Hay documentos que no deben quedar sueltos, dando vueltas por ahí, con riesgo de que se traspapelen en el cúmulo de carpetas, libros, cuadernos, blocs, agendas, cartas recibidas y copias de cartas. Al dorso de un sobre reconozco la letra arabesca de José consignando como remitente a “Armando La Guerra ”, haciendo alarde de un humor audaz, asumiendo un riesgo innecesario, opino. En otro sobre consigna como remitente a “Fortunato Fugattini”, con domicilio en la calle “Libertad”. Qué duda cabe de que fue la carta que relata el encuentro con la policía que allanó su vivienda, cuando debió salir corriendo perseguido por las balas de los sicarios de la Triple A. Digitalizo varios documentos que considero de valor histórico, no sea que por mi torpeza, trabajando a tontas y a locas, los olvide en las páginas de un libro que otras manos destinen al cesto de los papeles. Los originales los guardaré en una carpeta temática. Otra tarea pendiente. Hay cartas de puño y letra que son un verdadero tesoro, me estaba exponiendo a perderlas. Me aplicaré en el orden y en el método, que no son mi fuerte.
En esto andaba, cuando encontré la copia de una carta, intercalada entre las páginas del tercer cuaderno. Es la que José mandó a su madre el mismo día que rompió el silencio impuesto a Papá. Le informa su decisión de restablecer la relación interrumpida. Esto le dice a Matilde:
“También finalmente le escribí a Papá ¡seis carillas! Le escribí con profundidad, no sé si con justicia y le pedí que se definiera sobre los derechos humanos. No le pido que cambie, pero sí que el cariño que tantas veces recibí de él, así como su sensibilidad, tengan más peso que las cosas superficiales, mundanas. Le digo que lo quiero una de esas hojas desprendidas del árbol marchito, para caer en tierra fértil, no importa cuándo ni cómo. Finalmente le mando un gran beso y abrazo. Analía me dijo que está, como siempre, muy inestable anímicamente y que le haría bien recibir mis noticias. Ella le envió las fotos del Toti. La verdad, me da tristeza.”
Si había alguna duda sobre el malentendido del Bar Otto, esta carta termina por despejarla. En el cuaderno, Papá lo confirma,
recibo un llamado de Matilde desde París. Me dice: sé que José te escribió después de un largo silencio. ¿Estabas al tanto?, le pregunto yo con cierto asombro. Sí, Valeria me había escrito que los dos habían resuelto interrumpir el diálogo con vos. Pero ahora acabo de recibir otra carta de ella, te leo lo que me dice: “Hablamos con José respecto del comportamiento de papá y decidimos que lo mejor era mantener una relación ni mejor ni peor que antes. Escribirle sobre los chicos, etc. Yo todavía no lo hice”. Gracias Matilde, gracias por llamarme y ponerme al tanto de hechos que ignoraba. Y corté la comunicación antes de que percibiera que me ahogaba.
“Comportamiento de Papá”, escribe Valeria. Lo cuestionaban, no cabe duda. Me detengo para reflexionar en ésto. Pienso que José tuvo una actitud bastante comprensiva. Hasta dudó si era justo lo que le pedía a Papá, como advirtiendo lo irrazonable de su demanda, o la incapacidad paterna para poder definirse en una cuestión tan alejada de sus responsabilidades y quehaceres presentes. Tengo claro que nunca habían podido profundizar una conversación ideológica. Se encontraban de tanto en tanto y por poco tiempo; las cuestiones del corazón desbordaban las de la razón. La propuesta de Valeria de “mantener una relación ni mejor ni peor”, marca el matiz que la diferenciaba de José. Éste superó el conflicto con “un gran beso y abrazo”. Valeria no se permitió semejante declinación sentimental. Quedó escudada en su temperamento de hierro, como el de su compañero. La situación se había radicalizado, se metieron de cabeza en la lucha, tuvieron muchas bajas en sus filas, entre ellas, nada menos, que el menor de los hermanos. Eso cambió la óptica. A Valeria no le bastaba un padre “comprensivo”, presente en la búsqueda de un hijo desaparecido, publicando hábeas corpus, golpeando a las puertas de ministerios, cuarteles y jerarquías eclesiásticas, abandonando su trabajo en Brasil para transitar en la patria violenta otra estación de su vía crucis. No, no era suficiente. Esas eran cosas que un padre tenía que hacer por padre. Valeria exigía que estuvieran en la misma trinchera, José lo deseaba.
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