Me desperté al amanecer. Ducha, mate, y a cumplir con mi demorado emilio a madre.
Fecha: 24 de junio de 2023
Para: orion2@filo.uba.ar
“Madre: Todo transcurre como estaba previsto. O nada transcurre como estaba previsto. Según la óptica que usemos para mirar los días que pasaron. Mi trabajo con los cuadernos de Papá avanza todo lo posible en el terreno fangoso, laberíntico, de sus páginas. A medida que leo, medito y evoco los recuerdos ligados con el viaje que hice con Papá, los converso con Federico y los archivo en un precario índice temático, para relatarlos, algún día, como Dios manda. Por ahora no pude desarrollar nada muy coherente. Me satisface haber formado con Federico un equipo que funciona. Yo me adentro en lo más escabroso y se lo descargo. Así puedo avanzar. Y le voy entregando a él las páginas que recogen el otro drama, la separación de Papá y Analía, ya leídas en su totalidad. Todo lo registrado en los cuadernos sobre los tira y aflojes matrimoniales, desde el principio hasta el final, lo transcribí de manera lineal y cronológica. La bauticé Analia´s Story y se la entregué a Federico para que chusmee. Me sirve para intercalarla, condimentada con sus comentarios, con la otra historia. Quiero hacerla más digerible, aunque dudo de la utilidad de matizar la tragedia con otro relato conmovedor, si bien de distinto tono. El tiempo corre lento para estas tareas. Ocuparme de ambas se me hace difícil, por eso tome a mi cargo exclusivo el núcleo central, mientras Federico se entretiene y anota sus observaciones. Acerca de esto volveremos a hablar.
“Sobre lo otro, antes de cumplir con tu decisión, necesito madurar mis pensamientos y encontrar las mejores palabras para trasmitir tu pedido a nuestra gente. Marcos está sembrando el trigo. ¿Si te lo pidiera, vendrías unos días?
“Sabés que te amo
M.”
A media mañana fui al pueblo. Al volver, cruzando el Quequén, me acordé de Riachuelo. Por la tarde, anoté algunos recuerdos.
Al cabo del placentero viaje a motor desde Colonia el jueves 2 de noviembre de 2017, según mi agenda, anclamos el Huayra al fondo del riacho, con un cabo a popa afirmado al muelle. Tiramos unos almohadones sobre cubierta y charlamos con Papá.
Me dijo,
la esperanza era lo único que no nos mataban. Y no era un acto de bondad, sino una estrategia militar. Mientras tuviéramos la esperanza de que nuestros hijos aparecieran vivos, los militares nos tenían controlados, pretendían desalentar nuestros testimonios en los organismos de Derechos Humanos.
A Papá lo asombraba que la esperanza tuviera semejante fuerza inhibitoria,
¿Qué es la esperanza? un sentimiento que es solo expectación, algo que puede llegar a ser, pero en definitiva, nada. Para los milicos era un instrumento para contener la reacción de los padres y anestesiar las reacciones de sus cautivos. Temían actos impulsivos, peligrosos para la vida o la integridad física de sus carceleros, frente a la seguridad de que iban morir inexorablemente agotado el efecto de la tortura,
Papá continuó, como disfrutando la idea,
perdidos por perdidos, podrían darse el gusto de matar a sus cancerberos con un sorpresivo golpe de karate en la nuca. O, de vaciarles los ojos con un veloz lanzamiento de índice y meñique. ¿Qué mayores tormentos a los ya padecidos podrían sufrir? ¿Torturarlos hasta morir? ¿No era acaso lo que estaban haciendo?
Metí baza:
-Comprendo la preocupación de esos tipos. Parece sencillo vaciarles los ojos por sorpresa. La gran pregunta es: ¿Por qué nadie lo hizo, que yo sepa? Me sorprendí con mi comentario descarnado, disfrutando un sadismo del que me consideraba incapaz. Papá me echó una mirada de asombro. Y continuó,
La esperanza. ¡Ah, la esperanza, la esperanza de que nos devolvieran los hijos que nos habían arrebatado! Esa ilusión del rencuentro con nuestros hijos serenaba la bronca arrolladora que a veces nos invadía. Para André Malraux, en la voz de sus personajes, la esperanza era “la fuerza más grande de la revolución”.
Resolvimos entrar a la cabina. El cielo amenazaba con una lluvia inminente. Sacó de su taquilla un libro sin tapas, curtido por sales y soles. Yo lo había visto, entre Derroteros y Tablas de Mareas. Suponía que eran relatos sobre mares y marinos, cuentos de Conrad o London. Lo abrió, hizo correr algunas hojas, y leyó: “Shade cerró los ojos y dijo: Todo hombre necesita encontrar, algún día, su lirismo. Guernico dice que la fuerza más grande de la revolución es la esperanza. García dice eso también. Todo el mundo lo dice.” Y antes de volver a guardarlo, me habló de una carta de Julio Cortazar a Matilde sosteniendo la misma idea. Algún día encontrarás la copia entre mis papeles.
Toda esa tarde estuvimos hablando sobre su visión de la estrategia militar para “aniquilar a los delincuentes subversivos”, terminología usada en aquellos años por la dictadura para denominar a los militantes de izquierda. Me dijo que los militares se movían amparados por instrucciones recibidas de las autoridades constitucionales derrocadas por ellos, decretos dictados por los ex presidentes Isabel Perón, e Ítalo Luder, refrendados por el ministro Carlos Ruckauf. La tarde era lluviosa, agobiante. La humedad condensada en las ventanillas goteaba sobre las colchonetas. Desplegué unas toallas para preservar el confort de nuestro sueño. No hay nada más desagradable –ya lo había aprendido- que un interior mojado. Gruesas gotas repiqueteaban sobre la cubierta del Huayra resonando en cabina. El barco era seco, su cubierta no filtraba agua. El goteo era interno. La maldita condensación no tiene remedio.
Desde que cruzamos las farolas de la entrada a Riachuelo me deslumbró ese lugar paradisíaco. Según mi padre, este Riachuelo uruguayo no era como el nuestro, maloliente y barroso, depósito de chatarra desde hace más de cien años. Mil veces prometieron limpiarlo, pero hay allí un negocio tan turbio como sus aguas. Le pedí que me hablara de esos turbios negocios de la orilla de enfrente, antes de preparar la comida.
Eso no tiene arreglo. En la época del Proceso los militares pusieron a cargo de la misión limpieza del Riachuelo a un Coronel Roualdez. Entonces se dijo que encubría la misión de sepultar los restos de los cadáveres anónimos, los N.N. De este Coronel te contaré algunas cosas. Una de ellas sorprendente, o milagrosa, o mágica, o diabólica. Fue una experiencia que viví aquí, en este Riachuelo, algunos años más tarde de que el coronel aquél se ocupara del nuestro. Se la tenía jurada a ese milico, por infamias varias. Aquí me las pagó. Pero es para otro momento.
Riachuelo es un estupendo rincón de la costa oriental. En su desembocadura se prolongan playas de arenas blanquísimas. Allí el Río de la Plata es limpio, por el aporte de las aguas cristalinas del Río Uruguay. La playa no es barrosa, como allá. El riacho penetra unas millas culebreando sus bordes enmarcados por una tupida arboleda en la que prevalecen los ceibales, salpicando las márgenes de manchas rojas con perfumes de azahares, ese aroma dulzón, tan especial.
Era un día sofocante y calmo, se correspondía con la densidad irrespirable del relato de Papá,
A una de sus estrategias los militares la llamaron “Teoría del hurón”. Se la adjudicaban al General Albano Harguindeguy, pero fue creación de la mente siniestra del Almirante Emilio Massera. Consistía en utilizar “hurones” para que se comieran a las “ratas”. Los hurones eran los “grupos de tareas” y las ratas nuestros hijos. Cuando los hurones se coman a las ratas, matamos los hurones. Nunca más se sabrá de los hurones ni de las ratas. Ni lo que pasó. Funesta idea del almirante. Lo cierto es que cuando este diabólico proceder comenzó a practicarse, muchos represores murieron de manera imprevista y sospechosa en “acto de combate”. Más que las bajas producidas normalmente por “bds”, (banda de delincuentes subversivos), que nunca fueron muchas. Comenzó a correrse la voz de que algo no estaba claro, que había gato encerrado en esta historia de hurones y ratas. Se desplomó la Teoría del Hurón al trascender que había hurones que no comían solo ratas. Había hurones antropófagos. Hurones que comían hurones para eliminar testigos. La macabra idea murió casi al nacer. Pero existió.
Lo afirmó con firmeza, pesando las palabras, mientras el golpeteo de la lluvia parecía reafirmar su convicción. Remató proclamando que la infamia militar había sido ilimitada. De ahí el entusiasmo de la gente cuando triunfó la democracia en el año 1983 y se hizo el histórico juicio a la Junta Militar. Me gustó oír de su boca el relato entusiasta del asombro del mundo y el orgullo de la sociedad argentina por ser nuestro país el primero en lograr que un gobierno elegido democráticamente juzgara los crímenes de un gobierno militar golpista, desplazado por las urnas, condenando a prisión perpetua a los máximos responsables. ¡Qué decepción cuando poco tiempo después el mismo gobierno cedió a la presión militar y la Ley de Obediencia Debida exculpó a los ejecutores materiales de esos crímenes horrendos,
quisieron convencer al pueblo de que sólo habían existido “errores y excesos”. Publiqué entonces una Carta de Lectores en La Nación , bajo el título de “Ni excesos ni errores: genocidio”. Me aconsejaron que no lo hiciera, tendría problemas con los accionistas de la empresa en la que yo era director. En la primera reunión, después de publicarse la carta, esperé que alguien sacara el tema. Estaba dispuesto a afrontar la circunstancia y sus consecuencias, pero nadie me dijo nada. Solamente uno me susurró: “Che, entre los banqueros, nuestros principales clientes, no cayó bien la carta” Me hice el desatendido. Nunca más se habló del tema.
La lluvia había cesado, fue un escampe pasajero. Húmeda y sofocante la tarde agonizaba. Después de varios mates, al final del día, Papá con una copita de guindado uruguayo -el mejor del mundo- y yo con mi eterna coca-cola, rubricamos la charla. Decidimos volver a la boca del Riachuelo y fondear cerca de la playa a un costado de la escollera. Subimos a cubierta. El sol en una explosión color naranja se entreveraba entre los altos-cúmulus verticales. Los fantasmales monstruos que asomaban por el oeste presagiaban fuertes vientos. Volvimos al lugar de partida y atracamos otra vez en el muelle, antes de que otro velero nos ocupara el privilegiado lugar.
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