Disfruté de la navegación. Me sorprendió la inesperada charla. Por primera vez Papá desentrañó recuerdos de manera espontánea, franca y natural. Con el río Uruguay a la vista dijo, por hoy basta, estamos llegando a destino, amarraremos en Carmelo, antes del atardecer. El cruce del río fue una pequeña aventura.
Dejamos el velero en el muelle y nos propusimos recorrer la ciudad. Era martes, el muelle estaba vacío. Fue fácil atracar con la ayuda de Pascualito, a quien arrojamos el cabo de amarre para que lo afirmara en la bita del muelle. Pascualito era ahora Don Pascual, pero Papá lo llamaba como cuando era chico, pese a sus enmarañadas canas salvajes y al tremendo mostacho que dominaba su cara.
-¿Qué tal las cosas por aquí, Pascualito?
-Como siempre jefe, no pasa nada.
-Véngase a tomar unos mates, y lo invitamos a comer.
-Agradecido, pero cenaré con la patrona que me espera con un locro. Mañana, si gustan, almuerzo abordo con ustedes.
-Hecho, lo esperamos.
Tengo grabada la voz de Papá,
quisiera encontrar algo que no haya visto cuando frecuentaba este puerto en mi mocedad, como dicen aquí. Sin embargo, hija, todo estará seguramente igual, salvo la marca de los años, que poco valen aquí, donde todo fue siempre viejo. “El mismo pueblo, el pueblo, las mismas casas, las casas...”, esa canción caribeña que bien podría aplicarse a la persistencia de lo de aquí. Entremos a “El Galpón”, probarás mi plato favorito en esta orilla del Plata, las famosas pamplonas que rociaremos con buen vino patero.
Cuando traspusimos la puerta vaivén, se sorprendió. Allí estaban, dijo, sesenta años después de su primera visita las mismas mesas, las mismas sillas thonet, las mismas lamparitas colgadas del techo, decoradas con caca de moscas, el mismo mostrador de estaño, los mismos mozos macilentos y el mismo cantor de tangos de entonces, de riguroso traje azul, peinado a la gomina sobre la oreja izquierda. Y el trío de guitarra, bandoneón y violín, con los mismos músicos.
-Si hace sesenta años eran viejos, ¿éstos qué son, fantasmas?
-No sé, pero son los mismos. Y el hombre canta el mismo tango: “Una tarde más tristona que la pena que me aqueja, agarró su bagayito y amurado me dejó”.
Miré con desconfianza las pamplonas que me sirvieron: carne de cerdo, envuelta en tela de riñonada, rellenas de queso y panceta. Compartimos la excelente lechuga manteca, aderezada solo con oliva y sal, servida en hojas enteras. Como despedida le pidió al morocho engominado que cantara Mi Noche Triste, el primer tango con letra, aclaró Papá. Después caminamos del brazo, hasta el barco, cruzando la plaza desierta. Ya no había nadie en las calles, salvo una señora entrada en carnes, sentada en una silla invisible, solitaria y plácida, con su mate.
-Buenas noches.
-Buenas noches tengan ustedes.
Las primeras confidencias las soltó apenas arribamos a Carmelo, una ciudad con Hotel Casino, adonde llegan grandes yates los fines de semana, retornando con menos dinero en el bolso de sus capitanes, dilapidado en ruletas y mesas de Punto y Banca.
A la mañana siguiente, con el café con leche, y medialunas calientes, escuché como un exabrupto la primera confesión de Papá sobre los temas álgidos. Era una mañanita de aquellas que se viven con plenitud. El barco estaba acomodado, adujados los cabos, baldeada la cubierta, tarea que cumplí por indicación de mi capitán, asumiendo sin titubear mis responsabilidades marineras. En la bancada del Huayra, frente a frente con Papá, se nos fue la mañana. El viejo habló. Me dijo que el peor de los momentos de su vida fue el largo silencio, de más de dos meses, que padeció después de la desaparición de Martín. Había vuelto a San Pablo después búsquedas inútiles, de trámites y gestiones al cuete, de preguntas sin respuestas, o con respuestas mentirosas. En San Pablo lo esperaba algo peor.
Pascualito llegó al mediodía para el almuerzo.
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