones desbordan hoy mi intención inicial, cuando bauticé a estas páginas “Cuadernos para ser Feliz”. Aprendí que la felicidad se logra con independencia de los esfuerzos hechos para alcanzarla. Proponérsela como objetivo, más bien es un impedimento. El camino hacia la felicidad es un fluir, no una carrera de obstáculos. En lo posible trato de registrar solo lo positivo y las esperanzas en todo lo vinculado a mi relación marital. Escribo ahora sobre esos días pasados en Buenos Aires, sin poder callar que la búsqueda de Valeria convivió con un constante conflicto con Analía. Mis cuadernos registran algunas de esas circunstancias. No voy a volver sobre ellas, salvo para reafirmar la influencia negativa de ciertas relaciones suyas. Hizo lo imposible para evitar que me quedara en la casa. Llegó a ofrecerme que me alojara en el departamento de un amigo íntimo de ella y recibir allí los llamados. Un verdadero delirio. ¡Meterme en casa ajena para recibir llamadas clandestinas! Le contesté con dureza que la quinta era mía, que el teléfono era mío y que los hijos que llamaban eran míos. Que estaba tratando de hacer lo que estuviera a mi alcance para salvarles la vida. Le pedí que evitara el escándalo frente a los hijos comunes y le aclaré que yo no era cómplice partícipe de la actividad de mis otros hijos, si no un padre desesperado para convencerlos de que salieran del país y ayudarlos para que lo hicieran. Estar comunicados era cuestión de vida o muerte. Era lo mínimo y lo máximo que podía hacer por ellos en estos momentos. Lo único. Nada menos que salvarles la vida. Para eso vine de San Pablo. Mi hermano esperaría el nuevo llamado de Valeria junto al teléfono. A mí no me alcanzaba el día para las múltiples gestiones, que realizaba con pocas esperanzas. Él tenía instrucciones sobre qué decirle a Valeria cuando llamara. Pero Valeria ese día no llamó. Sé que las tensiones eran muchas y las presiones que recibía Analía todas negativas. Puedo comprender que buscara preservar la paz de su hogar. Pero esa casa también era la mía, aunque yo estuviera viviendo en San Pablo. Ella pretendía una tranquilidad que yo no podía darle. Le aseguré que ni ella ni nuestros hijos corrían riesgos. Los militares sabían que estaban al margen. Los blancos eran José y Valeria.
¡Qué días aquellos! Buscando a mi hija; conectándome a las escondidas con José, cuya vida pendía de un hilo; expuesto yo, como padre, a mis propios peligros. Y ese clima de incomprensión en mi propio hogar; las interferencias negativas de Analía; mi casa que era y no era mi casa; mi preocupación por el abandono de mi trabajo en Brasil, sin explicaciones coherentes que justificaran mis constantes viajes y permanencias en Buenos Aires. De eso no se hablaba. Los chicos viviendo las circunstancias y el clima, testigos de mi desesperación y de mis encontronazos matrimoniales. Yo sin encontrar palabras para que me entendieran. Un día le pregunto a Juan -no había cumplido los doce años-: ¿Qué pensás de lo que está pasando? Opino que debo estar más informado, respondió. No sé lo que será el infierno. Pero no puede ser peor que esos días en Buenos Aires.
¡Esos días en Buenos Aires...! ¿Qué otras cosas pasaban esos días en Buenos Aires? El 2 de junio Papá recibe el llamado de su tía Queta, pidiéndole telefonear urgente a Luisa, otra tía, paterna. La había llamado varias veces porque lo estaba buscando para transmitirle, de manera personal y con urgencia, una noticia muy importante. Era sobre Valeria. Papá corre a lo de su tía. Le informa: Panchito, mi hijo, médico de Gendarmería Nacional, supo por un colega de la Morgue de Buenos Aires que en un listado de cadáveres entregados por la Fuerzas Armadas Conjuntas figuraba una Valeria con su apellido. ¿Es familiar? Es hija de un primo hermano. Panchito podría traerme ese listado. Papá pide hablar con su primo y con el médico informante. No fue posible. Todo se complicaba, le escabullían al bulto. Panchito no está en Buenos Aires, Gendarmería lo envía a largos viajes por el interior. No vuelve hasta dentro de quince o veinte días. No hay como ubicarlo. Andá directamente a la Morgue , está ubicada aquí en frente, invocá el nombre de Panchito. Le da el nombre del médico. No esperó más. Cruzó la calle corriendo,
Voy hasta la Morgue , un sórdido edificio al que entro por un larguísimo pasillo que conduce a un patio. A lo largo del pasillo hay estacionadas ambulancias. Mi tía me había dicho que en esos días vio la llegada de varias y también de camiones militares. Con cuerpos, comentaban en el barrio. En el patio observo un cartel: MESA DE ENTRADAS. Me atiende un señor de mucha edad, tras un tabique de madera con vidrio opaco. Le explico el motivo de mi presencia. Cuando digo mi nombre pregunta: ¿Usted qué es del doctor Eduardo de su mismo apellido, ya fallecido, un eminente médico legista? Era mi tío abuelo. Emocionado, me hace pasar. Nos sentamos a una mesa y conversamos. Fue mi jefe muchos años. Una excelente persona, vio. Un hombre excepcional que respeté y admiré mucho. Era un hombre de ideas bastante revolucionarias, digamos. Uno de los fundadores del Partido Liberal Georgista, que postulaba un impuesto único fijado sobre el valor de la tierra y una reforma agraria. En homenaje a su recuerdo haré por usted lo que esté a mi alcance. Pero, le adelanto, no me será posible ubicar al médico por el cual usted preguntó. Me entregó unos inmensos libros y sugirió que buscara en ellos. Allí estaba todo registrado: los nombres de los muertos, la autoridad que los entregó, las causas de la muerte, etc. Le digo que no creía que en las circunstancias que vivíamos se llevara un registro por nombres. ¡Acá no entra nada que no se registre! Vea si figura su hija y anote los N.N. que tengan su edad aproximada. Después le explico. Con poca confianza, comienzo la búsqueda a partir del día 13 de mayo. En efecto, encuentro el registro del ingreso de numerosos cadáveres, algunos pocos con nombre y apellido, la mayoría N.N., sexo, edad aproximada, causa de la muerte y autoridad que los envió. Casi todos entregados por el Consejo Superior de Guerra N° 1. Causas de muerte: edema pulmonar o perforaciones de balas, siempre más de tres y en la espalda. Los restos calcinados eran todos N.N. Lo leí con mis propios ojos en el Libro de Entradas de la Morgue de la Ciudad de Buenos Aires. El nombre de Valeria, o de Ricardo, no aparecían. Pero tomé nota de los N.N. con edades aproximadas a las de ellos. Pregunté al funcionario como debería proceder para identificar estos restos. Me pidió la entrega de información más precisa sobre posibles tratamientos dentales de Valeria, única forma de identificación cierta, una vez cotejadas con las radiografías dentales allí obtenidas. Me quiso mostrar algunas. Yo, horrorizado, las rechacé. Pregunto por otras listas, fuera del registro de Mesa de Entrada. Era lo que me habían indicado que hiciera. Me respondió que no existían otras listas. Agradezco su atención amable. Prometo volver con los datos dentales. Valeria tenía muy mala dentadura. Sabía que su dentista, amiga de Matilde, se había radicado en Israel. Me fui esperanzado. Volví a la casa de mi tía, pidiéndole que tratara de ubicar al médico amigo de su hijo porque en la morgue no figuraba el nombre de Valeria, como le habían dicho a Panchito. Me prometió hacerlo, aunque no le resultaría fácil. Me pareció que lo conocía bien y sabía cómo ubicarlo. Menos le creí que no pudiera contactarse con su propio hijo, el médico gendarme que vivía con ella. Tiempo después, cuando intenté tener su versión directa, me dijeron que había muerto. Una vez más el globo reventó en mis manos. Llego a mi casa extenuado física y anímicamente. Allí me sorprende la noticia de que Valeria había llamado nuevamente.
*
Papá vuelve a ese momento, tan ansiado por él y José. La nueva comunicación de Valeria después del fracaso el primer intento. Lo reescribe en su cuaderno. Si él lo repite, yo también debo hacerlo. Por algo lo escribió dos veces. La primera vez, mientras el derrumbe se producía; la segunda, después,
el llamado llega dos días después de lo anunciado. ¡El esperado llamado de mi querida hija! Y yo ausente y también ausente mi hermano, que no pudo cumplir con su guardia. El teléfono lo atendió Analía. Valeria le preguntó si le habían trasmitido el mensaje a José. Le respondió que no sabía, porque José no llamaba más allí. Quiso saber si el mensaje de ella podría haberle llegado por otro medio. Le dijo que no sabía. No fue así. El primer llamado, como dije, Analía lo ocultó. Yo le había suplicado seguir estrictamente mis indicaciones. Ella, o cualquiera que atendiera el teléfono, debían decirle a Valeria que sí, que su mensaje ya lo conocía José, y agregar que no dijo nada acerca de lo que pensaba hacer. Reiteré que para mis hijos estas informaciones eran de vida o muerte. Contuve mi indignación y traté de que Analía me contara un poco más sobre la llamada de Vale. Pero ella, nerviosa, confusa, solo confirmó que era la voz de Valeria. Rehuía todo diálogo.
En ese momento decidí regresar lo antes posible a Brasil. Sentí que el cerco se estrechaba sobre José. Si los represores tramaban llegar a él a través de mí, seguirían presionando a Valeria. Presión era tortura. Yo también me sentía en riesgo (el miedo, otra vez el miedo) y no podía aportar nada más. Me fui ese mismo día para no pasar ni una noche más en casa. Tomé un avión a Montevideo desde donde, al día siguiente, salí para San Pablo. Era el 3 de junio de 1977.
No me pregunten quien soy
Ni si me han conocido
Los sueños que había querido
Crecerán aunque no estoy
No me pregunten la edad
Tengo los años de todos
Yo elegí de muchos modos
Ser más viejo que mi edad
Mi tumba no anden buscando
Porque no la encontrarán.
Los Olimareños
Milonga del Fusilado
No hay comentarios:
Publicar un comentario